El Secreto de la Calle Mayor: Cuando mi nieto me abrió los ojos

—Abuela, ¿por qué mamá llora por las noches? —La voz de Mateo, mi nieto de seis años, me atravesó como un cuchillo mientras le preparaba la merienda en la cocina del piso que mi marido y yo habíamos comprado para Lucía.

Me quedé helada. El cuchillo resbaló de mis manos y cayó sobre la encimera. Miré a Mateo, tan pequeño, tan serio, con esos ojos grandes que parecían entender más de lo que deberían. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a un niño que a veces los adultos lloran por cosas que ni ellos mismos comprenden?

Todo comenzó hace una semana, cuando Lucía me llamó al móvil con la voz temblorosa:

—Mamá, necesito que te quedes con Mateo unos días. Me tienen que ingresar en el hospital para hacerme unas pruebas… No te preocupes, no es nada grave, pero no quiero que esté solo con Raúl.

Raúl, su marido. Siempre me pareció un hombre correcto, educado, aunque distante. Pero nunca pensé que Lucía preferiría dejar a su hijo conmigo antes que con él. Algo no encajaba.

—Claro, hija, lo que necesites —le respondí sin dudarlo.

Así fue como me instalé en su piso de la Calle Mayor, ese que compramos con tanto esfuerzo mi marido Antonio y yo cuando la agencia de viajes aún iba bien y podíamos permitirnos soñar con el futuro de nuestra hija. Ahora, sentada en la cocina, rodeada de los dibujos de Mateo pegados en la nevera y el eco de las palabras de Lucía resonando en mi cabeza, sentí que todo lo que creía saber sobre mi familia se tambaleaba.

La primera noche fue tranquila. Mateo durmió abrazado a su peluche favorito y yo aproveché para revisar la casa. No por cotilleo, sino por costumbre: comprobar ventanas, cerrar bien la puerta… Pero al entrar en el dormitorio principal vi algo que me inquietó. Sobre la mesilla había una carta arrugada y un frasco de pastillas vacío. Dudé, pero no pude evitar leer las primeras líneas:

“Lucía, no puedo más. Esto no es vida para ninguno de los dos…”

El corazón me dio un vuelco. ¿De quién era esa carta? ¿De Raúl? ¿De Lucía? ¿Qué estaba pasando realmente en esa casa?

A la mañana siguiente, mientras llevaba a Mateo al colegio, me crucé con Carmen, la vecina del tercero.

—¿Qué tal está Lucía? Hace tiempo que no la veo —me preguntó con tono curioso.

—Está en el hospital, nada grave —mentí—. Estoy cuidando de Mateo unos días.

Carmen bajó la voz:

—Pues menos mal… Últimamente se oían muchas discusiones. Y Raúl… bueno, mejor no digo nada.

Me marché con un nudo en el estómago. ¿Qué discusiones? ¿Por qué nadie me había contado nada?

Esa tarde, mientras Mateo jugaba en el salón, sonó el teléfono fijo. Era Raúl.

—¿Está Mateo bien? —preguntó seco.

—Sí, está conmigo. ¿Quieres hablar con él?

—No… sólo quería saber si todo estaba en orden —colgó sin despedirse.

Me quedé mirando el auricular como si pudiera darme respuestas. Decidí llamar a Antonio para contarle lo que estaba pasando.

—¿Tú sabías algo de esto? —le pregunté entre susurros.

—No… pero últimamente Lucía estaba rara cuando venía a comer los domingos. Siempre tenía prisa por irse —me confesó él.

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a comprobar si Mateo respiraba tranquilo. Al amanecer, escuché sollozos en el pasillo. Era él, sentado en el suelo con las rodillas encogidas.

—Abuela… ¿mamá va a volver? —me preguntó con voz rota.

Lo abracé fuerte y le prometí que sí, aunque ni yo misma estaba segura.

Los días siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas furtivas. Recibí un mensaje de Lucía desde el hospital:

“Mamá, no le digas nada a Raúl sobre mi ingreso. Por favor.”

¿A qué tenía miedo mi hija? ¿Por qué ese secretismo?

El viernes por la tarde recibí una visita inesperada: Raúl apareció en la puerta sin avisar. Entró sin saludar y fue directo al dormitorio principal. Le seguí y le vi rebuscando entre los cajones.

—¿Qué buscas? —le pregunté intentando mantener la calma.

—Nada… sólo unos papeles del banco —respondió sin mirarme a los ojos.

Vi cómo se guardaba algo en el bolsillo antes de salir apresurado del piso. Sentí una mezcla de rabia e impotencia.

Esa noche decidí hablar con Lucía por videollamada. Su rostro estaba pálido y los ojos hinchados de tanto llorar.

—Mamá… no sé cuánto tiempo más podré seguir así —me confesó entre lágrimas—. Raúl me controla todo: el móvil, las cuentas… No puedo respirar. Por eso preferí dejar a Mateo contigo.

Sentí una punzada de dolor y culpa por no haberlo visto antes.

—¿Te ha hecho daño? —le pregunté temblando.

—No físicamente… pero a veces siento que me ahogo —susurró ella.

Colgué y me quedé mirando la pantalla negra del móvil durante minutos eternos. ¿Cómo podía ayudarla? ¿Qué podía hacer para protegerla?

Al día siguiente fui a ver a una abogada amiga mía, Marta, para pedirle consejo. Me explicó los pasos para ayudar a Lucía si decidía separarse y cómo proteger legalmente a Mateo.

Cuando Lucía volvió del hospital, la recibimos con abrazos y lágrimas contenidas. Esa noche cenamos juntas mientras Mateo dormía y por fin pudo desahogarse:

—Mamá… gracias por estar aquí. No sé si habría tenido fuerzas para salir adelante sin ti.

La miré a los ojos y le prometí que nunca más estaría sola.

Ahora, mientras escribo estas líneas sentada en el mismo sofá donde tantas veces jugó Mateo, me pregunto: ¿Cuántas familias esconden secretos tras puertas cerradas? ¿Cuántas madres callan por miedo o vergüenza?

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestra familia no era lo que parecía?