Entre el deber y el deseo: La decisión que rompió mi familia
—¿Cómo que no vas a casarte con ella, Sergio? —La voz de mi padre retumbó en el salón, haciendo temblar hasta los cuadros de la pared. Mi madre, Carmen, se quedó petrificada junto a la mesa, con el delantal aún puesto y las manos cubiertas de harina. Yo, con apenas veinte años y el corazón desbocado, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—Papá, no puedo… No quiero casarme ahora. No estoy preparado —balbuceé, evitando su mirada.
—¡Pues haberlo pensado antes de meterte en la cama con Lucía! —espetó él, cruzando los brazos. Su bigote temblaba de rabia contenida.
Mi madre se acercó despacio y me puso una mano en el hombro. —Sergio, cariño, ¿estás seguro de lo que dices? ¿Y Lucía? ¿Qué va a ser de ella?
—Mamá, yo… —Las palabras se me atragantaban. Recordé la cara de Lucía esa tarde, sentada en el banco del parque, con los ojos hinchados de llorar. “No quiero obligarte a nada”, me había dicho. Pero yo sabía que esperaba algo más de mí.
Mi padre no esperó más. Cogió el teléfono fijo y marcó el número de la casa de Lucía. —Esto lo arreglo yo ahora mismo.
—¡Papá, por favor! —intenté detenerle, pero ya era tarde. Oí cómo hablaba con don Manuel, el padre de Lucía, con voz grave y pausada. “Su hija está embarazada de mi hijo. Lo correcto es que se casen cuanto antes”, sentenció.
Colgó y me miró con una mezcla de decepción y furia. —En esta familia no hay escándalos. Mañana vas a pedirle la mano a Lucía como Dios manda.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba los pasos de mi padre por el pasillo y los sollozos ahogados de mi madre en la cocina. Me sentía atrapado entre dos mundos: el de las tradiciones férreas de mi familia manchega y el de mis propios sueños, tan frágiles como un castillo de naipes.
A la mañana siguiente, don Manuel y doña Pilar vinieron a casa. El ambiente era irrespirable. Lucía llegó después, con la mirada baja y las manos temblorosas. Mi padre tomó la palabra:
—Sergio va a hacer lo correcto. Se casará con Lucía antes de que empiece a notarse el embarazo.
Sentí la presión de todas las miradas sobre mí. Mi madre me rozó la mano por debajo de la mesa, como pidiéndome que hablara.
—No puedo hacerlo —dije al fin, con voz queda pero firme—. No quiero casarme solo porque haya un niño en camino. Quiero ser responsable, pero no quiero vivir una mentira.
El silencio fue absoluto. Don Manuel se levantó bruscamente.
—¿Eso es lo que le enseñas a tu hijo, Tomás? ¿A dejar embarazada a una chica y luego lavarse las manos?
Mi padre se puso rojo como un tomate. —¡En mi casa no se crían cobardes!
Lucía rompió a llorar y salió corriendo al patio. Mi madre fue tras ella. Yo me quedé allí, sintiendo cómo mi familia se desmoronaba por mi culpa.
Durante días, la tensión fue insoportable. Mi padre dejó de hablarme; solo me lanzaba miradas llenas de reproche cada vez que nos cruzábamos en el pasillo. Mi madre intentaba mediar, pero estaba rota por dentro.
Una tarde encontré a Lucía sentada en el parque donde solíamos vernos. Me acerqué despacio.
—Lo siento mucho —le dije—. No quiero hacerte daño, pero tampoco quiero arrastrarte a una vida que ninguno ha elegido.
Ella me miró con lágrimas en los ojos.
—¿Y nuestro hijo? ¿Vas a dejarme sola?
Sentí un nudo en la garganta.
—No voy a desaparecer. Quiero estar ahí para él… o para ella. Pero no quiero que nos casemos solo por obligación.
Lucía asintió despacio. —Ojalá todo fuera tan fácil como lo pintas…
Los rumores no tardaron en correr por el pueblo. Las vecinas cuchicheaban en la panadería; los amigos dejaron de invitarme a salir. Mi padre empezó a llegar más tarde del trabajo y apenas comía en casa.
Una noche, tras una discusión especialmente dura, mi padre me echó de casa:
—Si no eres capaz de asumir tus responsabilidades como un hombre, búscate otro sitio donde vivir.
Recogí mis cosas entre lágrimas y me fui a casa de mi tío Antonio en Ciudad Real. Allí encontré algo de paz y pude pensar con claridad. Empecé a trabajar en un bar para ahorrar algo de dinero y poder ayudar a Lucía con lo que necesitara para el bebé.
Con el tiempo, mi madre vino a verme varias veces. Me contaba cómo estaba Lucía y cómo mi padre seguía sin perdonarme. Pero también me dijo algo que nunca olvidaré:
—Hijo, has hecho lo más difícil: ser honesto contigo mismo y con los demás. Eso también es ser valiente.
El día que nació nuestra hija, Alba, fui al hospital con el corazón encogido. Lucía me dejó entrar en la habitación y pude cogerla en brazos por primera vez. Sentí un amor tan grande que supe que nunca la abandonaría.
Hoy sigo sin hablarme con mi padre, aunque sé que algún día entenderá mis razones. Lucía y yo criamos juntos a Alba, cada uno desde su espacio pero siempre pensando en su bienestar.
A veces me pregunto si hice bien o mal; si debí ceder ante la presión o seguir mi propio camino… ¿Qué habríais hecho vosotros? ¿Es más valiente seguir las tradiciones o atreverse a romperlas por ser fiel a uno mismo?