El reencuentro que desgarró mi vida

—¿Por qué has vuelto, Carmen? —La voz de mi madre, Mercedes, retumbó en el pasillo, tan fría como la piedra de la vieja casa.

No supe qué responder. Llevaba siete años sin cruzar esa puerta, siete años huyendo de los gritos, de las miradas llenas de reproche, del silencio que se instaló entre mi hermana Lucía y yo tras la muerte de papá. Pero allí estaba, con la maleta en la mano y el corazón encogido, mirando las fotos descoloridas en la pared: mi padre sonriendo, Lucía y yo abrazadas, mamá con su delantal de flores.

—Solo… necesitaba volver —susurré, sintiendo cómo el aire olía a leña y a recuerdos.

Mercedes me miró de arriba abajo. Había envejecido, pero sus ojos seguían siendo dos cuchillas. —Aquí nada ha cambiado. Si vienes buscando algo, mejor que te vayas por donde has venido.

Me tragué las lágrimas. No iba a suplicar. Pero tampoco podía marcharme. Había venido porque no podía más con el peso de la culpa, porque cada noche soñaba con aquel último día, con los gritos en la cocina, con Lucía llorando en el porche mientras papá se marchaba en el coche y nunca volvía.

Subí a mi antiguo cuarto. Todo seguía igual: los pósters de Mecano, los libros de Ana María Matute, la colcha tejida por la abuela. Me senté en la cama y cerré los ojos. Escuché pasos en el pasillo.

—¿Carmen? —Era Lucía. Su voz temblaba.

Me levanté despacio. Ella estaba allí, más delgada, con el pelo recogido y las manos llenas de pintura. Siempre había sido la artista de la familia. Nos miramos durante un largo minuto.

—¿Has venido para quedarte? —preguntó.

—No lo sé —admití—. Solo… necesitaba verte.

Lucía bajó la mirada. —Mamá no ha cambiado nada desde que te fuiste. Yo tampoco. Pero tú… tú sí pareces distinta.

Quise abrazarla, pero no me atreví. Entre nosotras flotaba el recuerdo de aquella discusión absurda por la herencia de papá: un terreno seco y una casa medio derruida que solo traía desgracias.

—¿Sigues pintando? —pregunté, intentando romper el hielo.

Lucía asintió. —Me ayuda a no pensar. Aunque últimamente solo pinto paisajes grises.

—¿Por mí? —La pregunta se me escapó antes de poder evitarlo.

Ella se encogió de hombros. —Por todo. Por papá, por mamá… por nosotras.

El silencio volvió a instalarse entre las dos. Bajamos a cenar. Mercedes había preparado sopa de ajo y tortilla de patatas, como cuando éramos niñas. Nadie habló durante la cena. Solo se oía el tic-tac del reloj y el crujir del pan.

Después, mientras fregaba los platos, escuché a mamá hablar con Lucía en el salón:

—No quiero que vuelva a removerlo todo. Bastante tenemos con lo nuestro.

—Mamá, Carmen también es parte de esta familia —susurró Lucía—. No podemos seguir así toda la vida.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que olvide cómo nos dejó tiradas?

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era cierto? ¿Las había abandonado? Yo solo quería huir del dolor, pero quizá mi huida fue una traición para ellas.

Esa noche apenas dormí. Al amanecer salí al jardín. El aire era frío y húmedo; las montañas se recortaban contra el cielo gris. Recordé cómo papá me enseñaba a plantar tomates y cómo reíamos cuando Lucía se manchaba entera de barro.

De repente oí pasos detrás de mí.

—No puedo seguir así —dijo Lucía—. Necesito saber por qué te fuiste sin despedirte.

Me giré despacio. Tenía los ojos rojos.

—No podía quedarme —le confesé—. Cada rincón me recordaba a papá… y a todo lo que perdimos ese día.

Lucía apretó los labios. —¿Y crees que para nosotras fue más fácil?

Negué con la cabeza. —Lo sé. Pero no supe cómo afrontarlo. Me sentí culpable… por lo que le dije antes de que se fuera.

Lucía se acercó y me abrazó por primera vez en años. Lloramos juntas bajo el cielo plomizo.

Al volver a entrar, mamá nos miró desde la puerta. Por un instante vi en sus ojos algo parecido al alivio, pero enseguida volvió su gesto duro.

—Si habéis terminado con el drama, hay que ir al pueblo a comprar pan —dijo secamente.

Lucía sonrió entre lágrimas y me guiñó un ojo. Salimos juntas hacia la plaza del pueblo, donde todo el mundo nos miraba como si fuéramos fantasmas del pasado.

En la panadería nos encontramos con Antonio, el amigo de papá de toda la vida.

—¡Carmen! ¡Cuánto tiempo! —exclamó—. Tu padre estaría orgulloso de veros juntas otra vez.

Sentí un nudo en la garganta. ¿De verdad estaría orgulloso? ¿O decepcionado por todo lo que dejamos sin decir?

Esa tarde, mientras ayudábamos a mamá a limpiar el desván, encontramos una caja llena de cartas antiguas: cartas que papá nunca llegó a enviar, llenas de disculpas y palabras de amor para nosotras tres.

Mercedes leyó una en voz alta:

«Queridas mías: Ojalá pudiera volver atrás y arreglar todo lo que rompí con mis palabras y mis silencios…»

Las tres nos quedamos en silencio largo rato. Por primera vez sentí que quizá era posible perdonar y empezar de nuevo.

Esa noche, antes de dormir, me asomé a la ventana y vi a mamá sentada sola en la cocina, leyendo otra carta bajo la luz amarilla.

Me pregunté si alguna vez lograríamos sanar del todo o si estábamos condenadas a vivir entre recuerdos y reproches para siempre.

¿Vosotros creéis que es posible perdonar realmente a quienes más daño nos han hecho? ¿O hay heridas familiares que nunca terminan de cerrarse?