El Silencio de Daniel: La Carta Que Nunca Llegó

—¿Otra vez, abuela? ¿De verdad vas a enviarle dinero a Daniel? —me preguntó mi hija Lucía mientras doblaba la ropa en el salón, su voz cargada de una mezcla de escepticismo y resignación.

Me detuve un instante, el sobre en la mano temblando apenas. Miré por la ventana; la tarde caía sobre Madrid y las luces de la calle empezaban a encenderse, como si quisieran recordarme que el tiempo no espera a nadie. —Claro que sí —respondí, intentando sonar firme—. Es mi nieto, Lucía. Y aunque no me llame, yo sigo siendo su abuela.

No sé cuántas veces he repetido este ritual. Dos veces al año, siempre en su cumpleaños y en Navidad, escribo una pequeña carta y meto dentro un billete de cincuenta euros. Hago lo mismo para sus hermanas, Marta y Paula. Ellas siempre me llaman enseguida: “¡Abuela, gracias! Me he comprado unos libros preciosos” o “¡Abuela! ¡Con esto me voy al cine con mis amigas!”. Sus voces llenan mi casa de alegría durante unos minutos. Pero Daniel… Daniel nunca responde.

Recuerdo cuando era pequeño. Venía corriendo por el pasillo de mi piso en Chamberí, se lanzaba a mis brazos y me pedía que le hiciera natillas. “Eres la mejor abuela del mundo”, decía con esa sonrisa que ahora solo veo en fotos antiguas. ¿En qué momento se rompió ese hilo invisible que nos unía?

A veces pienso que la universidad le ha cambiado. O quizás fui yo quien cambió sin darme cuenta. La última vez que hablamos fue hace más de un año, en la comunión de Paula. Apenas cruzamos unas palabras: “¿Qué tal los estudios?” “Bien, abuela”. Y nada más. Ni una pregunta sobre mí, ni una sonrisa.

—No te lo tomes así, mamá —me dice Lucía cuando me ve triste—. Los chicos ahora son así, viven en su mundo. Seguro que está muy liado con los exámenes.

Pero yo no puedo evitar sentirme herida. ¿Tan difícil es mandar un mensaje? ¿Un simple “gracias”? Me paso las noches dándole vueltas a la cabeza, preguntándome si hice algo mal. ¿Le regañé demasiado cuando era niño? ¿Fui demasiado exigente? ¿O simplemente ya no le importo?

El otro día, mientras preparaba croquetas para Marta y Paula —ellas vienen casi todos los domingos—, escuché a Lucía hablando por teléfono con Daniel:

—Sí, la abuela está bien… Sí, te ha mandado dinero otra vez… No sé, Daniel, llámala tú…

Me acerqué a la puerta para escuchar mejor, pero Lucía bajó la voz y no pude oír más. Sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué le cuesta tanto llamarme? ¿Le avergüenzo? ¿O simplemente me ha olvidado?

A veces pienso en escribirle una carta diferente. No una con dinero dentro, sino una carta de verdad. Contarle cómo echo de menos nuestras tardes juntos, cómo me gustaría saber de su vida universitaria, de sus amigos, de sus sueños. Pero me da miedo parecer pesada o entrometida. No quiero ser esa abuela que obliga a sus nietos a quererla.

Hace unas semanas, Marta vino a casa con una amiga y se pusieron a hablar del futuro:

—Yo quiero irme a estudiar fuera —decía su amiga—. A Londres o a Berlín.
—¿Y tú, Marta? —pregunté yo.
—No lo sé todavía, abuela. Pero aunque me vaya lejos, siempre te llamaré —me dijo sonriendo.

Sentí un nudo en la garganta. Ojalá Daniel pensara igual.

Una tarde lluviosa de noviembre decidí ir a verle a la universidad sin avisar. Cogí el metro hasta Ciudad Universitaria y pregunté por él en la facultad de Ingeniería. Nadie supo decirme nada concreto; algunos ni siquiera le conocían. Me senté en un banco del campus y esperé durante horas, viendo pasar a cientos de jóvenes con mochilas y auriculares, todos absortos en sus propios mundos. Me sentí invisible.

Volví a casa empapada y derrotada. Esa noche no pude dormir. Soñé con Daniel pequeño, corriendo por el Retiro detrás de las palomas, riendo a carcajadas mientras yo le perseguía con los brazos abiertos.

Días después recibí una carta inesperada. El corazón me dio un vuelco al ver el remitente: Daniel García López. Rompí el sobre con manos temblorosas y leí:

“Abuela,
Sé que siempre me mandas dinero y cartas y nunca te respondo. No es porque no te quiera ni porque no lo aprecie. Es solo que… no sé cómo hablar contigo ahora. Siento que he cambiado mucho y no sé si te gustaría conocer al Daniel que soy hoy. A veces siento que te decepcionaría si supieras algunas cosas de mi vida universitaria o de mis ideas.
Pero te quiero mucho y pienso en ti más de lo que crees.
Daniel.”

Me quedé sentada mucho rato con la carta en las manos. Lloré en silencio, lágrimas calientes resbalando por mis mejillas arrugadas. No era la respuesta que esperaba… pero era algo.

Esa noche llamé a Lucía:
—Hija… ¿crees que he sido demasiado dura con Daniel?
—No lo creo, mamá —me respondió suavemente—. Pero quizás deberías decirle que puede confiar en ti pase lo que pase.

Así que hoy he decidido escribirle una carta diferente:
“Querido Daniel,
No importa cómo seas ahora ni lo que pienses o sientas. Siempre serás mi nieto y siempre te querré igual. No tienes que ser perfecto para mí.”

¿Será suficiente para romper el silencio? ¿Cuántas familias viven atrapadas entre palabras no dichas y miedos antiguos? ¿Alguna vez volveré a escuchar su voz al otro lado del teléfono?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese vacío cuando alguien importante se aleja sin motivo aparente?