Entre la fe y el abismo: el día que recé por mi madre

—¡Lucía, despierta! Es mamá… —La voz de mi hermana Marta temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra fuera una piedra que se le atragantaba en la garganta.

Eran las tres de la madrugada. El frío de enero se colaba por las rendijas de mi ventana en Madrid, pero lo que me heló la sangre fue el miedo. Mi madre, Carmen, acababa de sufrir un infarto y la llevaban de urgencia al hospital de La Paz. No recuerdo cómo me vestí ni cómo llegué al taxi; sólo recuerdo el temblor en mis manos y el eco de una oración que no sabía si era para ella o para mí: «Dios mío, no te la lleves todavía».

En la sala de espera, los minutos eran cuchillos. Marta lloraba en silencio, mi padre paseaba de un lado a otro como un león enjaulado. Mi hermano Álvaro llegó poco después, con la cara desencajada y los ojos rojos. Nadie hablaba. Sólo se oía el pitido lejano de las máquinas y el murmullo de otros familiares que, como nosotros, esperaban un milagro.

—¿Por qué a mamá? —susurró Marta, rompiendo el silencio—. Si ella siempre ha sido buena…

No supe qué decirle. Mi madre era el pilar de nuestra familia, la que siempre tenía una palabra amable o una sopa caliente lista cuando llegábamos cansados. La que rezaba cada noche por nosotros aunque ya nadie más creyera en nada. Y ahora estaba allí, entre la vida y la muerte, mientras nosotros nos desmoronábamos.

Las horas pasaron lentas y crueles. Recuerdo mirar el rosario que llevaba en el bolso, regalo de mi abuela antes de morir. Hacía años que no rezaba de verdad; la fe se me había ido apagando entre exámenes, trabajos precarios y decepciones amorosas. Pero esa noche, sentada en aquel banco duro, sentí que no tenía nada más a lo que aferrarme.

—¿Y si rezamos? —propuse casi sin voz.

Mi padre me miró sorprendido, como si no reconociera a su hija atea y contestataria. Marta asintió enseguida y Álvaro se encogió de hombros. Nos cogimos de las manos, formando un círculo torpe y tembloroso. Empecé a recitar el Padrenuestro como quien busca una linterna en mitad del apagón.

No sé si fue la oración o el simple hecho de sentirnos unidos, pero algo cambió en ese instante. El miedo seguía allí, pero ya no era un monstruo invencible. Sentí una paz extraña, como si alguien invisible nos abrazara a todos.

A las seis de la mañana salió el médico. Su bata blanca parecía un faro en medio de nuestra tormenta.

—La operación ha salido bien —dijo—. Ahora hay que esperar las próximas horas, pero es fuerte.

Nos abrazamos los cuatro, llorando sin pudor. Mi padre murmuró un «gracias» mirando al techo del hospital. Yo apreté el rosario entre los dedos hasta hacerme daño.

Las siguientes semanas fueron una montaña rusa. Mi madre despertó lenta pero segura; cada día era un pequeño triunfo: una sonrisa, una palabra, un sorbo de agua. Pero también afloraron viejas heridas familiares: reproches por no haber estado más atentos a su salud, discusiones sobre quién debía quedarse en el hospital o cuidar a papá en casa.

Una tarde, mientras Marta y yo nos turnábamos junto a la cama de mamá, ella me cogió la mano con su debilidad recién estrenada.

—Lucía… ¿recuerdas cuando eras pequeña y rezábamos juntas?

Asentí, tragando saliva.

—Nunca es tarde para volver a creer —susurró—. La fe no es sólo rezar; es confiar en que todo tiene sentido, incluso cuando parece que no lo tiene.

Esa noche salí del hospital y caminé hasta la iglesia más cercana. No fui a pedir milagros ni a prometer nada imposible; sólo me senté en silencio, dejando que las lágrimas limpiaran un poco el miedo y la rabia acumulados durante años.

Poco a poco, la vida volvió a su cauce. Mamá regresó a casa con una sonrisa cansada pero luminosa. Las discusiones familiares dieron paso a cenas tranquilas y paseos por el Retiro los domingos por la tarde. Yo volví a mi rutina, pero algo había cambiado: ya no sentía ese vacío existencial que me perseguía desde hacía tiempo.

A veces me sorprendo rezando sin darme cuenta: por mi familia, por los amigos que ya no están o por los desconocidos que veo llorar en los hospitales. No sé si Dios existe tal como lo imaginaba mi abuela, pero sí sé que la fe —sea lo que sea— me salvó del abismo aquella noche.

Ahora me pregunto: ¿cuántos de nosotros necesitamos tocar fondo para descubrir lo que realmente importa? ¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que sólo te quedaba rezar?