El eco de los pasos que no llegan

—¿Otra vez esperando, Linda? —La voz de Carmen me sobresalta. Lleva una bandeja con café y magdalenas. La luz del atardecer entra por la ventana y tiñe de oro el salón, pero yo sigo mirando la calle vacía, esperando ver a alguno de mis hijos cruzar la acera.

—Hoy es el cumpleaños de Marta —le respondo, intentando sonreír. Carmen deja la bandeja sobre la mesa y se sienta a mi lado. Sabe que no espero llamadas ni visitas, pero finge que sí para no herirme.

—Seguro que te llama —dice, aunque ambas sabemos que es mentira.

Me quedo en silencio. Recuerdo cuando Marta era pequeña y se escondía detrás de las cortinas para asustarme. Ahora vive en Valencia y apenas responde a mis mensajes. Juan, el mayor, se fue a Barcelona tras una discusión absurda sobre su carrera. Y Lucía… Lucía ni siquiera me felicitó en Navidad el año pasado.

—¿Te acuerdas de cuando hacíamos torrijas juntas? —le pregunto a Carmen, buscando refugio en el pasado.

—Claro que sí. Y tú siempre decías que el secreto era la canela —responde ella, intentando animarme.

Pero el silencio pesa más que sus palabras. Me levanto y recojo una foto del aparador: los tres niños en la playa de Benidorm, sonrientes, cubiertos de arena. Yo detrás, con el pelo revuelto y las ojeras marcadas. No había dinero para vacaciones lujosas, pero nunca les faltó amor ni comida caliente.

—¿Por qué no vienen? —susurro, más para mí que para Carmen.

Ella me mira con compasión. —La vida va muy deprisa, Linda. Los hijos hacen su camino…

—¿Y las madres? ¿No merecemos un poco de su tiempo? —mi voz tiembla. Siento rabia y tristeza mezcladas. Recuerdo noches sin dormir, trabajos dobles, meriendas improvisadas y cuentos inventados para calmar sus miedos.

El timbre suena de repente. Mi corazón da un vuelco. Corro a la puerta, casi sin aliento.

—¡Marta! —exclamo al abrir.

Pero no es mi hija. Es María, la hija de Carmen, que viene a buscar a su madre para llevarla al médico.

—Perdón, Linda. Esperaba a otra persona —digo, intentando ocultar mi decepción.

María sonríe tímidamente y Carmen me aprieta la mano antes de marcharse. Me quedo sola en el recibidor, sintiendo cómo la esperanza se deshace dentro de mí.

Vuelvo al salón y me siento frente al teléfono. Lo miro como si pudiera obligarlo a sonar con la fuerza de mi deseo. Las horas pasan lentas. El reloj marca las ocho cuando finalmente suena un mensaje: “Felicidades, mamá”, escribe Marta. Sin llamada, sin voz, solo unas palabras frías en una pantalla.

No respondo. No puedo. Me duele demasiado. Miro por la ventana: la calle está vacía y las luces de los coches se reflejan en los charcos de lluvia.

Recuerdo cuando Juan me gritó antes de irse: “¡Siempre te metes en mi vida! ¡Déjame en paz!” Yo solo quería ayudarle con sus problemas en la universidad. Desde entonces apenas hablamos.

Lucía… Lucía fue siempre la más rebelde. Se marchó a Sevilla con un chico que no me gustaba y desde entonces solo recibo noticias suyas por Facebook.

Me levanto y abro el armario donde guardo los regalos que les compré por si venían: una bufanda para Marta, un libro para Juan, una caja de bombones para Lucía. Todo sigue envuelto, esperando un reencuentro que nunca llega.

A veces pienso que hice algo mal. ¿Fui demasiado exigente? ¿Demasiado protectora? ¿O simplemente la vida es así y los hijos se olvidan de quienes les dieron todo?

El teléfono vuelve a sonar. Esta vez es Carmen:

—Linda, ¿quieres cenar conmigo? María ha traído tortilla y ensalada.

Acepto agradecida. Al menos tengo a Carmen. Cruzar la calle me parece un mundo, pero lo hago porque sé que si no lo hago hoy, mañana será aún más difícil.

En su casa, María me abraza fuerte:

—Mi madre siempre habla maravillas de ti —me dice.

Cenamos entre risas forzadas y silencios incómodos. Cuando vuelvo a casa ya es tarde. Me siento en la cama y miro el techo oscuro.

¿De qué sirve haberlo dado todo si al final te quedas sola? ¿Cuántas madres en España viven esperando una llamada que nunca llega?

Quizá mañana alguno de mis hijos cruce esa acera… Pero hoy solo tengo el eco de sus pasos ausentes.