El último invierno en la casa de la colina
—Papá, no podemos seguir así. No hay espacio, y tú necesitas cuidados —la voz de Clara retumba en el pasillo, cortando el aire frío de enero.
Me aferro al bastón con más fuerza. Miro la alfombra raída, los cuadros torcidos, la luz dorada que entra por la ventana y baila sobre las fotos de Lucía. Siento que todo lo que soy está aquí, en estas paredes llenas de risas y peleas, de domingos de cocido y noches de tormenta. ¿Cómo puede Clara pedirme esto?
—No quiero irme, hija —le respondo, la voz temblorosa—. Aquí viví con tu madre. Aquí naciste tú. ¿No lo entiendes?
Clara suspira. Está cansada. Lo veo en sus ojeras, en la forma en que se recoge el pelo con manos temblorosas. Su marido, Andrés, no dice nada. Se limita a mirar el móvil, como si no estuviera en esta conversación. Mi nieto, Pablo, juega con la tablet en el sofá, ajeno a todo.
—Papá, no es solo por nosotros —insiste Clara—. Es por ti. La casa es vieja, hace frío, y yo no puedo estar pendiente todo el día. Trabajo, Pablo tiene colegio… No podemos más.
Siento una punzada de rabia y vergüenza. ¿Me he convertido en una carga? Recuerdo cuando Clara era pequeña y se caía en el parque; yo la levantaba y curaba sus rodillas. Ahora soy yo el que tropieza y necesita ayuda para subir las escaleras.
—¿Y si me esfuerzo más? —pregunto—. Puedo intentar valerme solo…
Clara niega con la cabeza.
—No es cuestión de esfuerzo, papá. Es cuestión de seguridad. Ya te caíste dos veces este mes.
La conversación se repite cada noche desde que Lucía murió hace seis meses. Desde entonces, la casa parece más grande y más vacía. El eco de su risa aún resuena en la cocina cuando preparo café para uno solo.
Esa noche no duermo. Me levanto y recorro la casa a oscuras. Paso la mano por las paredes, por los muebles que Lucía eligió en aquel viaje a Toledo cuando aún éramos jóvenes y todo era posible. Me detengo ante su retrato: su sonrisa serena, sus ojos verdes llenos de vida.
—¿Qué hago, Lucía? —susurro—. ¿Dejo que me lleven lejos de ti?
Al día siguiente, Clara trae folletos de residencias. Los deja sobre la mesa sin mirarme a los ojos.
—He hablado con la trabajadora social del ayuntamiento —dice—. Hay plazas libres en la residencia San Isidro. Está cerca del centro del pueblo. Podríamos visitarte cada semana…
Cada palabra es una puñalada. Recuerdo a mi amigo Julián, que entró en una residencia el año pasado. Desde entonces apenas habla; dice que allí los días son todos iguales y nadie recuerda su nombre.
—No soy un mueble viejo —digo al fin—. No quiero acabar como Julián.
Clara se sienta a mi lado y me toma la mano.
—Papá, no es fácil para mí tampoco. Pero no puedo con todo…
La entiendo, pero no puedo evitar sentirme traicionado. ¿No juró cuidarme siempre? ¿No es eso lo que hacen las familias?
Esa tarde salgo al jardín, aunque el frío cala los huesos. Miro los almendros desnudos y pienso en los veranos con Lucía: las meriendas bajo el árbol, las fiestas del pueblo, las noches de estrellas fugaces. Todo eso está aquí, no en una habitación blanca con olor a lejía.
Esa noche sueño con Lucía. Me sonríe desde la puerta y me dice:
—No tengas miedo, Tomás. Donde vayas, yo iré contigo.
Me despierto llorando.
Los días pasan entre silencios incómodos y cajas de cartón apiladas en el pasillo. Clara ya ha empezado a guardar mis cosas sin preguntarme: mis libros, mis discos de vinilo, las cartas que le escribí a Lucía cuando hacía la mili en Zaragoza.
Un día encuentro a Pablo en mi habitación.
—¿Por qué te vas, abuelo? —pregunta con voz bajita.
Me arrodillo junto a él y le acaricio el pelo.
—Porque a veces los mayores tenemos que hacer cosas que no queremos —le digo—. Pero siempre estaré contigo.
Pablo me abraza fuerte y siento que algo dentro de mí se rompe definitivamente.
El día de la mudanza llega demasiado pronto. Andrés carga las cajas en el coche mientras Clara revisa papeles con la directora de la residencia. Yo me despido del jardín, del olivo centenario donde enterramos a nuestro perro Lucas hace años, del banco donde Lucía y yo veíamos atardecer cada verano.
En la residencia San Isidro todo huele a desinfectante y sopa recalentada. Una enfermera amable me enseña mi habitación: una cama estrecha junto a una ventana desde donde apenas se ve el campo.
Clara me abraza antes de irse.
—Te quiero mucho, papá —susurra—. Lo hago por tu bien.
Cuando se marchan, me siento solo como nunca antes en mi vida. Miro por la ventana y pienso en todo lo que he perdido: mi mujer, mi casa, mi independencia.
¿De verdad esto es lo mejor para mí? ¿Es justo que los hijos decidan por sus padres cuando envejecen? ¿O solo buscan aliviar su propia culpa?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Es posible empezar de nuevo cuando todo lo que amas se queda atrás?