Entre el deber y el amor: Confesiones de una hermana mayor

—¿Por qué siempre tengo que ser yo? —me pregunté, apretando el móvil con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. La voz de Lucía seguía temblando al otro lado de la línea—. Marta, no puedo más. Mamá hoy ha vuelto a gritarme porque no encontraba sus pastillas. Dice que no la cuido como tú.

Sentí una punzada en el pecho. Estaba en la oficina, rodeada de papeles y el zumbido constante de las impresoras, pero mi mente voló a casa, a ese piso pequeño en Vallecas donde crecimos. Donde siempre fui la hermana mayor, la que recogía los platos, calmaba los llantos y mediaba entre mamá y papá cuando discutían por dinero o por cualquier nimiedad.

—Lucía, tranquila —intenté sonar firme, aunque por dentro me desmoronaba—. Esta tarde salgo antes y paso por casa. ¿Vale?

Colgué y me quedé mirando la pantalla negra del móvil. ¿Cuándo fue la última vez que pensé en mí? ¿En mis propios sueños? Desde que papá se fue con esa mujer de Málaga hace cinco años, todo recayó sobre mí. Mamá se apagó poco a poco, como una bombilla vieja, y Lucía… Lucía nunca aprendió a ser fuerte. Siempre fue la pequeña, la mimada.

Esa tarde, al llegar a casa, encontré a mamá sentada en el sofá, mirando el televisor apagado. Lucía estaba en la cocina, con los ojos rojos y las manos temblorosas mientras fregaba los platos.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté, intentando no sonar acusadora.

Mamá ni siquiera giró la cabeza. —Nada. Aquí nunca pasa nada hasta que tú llegas y todo se arregla.

Sentí rabia y tristeza a partes iguales. Me acerqué a Lucía y le acaricié el hombro.

—No tienes que hacerlo todo tú —le susurré.

Ella negó con la cabeza. —Pero si no lo hago yo, mamá se enfada. Y si lo haces tú, dice que eres su favorita.

Me mordí el labio para no llorar. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento nuestra familia se rompió tanto?

Esa noche, después de preparar la cena y asegurarme de que mamá tomaba sus pastillas, me encerré en mi habitación. Miré mi reflejo en el espejo: ojeras profundas, el pelo recogido deprisa, la camiseta manchada de tomate. ¿Esta era yo? ¿La Marta que soñaba con viajar a Granada, con escribir un libro o simplemente salir a bailar un sábado?

El móvil vibró: era un mensaje de Raúl, mi pareja desde hace dos años.

«¿Hoy tampoco puedes quedar? Te echo de menos.»

Sentí una mezcla de culpa y rabia. Siempre posponiendo mi vida por los demás. Siempre siendo la responsable, la fuerte, la que nunca se permite caer.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, mamá empezó a toser fuerte. Corrí hacia ella y le sujeté la espalda.

—¿Estás bien?

Ella me apartó con brusquedad. —No necesito que me trates como una inválida.

Lucía apareció en la puerta, pálida como un fantasma. —Marta, déjala. No quiere ayuda.

—¡Pero si no hacemos nada también está mal! —exploté—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me olvide de todo?

Mamá nos miró a las dos con una mezcla de tristeza y reproche.

—Solo quiero que estemos juntas como antes.

Pero ya no éramos las mismas. Yo ya no era esa niña que podía con todo. Lucía ya no era inocente. Mamá ya no era fuerte.

Esa tarde salí a caminar por el barrio. Pasé por el parque donde jugábamos de pequeñas, por la panadería donde mamá nos compraba bollos los domingos. Todo parecía igual y tan distinto a la vez.

Me senté en un banco y llamé a Raúl.

—Raúl… No sé qué hacer. Siento que si sigo así voy a romperme en mil pedazos.

Él guardó silencio unos segundos antes de responder:

—Marta, tienes derecho a vivir tu vida. Nadie puede cargar siempre con todo. ¿Por qué no pides ayuda? ¿Por qué no hablas con Lucía y tu madre de verdad?

Colgué sin saber qué decirle. Tenía razón. Pero el miedo al cambio me paralizaba.

Esa noche reuní el valor para hablar con Lucía en nuestra habitación compartida.

—Lucía… No puedo más. Necesito que repartamos las tareas, que mamá entienda que no somos sus criadas ni sus salvadoras.

Ella asintió entre lágrimas.

—Yo tampoco puedo más, Marta. Pero tengo miedo de que si nos alejamos… mamá se hunda del todo.

Nos abrazamos fuerte, como cuando éramos niñas y temíamos las tormentas.

Al día siguiente, durante el desayuno, respiré hondo y miré a mamá a los ojos.

—Mamá, necesitamos hablar. No podemos seguir así. Nos estamos perdiendo a nosotras mismas por intentar salvarte todo el tiempo.

Ella bajó la mirada y durante un instante vi en sus ojos algo parecido al miedo.

—No quiero ser una carga —susurró.

—No lo eres —dije—. Pero tampoco somos tus muletas para siempre. Necesitamos ayuda profesional, mamá. Y tú también tienes derecho a rehacer tu vida, aunque papá ya no esté.

El silencio fue largo y pesado como una losa. Pero por primera vez sentí que algo cambiaba dentro de mí: una pequeña chispa de esperanza.

Esa tarde llamamos al centro de salud mental del barrio para pedir cita para mamá y para nosotras también. No fue fácil; hubo lágrimas, reproches y silencios incómodos. Pero era necesario.

Hoy escribo esto desde mi habitación nueva —por fin me he mudado con Raúl— y aunque sigo preocupada por mi familia, siento que empiezo a encontrarme a mí misma entre tanto deber y tanto amor.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en España viven atrapadas entre las expectativas familiares y sus propios sueños? ¿Cuándo aprenderemos a decir «basta» sin sentirnos egoístas?