El precio de la sangre: Cuando la familia duele más que la pobreza
—¿Otra vez vais a casa de tu madre este fin de semana? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan cansada como me sentía.
Miguel ni siquiera levantó la vista del móvil. —Sabes que sí, Lucía. Mamá necesita ayuda con el huerto. Y además, está lo de la poda de los olivos. No puedo dejarla sola.
Me mordí el labio. No era la primera vez que teníamos esta conversación. Desde que nos casamos, hace ya seis años, los fines de semana se habían convertido en una rutina inamovible: cargar el coche con los niños y conducir los setenta kilómetros hasta el pueblo, donde su madre nos esperaba con una lista interminable de tareas. Yo nunca me quejé, al menos no en voz alta. Al principio incluso lo disfrutaba: el aire limpio, el olor a tierra mojada, las risas de mis hijos corriendo entre los almendros.
Pero últimamente, algo se había roto dentro de mí. Quizá fue la última vez que vi a Carmen, la hermana pequeña de Miguel, llegar en su flamante coche nuevo —un Seat León rojo brillante— y besar a su madre en ambas mejillas como si fuera una reina. Carmen nunca ayudaba en nada. Ni recogía almendras, ni regaba el huerto, ni siquiera se molestaba en poner la mesa. Y sin embargo, mi suegra la miraba con un orgullo que nunca le vi dedicar a nadie más.
—Mamá me ha dado un adelanto para la entrada del piso en Valencia —me confesó Carmen una tarde, mientras yo pelaba patatas para la cena. Lo dijo con esa sonrisa suya, tan segura, tan arrogante.
—¿Un adelanto? —pregunté, intentando sonar casual.
—Sí, bueno… unos 20.000 euros. Ya sabes cómo es mamá, siempre preocupada por mí. Dice que tengo que empezar bien la vida.
Sentí un nudo en el estómago. Veinte mil euros. Nosotros llevábamos meses ahorrando para cambiar la lavadora, que hacía un ruido infernal cada vez que centrifugaba. Y cuando Miguel le pidió a su madre si podía echarnos una mano, ella solo nos dio dos bolsas de tomates y un tupper de croquetas congeladas.
Esa noche, mientras Miguel dormía a mi lado, yo no pude pegar ojo. Me sentía invisible, como si todo mi esfuerzo —los viajes al pueblo, las horas bajo el sol, los fines de semana sacrificados— no valieran nada comparados con el simple hecho de ser «la hija favorita».
Al día siguiente, durante la comida familiar, no pude evitar soltarlo:
—Carmen, ¿vas a quedarte esta tarde para ayudar con la poda?
Ella soltó una carcajada. —Ay, Lucía, yo para esas cosas soy un desastre. Además, tengo que volver a Valencia temprano. Ya sabes… el tráfico.
Mi suegra intervino enseguida:
—Déjala tranquila, hija. Carmen trabaja mucho en la ciudad y viene poco. Vosotros ya estáis aquí para ayudarme.
«Vosotros ya estáis aquí para ayudarme.» Como si fuera nuestro deber natural. Como si Miguel y yo no tuviéramos también una vida propia, problemas propios.
El viaje de vuelta fue silencioso. Los niños dormían en el asiento trasero y Miguel conducía con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo? —me preguntó al fin.
—¿Por qué tu madre le da dinero a Carmen y a nosotros solo comida? —solté sin rodeos.
Miguel suspiró. —No empieces otra vez con eso…
—No es justo, Miguel. Nosotros estamos aquí cada fin de semana. Ayudamos en todo. Y cuando necesitamos algo más que tomates o croquetas… nada. ¿Por qué?
Miguel apretó el volante. —Mamá siempre ha sido así con Carmen. Dice que es más débil, que necesita más apoyo…
—¿Y tú? ¿No necesitas apoyo? ¿No ves cómo estamos? —mi voz temblaba de rabia contenida.
No obtuve respuesta.
Las semanas pasaron y la situación no cambió. Cada sábado repetíamos el mismo ritual: trabajo en el campo para nosotros; sonrisas y billetes para Carmen. Empecé a sentirme sola incluso en mi propia casa. La tensión se colaba en las conversaciones más triviales; los niños notaban el ambiente denso y preguntaban por qué mamá estaba siempre triste.
Un domingo por la tarde, después de otra jornada agotadora en el pueblo, me derrumbé en la cocina mientras fregaba los platos.
Mi suegra entró sin llamar.
—Lucía, ¿te pasa algo?
Me giré despacio. —¿Por qué Carmen recibe tanto y nosotros tan poco?
Ella me miró como si no entendiera la pregunta.
—Carmen es mi niña pequeña… Siempre ha sido más frágil… Vosotros sois fuertes, trabajadores… No os falta de nada.
—Nos falta justicia —dije casi en un susurro.
Mi suegra se encogió de hombros y salió sin decir nada más.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Por primera vez pensé en dejarlo todo: a Miguel, al pueblo, incluso a esa familia que nunca me aceptó del todo como una igual.
Pero entonces miré a mis hijos y supe que tenía que luchar por ellos, por mí misma. Empecé a buscar trabajo en el pueblo donde vivíamos; rechacé ir cada fin de semana al campo bajo cualquier excusa razonable: los deberes de los niños, una gripe inventada… Miguel protestó al principio, pero pronto se dio cuenta de que yo no iba a ceder esta vez.
La relación con mi suegra se enfrió aún más; Carmen dejó de visitarnos por completo cuando supo que ya no podía presumir delante de mí. Miguel y yo tuvimos muchas discusiones; algunas noches dormíamos espalda contra espalda sin hablarnos hasta la mañana siguiente.
Pero poco a poco empecé a sentirme más libre. Aprendí a poner límites y a exigir respeto. No fue fácil; aún hoy me duele ver cómo las heridas familiares tardan tanto en cicatrizar.
A veces me pregunto si hice bien o si debería haber seguido callando por el bien de la paz familiar. Pero entonces miro a mis hijos y sé que merecen crecer sabiendo que nadie debe conformarse con menos solo porque alguien decida querer más a otro.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que las preferencias familiares destruyan lo que tanto nos cuesta construir? ¿Cuántas Lucías hay ahora mismo callando por miedo o resignación?