Entre el amor y la ruina: La historia de una madre española

—¡Mamá, por favor, tienes que ayudarme!—. La voz de Álvaro temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra le costara la vida. Era la tercera vez en dos meses que me llamaba así, con urgencia, con miedo. Yo estaba en la cocina, removiendo el café, cuando sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Qué pasa ahora, hijo?— pregunté, intentando sonar tranquila, aunque el corazón me latía tan fuerte que apenas podía oírle.

—Me han amenazado, mamá. Si no pago esta semana… no sé qué va a pasar—. Su voz se quebró y sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que Álvaro tenía problemas, pero nunca le había oído tan asustado.

Colgué y me quedé mirando la taza humeante. Mi marido, Antonio, entró en la cocina y me miró con esa mezcla de resignación y cansancio que últimamente era su expresión habitual.

—¿Otra vez Álvaro?— preguntó sin rodeos.

Asentí. No hacía falta decir más. Desde que perdió el trabajo en la obra, Álvaro había ido encadenando trabajos precarios y malas decisiones. Pero yo siempre había pensado que era un buen chico, solo un poco perdido.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama, repasando cada momento de su infancia, preguntándome en qué momento se torció todo. ¿Fue cuando le protegí demasiado? ¿Cuando le di dinero para sus caprichos pensando que así sería feliz?

A la mañana siguiente fui al banco. Pedí un crédito de 15.000 euros. El director, don Manuel, me miró por encima de las gafas.

—Carmen, ¿estás segura?—

—Es para mi hijo— respondí, como si eso lo justificara todo.

Firmé los papeles con manos temblorosas. Salí del banco sintiéndome ligera y culpable a la vez. Llamé a Álvaro y le dije que viniera a casa.

Cuando llegó, tenía los ojos rojos y las manos sudorosas. Le di el sobre con el dinero y le abracé fuerte.

—Prométeme que esta es la última vez— le susurré al oído.

Él asintió, pero no me miró a los ojos.

Pasaron las semanas y Álvaro dejó de llamar. Pensé que todo iba mejor. Hasta que una tarde recibí una llamada de Lucía, su novia.

—Carmen, ¿has visto a Álvaro? Lleva días sin aparecer por casa ni contestar al móvil.—

El miedo me atenazó el estómago. Llamé a todos sus amigos, recorrí los bares del barrio, incluso fui a la comisaría. Nadie sabía nada.

Una noche, mientras recogía la mesa, Antonio estalló:

—¡Esto se acabó! ¡No podemos seguir así! Has hipotecado nuestra casa por un hijo que solo sabe mentirnos.—

Le miré con lágrimas en los ojos. Sabía que tenía razón, pero ¿cómo dejar de ser madre?

Días después, Álvaro apareció en casa. Estaba demacrado, ojeroso, con la ropa sucia y una mirada perdida.

—Mamá… lo siento…— balbuceó antes de romper a llorar en mis brazos.

Le preparé una sopa caliente y le obligué a sentarse conmigo en el salón. Antonio se quedó de pie, cruzado de brazos.

—¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho con el dinero?— pregunté con voz temblorosa.

Álvaro bajó la cabeza.

—Mamá… no era para pagar deudas del piso… Era para saldar cuentas con unos tipos del bingo… Me he metido en líos… He perdido todo.—

Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Antonio salió dando un portazo.

Me quedé sola con mi hijo roto entre los brazos. No sabía si abrazarle o gritarle. No sabía si odiarle o seguir protegiéndole.

Esa noche no dormimos ninguno de los dos. Hablamos hasta el amanecer. Me contó cómo empezó todo: una apuesta inocente con amigos del barrio, luego las tragaperras del bar de Paco, después las salas de apuestas del centro comercial. Cada vez necesitaba más dinero para sentir algo parecido a la felicidad.

—Mamá… no sé cómo salir de esto…—

Le prometí ayudarle, pero esta vez sería diferente. Llamé al centro de adicciones del barrio de Chamberí y pedí cita para los dos. Empezamos terapia familiar. Fue duro escuchar verdades incómodas: que mi amor había sido también mi mayor error; que protegerle tanto le había impedido aprender a enfrentarse a sus problemas; que yo también necesitaba ayuda para dejar de sentirme culpable por todo lo que le pasaba.

Antonio tardó semanas en volver a hablarme sin rencor. La tensión en casa era insoportable. Las llamadas del banco no paraban: los intereses subían y nosotros apenas podíamos pagar las cuotas con mi sueldo de dependienta y su pensión mínima.

A veces pensaba en vender el piso e irme lejos, empezar de cero. Pero luego veía a Álvaro luchando por salir adelante —aunque tropezara una y otra vez— y sentía que debía quedarme.

La familia dejó de invitarnos a las comidas de los domingos. Mis hermanas decían que era culpa mía por consentirle tanto. Mi madre apenas me hablaba: “En mis tiempos los hijos respetaban a los padres”, repetía una y otra vez.

Pero yo seguía adelante, aunque cada día fuera una batalla contra la vergüenza y el miedo al futuro.

Hoy han pasado dos años desde aquel día en el banco. Álvaro sigue en tratamiento. Ha recaído varias veces, pero ahora trabaja en una cafetería y ha empezado a devolverme poco a poco parte del dinero. Antonio y yo hemos aprendido a hablar sin reproches (o casi). Yo sigo pagando el crédito cada mes, apretándome el cinturón y soñando con el día en que pueda respirar tranquila.

A veces me pregunto si hice lo correcto o si solo prolongué su sufrimiento (y el mío). ¿Hasta dónde debe llegar una madre por su hijo? ¿Dónde está el límite entre el amor y la destrucción?

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais por salvar a quien más queréis?