El día que mi hijo dejó de ir al instituto y yo le obligué a fregar platos
—¿Dónde has estado, Marcos? —le pregunté nada más verle entrar por la puerta, con la mochila colgando floja y la cara más pálida de lo normal.
No contestó. Bajó la mirada y se fue directo a su cuarto. Yo ya sabía la respuesta. El tutor me había llamado esa mañana: “Su hijo lleva faltando dos semanas al instituto, don Manuel”. Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿En qué momento se me había escapado mi propio hijo?
Esa noche apenas dormí. Mi mujer, Carmen, intentó calmarme: “Habla con él, Manu, no le grites. Está en una edad difícil”. Pero yo sólo podía pensar en mi padre, en cómo él habría reaccionado: un grito, un portazo, castigo sin salir durante un mes. Pero yo no quería repetir esa historia. O eso creía.
A la mañana siguiente, entré en su cuarto antes de que sonara el despertador. Olía a sudor y a desorden. Marcos fingía dormir, pero sus ojos estaban abiertos.
—Arriba. Hoy no vas al instituto —le solté seco.
Se incorporó de golpe, sorprendido.
—¿Qué? ¿Me vas a castigar?
—No. Hoy vienes conmigo al bar de tu tío Paco. Si no quieres estudiar, vas a trabajar.
No protestó. Se vistió en silencio y bajamos juntos las escaleras del bloque. El aire de Vallecas olía a pan recién hecho y a basura acumulada en los contenedores. Caminamos sin hablar hasta el bar de Paco, donde los parroquianos ya pedían sus primeros cafés y churros.
Paco me miró con el ceño fruncido cuando entramos.
—¿Qué pasa, Manuel? ¿Hoy traes refuerzo?
—Hoy Marcos va a aprender lo que cuesta ganarse la vida —dije, más para mí que para él.
Le puse un delantal y le llevé a la cocina. Le enseñé cómo fregar platos, limpiar mesas, recoger vasos pegajosos de café con leche derramado. Al principio lo hizo sin rechistar, pero pronto empezó a bufar y a mirar el reloj cada cinco minutos.
—Esto es una mierda —murmuró cuando pensaba que no le oía.
Me acerqué y le susurré:
—¿Prefieres estar en clase o aquí fregando grasa?
No contestó. Siguió fregando con rabia. Paco se acercó en un descanso y me dijo al oído:
—No sé si esto es buena idea, Manu. Los chavales de ahora no son como nosotros.
Pero yo estaba convencido de que tenía que aprenderlo así. Que sólo entendiendo el esfuerzo valoraría lo que tenía.
A media mañana, una clienta habitual, doña Rosario, le llamó desde la barra:
—¡Chaval! Tráeme otra caña y unas aceitunas.
Marcos fue torpe, derramó media cerveza y casi se le caen las aceitunas al suelo. Doña Rosario le miró con una mezcla de lástima y ternura.
—No te preocupes, hijo —le dijo—. Todos hemos sido nuevos alguna vez.
Vi cómo se le humedecían los ojos. No dije nada. Dejé que tragara saliva y siguiera trabajando.
Al terminar el turno, estaba agotado. Tenía las manos rojas y los hombros caídos. Caminamos de vuelta a casa en silencio. Al llegar, Carmen nos esperaba con la comida puesta.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó con voz suave.
Marcos no contestó. Se metió en su cuarto y cerró la puerta de un portazo.
Esa noche discutimos Carmen y yo. Ella decía que me había pasado, que lo único que conseguiría era alejarle más. Yo le grité que no entendía nada, que sólo quería que nuestro hijo tuviera un futuro mejor que el nuestro.
Pasaron los días y repetimos la rutina: Marcos venía conmigo al bar cada mañana. Al principio protestaba, luego dejó de hablarme del todo. Yo también empecé a dudar: ¿y si Carmen tenía razón? ¿Y si estaba perdiendo a mi hijo?
Una tarde, mientras fregaba vasos junto a Paco, le vi mirar por la ventana a un grupo de chavales de su edad riendo en la plaza. Sus ojos estaban llenos de tristeza y rabia contenida.
—¿Por qué dejaste de ir al instituto? —le pregunté por fin una noche, cuando llegamos a casa y Carmen dormía ya.
Tardó en contestar.
—No lo sé… No me gusta estar allí. Me siento tonto. Los profes pasan de mí y los compañeros se ríen porque soy callado…
Me quedé helado. Nunca me había contado eso. Siempre pensé que era vago o rebelde, pero nunca imaginé que se sintiera tan solo.
Me senté a su lado en la cama y le abracé torpemente.
—No tienes que ser como yo ni como tu abuelo —le dije—. Pero tienes que encontrar tu camino… Si el instituto no es para ti, buscaremos otra opción juntos. Pero huir no es la solución.
Lloró en silencio apoyado en mi hombro. Yo también lloré por dentro, por todos los errores cometidos sin querer.
Al día siguiente fuimos juntos al instituto a hablar con la orientadora. Buscamos alternativas: un ciclo formativo, clases de apoyo… Poco a poco Marcos fue recuperando las ganas de intentarlo.
Hoy sigue sin ser el mejor alumno ni el más popular, pero ya no huye ni se esconde. Y yo he aprendido que educar no es imponer ni castigar: es escuchar y acompañar, aunque duela.
A veces me pregunto: ¿Cuántos padres hemos confundido el miedo con el amor? ¿Cuántos hijos han callado su dolor por miedo a decepcionarnos? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?