Entre Dos Hogares: El Precio de la Lealtad
—¿Otra vez has dejado la taza en la mesa, mamá? —le espeté, con la voz más tensa de lo que pretendía. Mi madre, sentada en la cocina, me miró con esos ojos cansados que ya no reconocía del todo. Había pasado apenas seis meses desde que papá se fue de casa y ella, derrotada, cruzó la puerta de nuestro piso en Vallecas con una maleta y un suspiro.
Nunca imaginé que acogerla sería tan difícil. Al principio, Lucía, mi mujer, fue amable. Pero pronto las cosas cambiaron. Las rutinas se mezclaron, los silencios se hicieron largos y el salón se llenó de reproches mudos. Mi madre ocupaba el sofá cada tarde viendo los concursos de la tele, mientras Lucía y yo cenábamos en la cocina, fingiendo que todo era normal.
—No te preocupes, hijo —me respondió ella, apartando la taza con manos temblorosas—. Ya recojo yo.
Pero no era la taza. Era todo. Era el olor a cocido que impregnaba la casa los miércoles, los comentarios sobre cómo criábamos a nuestro hijo Pablo, las llamadas a mi hermana Carmen para contarle cada detalle de nuestra vida. Era la sensación de que mi hogar ya no era mío.
Una noche, después de acostar a Pablo, Lucía me miró desde el umbral del dormitorio:
—No puedo más, Diego. Esto no es vida. No hablamos, no salimos, no somos nosotros. ¿Hasta cuándo va a quedarse tu madre?
Me quedé callado. ¿Qué podía decirle? ¿Que sentía que le debía todo a mi madre? ¿Que recordaba cómo me cuidó cuando tuve fiebre de pequeño, cómo trabajó limpiando casas para que Carmen y yo estudiáramos? ¿Cómo decirle que no podía abandonarla ahora que estaba sola y asustada?
Los días pasaban y la tensión crecía. Carmen venía a visitarnos los domingos pero siempre encontraba una excusa para marcharse pronto. Yo era el hijo bueno, el que cargaba con todo. A veces pensaba en llamar a papá, pedirle que al menos hablara con mamá, pero él tenía otra vida ahora, otra mujer en Alcorcón y una felicidad que me dolía aceptar.
Una tarde cualquiera, mientras ayudaba a Pablo con los deberes, escuché a Lucía llorar en el baño. Me acerqué y la encontré sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas.
—No quiero perderte —me susurró—. Pero siento que ya te he perdido.
Me arrodillé junto a ella y le prometí que buscaríamos una solución. Pero ¿cuál? Las residencias eran caras y mamá siempre había dicho que prefería morirse antes que ir a una. Carmen tenía dos hijos pequeños y un piso diminuto en Lavapiés. Yo era su única opción.
Las discusiones se hicieron más frecuentes. Una noche, después de una cena tensa, mamá dejó caer:
—Si molesto tanto, me voy a la calle.
Lucía se levantó bruscamente:
—¡No es eso! Pero esto no puede seguir así.
Mamá me miró con lágrimas en los ojos. Sentí un nudo en el estómago. ¿Cómo elegir entre ellas? ¿Cómo no sentirme culpable por cada gesto?
El día que Pablo cumplió ocho años fue el peor. Habíamos organizado una pequeña fiesta en casa. Carmen vino con sus hijos y mamá preparó su famosa tortilla de patatas. Todo parecía ir bien hasta que Lucía, agotada, explotó delante de todos:
—¡Estoy harta! ¡Esta no es mi casa!
El silencio fue absoluto. Pablo empezó a llorar y Carmen se llevó a sus hijos rápidamente. Mamá se encerró en su cuarto y yo me quedé solo en el salón, mirando los restos de la fiesta.
Esa noche dormí en el sofá. Pensé en mi infancia en el barrio de Chamberí, en los domingos de paella y risas antes de que todo se rompiera. Pensé en lo injusto que era tener que elegir.
Al día siguiente, Lucía me dio un ultimátum:
—O tu madre o nosotros.
No dormí esa noche. Caminé por Madrid hasta el amanecer, viendo cómo la ciudad despertaba ajena a mi dolor. Recordé las palabras de mi abuela: «La familia es lo único que tienes». Pero ¿y si tu familia te destroza por dentro?
Finalmente hablé con Carmen. Le pedí ayuda, le rogué que al menos se llevara a mamá unos días para darnos un respiro.
—No puedo —me dijo—. Pero tampoco puedes sacrificar tu vida entera por ella.
Volví a casa derrotado. Encontré a Lucía haciendo las maletas.
—No puedo seguir aquí —me dijo sin mirarme—. Te quiero, Diego, pero necesito respirar.
Se fue esa misma tarde con Pablo. Mamá salió de su cuarto al oír la puerta cerrarse y me abrazó fuerte.
—Lo siento, hijo —susurró—. No quería esto para ti.
Lloramos juntos mucho rato. Después me senté solo en la cocina, mirando la taza vacía sobre la mesa.
Ahora vivo entre dos casas: visito a Pablo los fines de semana y cuido de mamá entre semana. A veces pienso si tomé la decisión correcta o si simplemente fui cobarde por no enfrentarme antes al problema.
¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad hacia quienes nos dieron la vida? ¿Dónde está el límite entre el deber y nuestra propia felicidad? ¿Vosotros qué haríais?