Entre el Silencio y la Ausencia: La Historia de Un Padre Separado
—Papá, ¿puedes dejarme en paz? —La voz de Emma, mi hija mayor, retumba en el pasillo mientras cierra la puerta de su habitación con un portazo. Me quedo quieto, con la mano aún en el aire, sosteniendo el cuaderno que le compré para sus clases de dibujo. El silencio que sigue es tan denso que casi puedo masticarlo.
Nunca imaginé que llegaría a esto. Hace apenas cinco años, los domingos eran para desayunar churros en la terraza del salón, ver juntos los dibujos animados y salir a pasear por el Retiro. Ahora, mis hijas apenas me miran cuando vienen a casa cada dos fines de semana. Emma tiene catorce años y Lucía doce, pero siento que me han envejecido veinte.
Todo empezó mucho antes del divorcio. Nora y yo llevábamos juntos desde la universidad. Nos conocimos en una manifestación estudiantil en Madrid; ella gritaba consignas y yo solo podía mirarla, fascinado por su fuerza. Nos casamos jóvenes, convencidos de que el amor era suficiente. Pero cuando nacieron las niñas, algo cambió. Nora volcó toda su energía en ellas. Yo intenté adaptarme, pero poco a poco me fui sintiendo como un invitado en mi propia casa.
—Luis, ¿puedes ir tú a por el pan? —me decía Nora mientras daba el pecho a Emma.
—Claro —respondía yo, aunque sentía que ya no era parte de ese círculo íntimo entre madre e hijas.
Los años pasaron y la distancia entre Nora y yo creció. Dormíamos en la misma cama, pero éramos dos desconocidos. Las conversaciones se reducían a listas de la compra o a quién recogía a las niñas del colegio. Cuando finalmente hablamos del divorcio, fue casi un alivio para ambos. Pero nunca pensé que perdería también a mis hijas.
El primer año tras la separación fue un infierno logístico: abogados, papeles, discusiones sobre custodia. Al final acordamos custodia compartida, pero las niñas se quedaron en la casa familiar con Nora. Yo alquilé un piso pequeño en Vallecas, cerca del trabajo. Los primeros fines de semana que venían conmigo intentaba hacerles sentir como en casa: cocinaba sus platos favoritos, les compré una tele para su cuarto, incluso adopté un gato porque Lucía siempre había querido uno.
Pero nada funcionaba. Emma se encerraba con el móvil y Lucía apenas hablaba. Cuando intentaba preguntarles por el colegio o sus amigas, respondían con monosílabos.
—¿Qué tal en clase?
—Bien.
—¿Y tus amigas?
—Normal.
A veces escuchaba cómo Lucía llamaba a Nora para contarle cosas que no me decía a mí. Sentía celos, una punzada amarga en el estómago. ¿En qué momento me convertí en un extraño para mis propias hijas?
Una tarde de otoño, después de dejar a las niñas en casa de Nora, me crucé con ella en el portal.
—No sé qué les pasa contigo —me dijo sin mirarme—. Están raras cada vez que vuelven de tu casa.
—¿Raras cómo? —pregunté, sintiendo la rabia subir por mi garganta.
—No sé… calladas. Como si no quisieran estar allí.
Me fui sin responderle. Esa noche no pude dormir. ¿Era culpa mía? ¿Había hecho algo mal? Recordé todas las veces que había perdido la paciencia con Emma cuando no quería cenar o cuando Lucía rompió mi taza favorita jugando al fútbol en el salón. ¿Sería eso?
Intenté hablarlo con mis padres, pero mi madre solo supo decirme:
—Luisito, los niños siempre tiran más hacia la madre… Es ley de vida.
Pero yo no quería resignarme a esa ley cruel.
Un sábado por la mañana decidí llevarlas al parque donde solíamos ir cuando eran pequeñas. Compré chocolate caliente y churros para llevar. Caminamos en silencio hasta un banco bajo los plátanos desnudos por el invierno.
—¿Os acordáis cuando veníamos aquí? —pregunté intentando sonar alegre.
Emma ni levantó la vista del móvil.
Lucía murmuró:
—Sí…
Me sentí invisible. El frío me calaba los huesos y me pregunté si algún día volverían a mirarme como antes.
La situación empeoró cuando Nora empezó a salir con otro hombre, Sergio. Las niñas hablaban de él como si fuera parte de la familia: «Sergio nos llevó al cine», «Sergio cocina genial»… Yo apretaba los dientes y sonreía forzadamente cuando me lo contaban.
Una noche, después de dejar a las niñas dormidas en mi piso, me senté solo en la cocina y lloré por primera vez en años. Lloré por lo perdido, por lo que nunca volvería. Me sentí fracasado como padre y como hombre.
Intenté acercarme a Emma escribiéndole una carta:
«Querida Emma,
Sé que las cosas no son fáciles ahora. Echo de menos cuando eras pequeña y me pedías que te leyera cuentos antes de dormir. Quiero que sepas que te quiero igual que siempre y que siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase. Si alguna vez quieres hablar o necesitas algo, solo tienes que decírmelo.
Te quiere,
Papá»
La encontré arrugada en la papelera días después.
Un domingo cualquiera, mientras preparaba la comida, escuché a Lucía llorar en su habitación. Me acerqué despacio y llamé a la puerta.
—¿Puedo pasar?
No respondió, pero abrí igual. Estaba sentada en la cama abrazando al gato.
—¿Qué te pasa?
—Nada —sollozó—. Es que echo de menos cómo era todo antes…
Me senté a su lado y le acaricié el pelo.
—Yo también lo echo de menos —le dije—. Pero aunque todo cambie, yo siempre voy a estar aquí para ti y tu hermana.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro y lloró un poco más.
A veces pienso que quizás esto es lo máximo que puedo esperar: pequeños momentos robados al silencio y la distancia. Me esfuerzo cada día por no rendirme, por seguir llamando a sus puertas aunque no siempre me respondan.
Ahora escribo estas líneas desde mi cocina vacía mientras escucho el eco de sus risas lejanas en mi memoria. ¿Es posible reconstruir un puente roto? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar? ¿Cuántos padres más estarán sintiendo este mismo vacío sin atreverse a contarlo?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez cómo alguien a quien amáis se aleja sin remedio? ¿Qué haríais vosotros para recuperar ese vínculo perdido?