En el eco de tu ausencia: Cuando una madre pierde a su hijo sin despedida
—No puedes volver con ella, Diego. No después de todo lo que te hizo —mi voz temblaba, pero él ni siquiera me miraba a los ojos. Estaba de pie en la cocina, con la chaqueta aún puesta, como si estuviera a punto de salir corriendo en cualquier momento.
—Mamá, no lo entiendes. Es diferente ahora —me respondió, con esa mezcla de cansancio y obstinación que sólo los hijos adultos pueden tener cuando creen que saben más que tú.
Me llamo Carmen y tengo sesenta y dos años. Vivo en un piso antiguo en el centro de Valladolid, donde las paredes guardan más secretos de los que me atrevo a confesar. Mi vida siempre giró en torno a mi hijo Diego. Su padre nos dejó cuando él tenía apenas seis años y desde entonces fuimos sólo él y yo, luchando contra el mundo. Por eso, cuando lo vi enamorarse de Laura —una chica de sonrisa fácil y palabras afiladas— sentí miedo. Pero Diego era feliz y yo aprendí a quererla, aunque nunca logré confiar del todo.
El día que Diego me llamó llorando, diciéndome que Laura lo había dejado por otro hombre, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Lo acogí en casa durante meses. Vi cómo se apagaba poco a poco: dejó de salir con sus amigos, apenas comía y pasaba las noches en vela mirando el móvil. Yo intentaba animarlo con sus platos favoritos —cocido madrileño, tortilla de patatas— pero nada le devolvía la luz a los ojos.
Una tarde de otoño, mientras recogía su ropa del tendedero, lo escuché hablando por teléfono en el balcón. Su voz era baja, casi un susurro:
—Sí, Laura… Yo también te echo de menos…
Sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo podía volver a confiar en ella? ¿Cómo podía olvidar todo el dolor?
Poco después, Diego empezó a pasar noches fuera. Cuando le preguntaba dónde estaba, me respondía con evasivas:
—He quedado con unos amigos del trabajo.
Pero yo sabía la verdad. Las madres siempre sabemos.
Una noche, mientras cenábamos en silencio, reuní el valor para preguntarle:
—¿Vas a volver con Laura?
Él dejó el tenedor sobre el plato y me miró por fin:
—No quiero estar solo toda la vida, mamá. Ella me entiende… Tú no puedes entenderlo.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. ¿Cómo podía decirme eso? ¿Después de todo lo que habíamos pasado juntos?
Los días siguientes fueron un infierno. Diego empezó a evitarme. Salía temprano y volvía tarde. Apenas cruzábamos palabra. Una mañana encontré su habitación vacía: se había llevado sus cosas sin despedirse.
Llamé a su móvil una y otra vez, pero no contestaba. Mandé mensajes que quedaron sin leer. Me sentí invisible, como si mi existencia ya no importara.
Pasaron semanas antes de que recibiera noticias suyas. Un mensaje escueto: “Estoy bien. No te preocupes.”
Las vecinas del bloque murmuraban cuando me veían bajar al mercado:
—Pobre Carmen… Con lo buen chico que era Diego…
Yo fingía una sonrisa y seguía adelante, pero por dentro me sentía vacía.
Un domingo cualquiera, mientras preparaba café para una sola taza, sonó el timbre. Era Laura. Venía sola, con los ojos hinchados de llorar.
—Carmen… ¿Podemos hablar?
La dejé pasar, aunque todo mi cuerpo gritaba que no debía hacerlo.
—Diego está mal —me dijo entre sollozos—. No quiere ver a nadie… Ni siquiera a mí.
La rabia me recorrió entera:
—¿Y ahora vienes a pedirme ayuda? ¿Después de todo lo que le hiciste?
Laura bajó la cabeza:
—Sé que no tengo derecho… Pero tú eres su madre. Si alguien puede ayudarle eres tú.
La eché de casa sin miramientos. Cerré la puerta y me derrumbé en el suelo del pasillo, llorando como una niña perdida.
Esa noche soñé con Diego de pequeño, corriendo por el parque Campo Grande con las rodillas llenas de tierra y la risa limpia. Me desperté empapada en lágrimas.
Los meses pasaron lentos como el invierno en Castilla. Aprendí a vivir con su ausencia: ponía dos platos en la mesa por costumbre y luego retiraba uno; guardaba sus mensajes antiguos y los releía hasta sabérmelos de memoria.
Un día recibí una carta sin remitente. Era la letra de Diego:
“Mamá,
Sé que te fallé. No sé cómo arreglarlo. Estoy perdido y no quiero arrastrarte conmigo. Te quiero mucho.”
No supe si sentir alivio o más dolor aún. ¿Cómo se sigue adelante cuando tu hijo está vivo pero ya no te pertenece? ¿Cómo se aprende a dejar ir sin dejar de amar?
A veces salgo al balcón al atardecer y miro las luces encendiéndose en las ventanas ajenas. Me pregunto si alguna madre más estará esperando una llamada que nunca llega.
¿De verdad es posible perder a un hijo sin perderlo físicamente? ¿Dónde termina el amor materno y empieza el olvido? ¿Alguna vez habéis sentido este vacío?