Entre el Silencio y la Esperanza: Una Noche en el Hospital de Salamanca

—¿Por qué a mí, Dios mío? ¿Por qué ahora?— susurré, apretando la mano arrugada de mi madre mientras las máquinas del hospital marcaban su ritmo monótono. El olor a desinfectante y el zumbido lejano de los ascensores del Hospital Clínico de Salamanca me envolvían como una manta fría. Era la una de la madrugada y la ciudad dormía, pero yo no podía cerrar los ojos.

Mi madre, Carmen, llevaba tres días ingresada tras un ictus. Su rostro, antes tan expresivo, ahora era un mapa de silencios y cicatrices. Yo, Lucía, su única hija, me debatía entre la rabia y el miedo. Habíamos discutido tanto en los últimos años… Por su terquedad, por mi impaciencia, por las palabras que nunca nos dijimos. Y ahora, sentada junto a ella, sentía que el tiempo se me escapaba entre los dedos.

—Lucía, tienes que descansar un poco —me dijo una enfermera, María, con acento de Zamora—. Si necesitas algo, estoy aquí.

Negué con la cabeza. ¿Cómo iba a dormir si cada segundo podía ser el último? Miré el rosario que colgaba del cabecero. Mi madre siempre rezaba antes de dormir. Yo había dejado de creer hace años, después de que mi padre nos abandonara. Pero esa noche, sentí una necesidad desesperada de aferrarme a algo.

Me levanté y caminé hasta la pequeña capilla del hospital. Estaba vacía, salvo por una anciana arrodillada en silencio. Me senté en un banco y cerré los ojos.

—No sé si me escuchas —murmuré—. Pero si puedes hacer algo por ella… por favor, hazlo. No estoy preparada para perderla. No después de todo lo que no le he dicho.

Las lágrimas me sorprendieron. Recordé las tardes en el parque de La Alamedilla cuando era niña, los bocadillos de tortilla que preparaba mi madre, las risas en las fiestas del barrio… y también los gritos, las puertas cerradas de golpe, los silencios eternos tras cada pelea.

Volví a la habitación y encontré a mi tía Pilar sentada junto a la cama.

—¿Has rezado? —me preguntó sin mirarme.

—No lo sé… He intentado hablar con Dios. No sé si sirve para algo.

—A veces sirve más para una misma que para quien está enfermo —dijo Pilar—. Yo también discutí mucho con tu abuela antes de que muriera. Nunca me perdoné no haberle dicho que la quería.

Me quedé callada. ¿Era eso lo que me esperaba? ¿Vivir con ese peso para siempre?

La noche avanzó lenta. Cada vez que mi madre tosía o se agitaba, el corazón se me encogía. En algún momento me quedé dormida apoyada en la silla. Soñé con mi infancia: mi madre peinándome antes del colegio, cantando coplas mientras cocinaba lentejas.

Me despertó el sonido de su voz, apenas un susurro:

—Lucía…

Me abalancé sobre ella.

—Mamá, estoy aquí. No te vayas…

Ella abrió los ojos y me miró con una ternura que hacía años no veía.

—No llores… Estoy cansada, pero no tengas miedo.

—Perdóname por todo —le dije entre sollozos—. Por las veces que te grité, por no entenderte…

Ella apretó mi mano con una fuerza inesperada.

—Tú eres mi hija. Eso es lo único que importa.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo. Me di cuenta de que llevaba años esperando ese momento: poder pedirle perdón y escuchar que todo estaba bien entre nosotras.

Las horas siguientes fueron un vaivén de médicos y pruebas. Mi madre mejoró poco a poco. Los días en el hospital se hicieron rutina: cafés aguados en la máquina del pasillo, llamadas a familiares lejanos, mensajes de ánimo en el grupo de WhatsApp familiar.

Una tarde, mientras le leía en voz alta una carta de su hermana Rosario desde Sevilla, mi madre me interrumpió:

—¿Recuerdas cuando te llevé a ver la procesión del Domingo de Ramos?

Asentí sonriendo.

—Siempre rezaba para que fueras feliz —dijo—. Aunque no lo entendieras entonces.

Me di cuenta de que la fe había sido su refugio durante toda su vida. Y aunque yo había renegado de ella por orgullo o dolor, esa noche en la capilla me había dado cuenta de que todos necesitamos creer en algo cuando todo parece perdido: en Dios, en la familia o simplemente en la esperanza.

Cuando por fin le dieron el alta y volvimos a casa en taxi por las calles empedradas del centro histórico, sentí que algo había cambiado entre nosotras. Ya no éramos madre e hija enfrentadas por viejos rencores; éramos dos mujeres unidas por el miedo y el amor incondicional.

Ahora cada noche rezo con ella antes de dormir. No sé si Dios escucha mis palabras o si simplemente es una forma de reconciliarme conmigo misma y con mi pasado. Pero he aprendido que la fe —sea cual sea— puede ser el puente para sanar heridas antiguas.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de pedir perdón o decir te quiero por orgullo o miedo? ¿Y si mañana ya es tarde? ¿Vosotros también habéis sentido ese peso alguna vez?