Entre el Silencio y la Rutina: La Vida que No Elegí

—¿Otra vez vas a quedarte viendo el partido, Sergio? —pregunté, intentando que mi voz no temblara, aunque por dentro sentía que me rompía en mil pedazos.

Él ni siquiera levantó la vista del televisor. El sonido de los comentaristas llenaba el salón, ahogando cualquier intento de conversación. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia. Dentro, el silencio entre nosotros era aún más ensordecedor.

Me giré despacio, recogí los platos de la cena —que había preparado yo sola, como cada noche— y caminé hacia la cocina. Mientras fregaba, escuchaba las risas enlatadas del programa que seguía al partido. Mis hijos, Lucía y Pablo, ya dormían. Yo era la última en apagar la luz cada noche y la primera en encenderla cada mañana.

No siempre fue así. Recuerdo cuando Sergio y yo éramos inseparables. Nos conocimos en la universidad de Salamanca, compartiendo cafés y sueños. Él quería ser periodista deportivo; yo, profesora de literatura. Pero la vida nos llevó a Madrid, a un piso pequeño en Vallecas, a trabajos que no eran los que soñábamos y a una rutina que fue apagando poco a poco la chispa.

—Mamá, ¿puedes ayudarme con los deberes? —me preguntó Lucía una tarde, mientras yo intentaba terminar un informe para el trabajo.

—Claro, cariño —le respondí, aunque mi cabeza estaba a punto de estallar. Pablo lloraba porque no encontraba su camiseta del Atleti. Sergio estaba en el balcón fumando, ajeno a todo.

A veces sentía que era invisible. Como si mi esfuerzo por mantenerlo todo en pie —la casa limpia, los niños felices, el trabajo al día— no importara. Mis amigas del colegio compartían fotos en Instagram viajando a Roma o abriendo sus propias tiendas online. Yo apenas tenía tiempo para ducharme sin interrupciones.

Una noche, después de acostar a los niños y recoger los juguetes del salón, me senté frente al ordenador. Busqué «cómo saber si tu matrimonio está roto». Las respuestas eran frías y genéricas: falta de comunicación, rutina, ausencia de intimidad. Cerré la pantalla con rabia.

Al día siguiente, durante el café en la oficina, Marta —mi compañera de mesa— me preguntó:

—¿Estás bien? Te veo apagada últimamente.

Quise decirle la verdad: que me sentía sola incluso cuando estaba acompañada; que mi marido era un fantasma en casa; que tenía miedo de convertirme en una sombra de mí misma. Pero solo sonreí y dije:

—Es el cansancio. Los niños no me dejan dormir.

Esa tarde, al volver a casa, encontré a Sergio dormido en el sofá. La tele seguía encendida. Lucía y Pablo jugaban solos en su habitación. Me senté a su lado y lo miré largo rato. ¿Dónde estaba el hombre del que me enamoré? ¿En qué momento dejamos de hablarnos?

—Sergio —susurré—, ¿podemos hablar?

Él abrió un ojo, molesto.

—¿Ahora? Estoy cansado.

Me mordí el labio para no llorar. Me levanté y fui al baño. Cerré la puerta y dejé que las lágrimas corrieran libres. Me miré al espejo: ojeras profundas, arrugas nuevas en la frente. ¿Quién era esa mujer?

Esa noche soñé que huía. Corría por una playa desierta mientras el mar borraba mis huellas. Al despertar, sentí una mezcla de alivio y tristeza.

Pasaron los días y nada cambiaba. Un sábado por la mañana, mientras preparaba churros para los niños, escuché a Lucía decirle a Pablo:

—Papá nunca juega con nosotros.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Qué ejemplo les estábamos dando? ¿Qué aprenderían sobre el amor y la familia?

Decidí hablar con Sergio esa misma noche.

—Sergio, necesito que hablemos —dije firme mientras recogía la mesa.

Él suspiró.

—¿Otra vez? Siempre estás igual últimamente.

—No puedo más —le dije con voz temblorosa—. Siento que estoy sola en esto. Trabajo fuera y dentro de casa, cuido de los niños… Tú solo existes para el fútbol y tus cigarrillos.

Él se encogió de hombros.

—¿Y qué quieres que haga? Estoy cansado también. El trabajo me mata.

—Pero yo también trabajo —le recordé—. Y aun así saco fuerzas para todo lo demás.

Sergio guardó silencio. Por primera vez en mucho tiempo vi un destello de culpa en sus ojos.

—No sé qué nos ha pasado —murmuró finalmente—. Antes éramos felices…

—Sí —dije—. Pero ahora no lo somos.

Esa noche dormimos espalda contra espalda. El silencio era tan denso que costaba respirar.

Al día siguiente decidí hacer algo solo para mí: salí a caminar por el Retiro mientras los niños se quedaban con Sergio. Sentí miedo al principio; miedo de dejarles solos, miedo de enfrentarme a mis propios pensamientos. Pero mientras caminaba bajo los árboles centenarios del parque, sentí una chispa de esperanza.

Quizá no podía cambiar a Sergio ni arreglarlo todo de golpe. Pero podía empezar por cuidarme a mí misma; por buscar momentos de paz entre tanto caos.

Al volver a casa encontré a Sergio intentando hacer tortitas con los niños. La cocina era un desastre pero ellos reían juntos. Me quedé observándolos desde la puerta: tal vez aún había algo por salvar… o tal vez solo quedaban recuerdos bonitos entre ruinas cotidianas.

Esa noche escribí en mi diario:

«¿Cuándo dejamos de ser nosotros para convertirnos solo en padres y compañeros de piso? ¿Es posible volver atrás o solo nos queda aprender a vivir con lo que somos ahora?»

¿Vosotros también os habéis sentido alguna vez así? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?