Entre las paredes de mi vida: ¿Vender la casa o perderme a mí misma?

—Mamá, tenemos que hablar —la voz de Lucía retumbó en el pasillo, cortando el silencio de la tarde como un cuchillo. Yo estaba en la cocina, removiendo el cocido, cuando la vi entrar con el ceño fruncido y el móvil apretado entre los dedos.

—¿Ahora qué pasa, hija? —pregunté, intentando sonar tranquila, aunque ya intuía que no era una visita cualquiera. Desde que Sergio apareció en su vida, las conversaciones importantes siempre traían tormenta.

Lucía se sentó frente a mí, sin quitarse el abrigo. Sus ojos evitaban los míos. —Mamá, Sergio y yo hemos estado pensando… Bueno, más bien, necesitamos tu ayuda. Queremos comprar un piso y… creemos que lo mejor sería que vendieras la casa. Así podrías comprarte un piso pequeño y con lo que sobre, podríamos dar la entrada para el nuestro.

Sentí cómo se me helaba la sangre. Miré alrededor: las fotos de papá en la pared, la lámpara antigua del salón, las marcas de altura de Lucía y su hermano en el marco de la puerta. Todo lo que era mi vida estaba aquí. —¿Vender la casa? ¿Y por qué tengo que hacerlo yo? —mi voz tembló más de lo que quería.

—Mamá, no puedes vivir sola en una casa tan grande. Es mucho trabajo para ti. Además, los pisos están carísimos y… —Lucía bajó la voz— Sergio dice que es lo más lógico.

Ahí estaba. Sergio. Siempre tan lógico, tan práctico… tan frío conmigo desde el primer día. Recordé aquella Navidad en la que discutimos porque él insistía en poner la televisión durante la cena familiar. Desde entonces, todo fue cuesta abajo.

—¿Esto es idea tuya o de Sergio? —pregunté, mirándola fijamente.

Lucía suspiró. —Mamá, no es solo por nosotros. Es por ti también. No puedes seguir aferrada al pasado.

Me levanté y fui hasta la ventana. Afuera llovía sobre el patio donde Lucía jugaba de niña. —¿Y si no quiero vender? ¿Y si este es mi sitio?

—Entonces… —Lucía dudó— tendremos que buscar otra solución. Pero mamá, piensa en lo práctico. Piensa en tu futuro.

No dormí esa noche. Me levanté varias veces a pasear por el pasillo, tocando las paredes como si pudieran darme respuestas. Recordé cuando Antonio y yo compramos esta casa con tanto esfuerzo; cómo pintamos juntos el dormitorio de Lucía de rosa porque ella lo pidió llorando; cómo celebramos aquí los cumpleaños, las Navidades… Incluso los malos momentos tenían su rincón entre estas paredes.

Al día siguiente vino Sergio. Ni siquiera saludó al entrar; fue directo al grano.

—María, entiéndalo: es una oportunidad para todos. Usted tendría más comodidad y nosotros podríamos formar una familia cerca de usted.

—¿Cerca? ¿O lejos? Porque desde que te casasteis apenas venís a verme —le solté sin filtro.

Sergio se encogió de hombros. —La vida cambia, María. Hay que adaptarse.

Me sentí sola en ese momento, como si todo el peso del mundo cayera sobre mis hombros. Llamé a mi hermana Carmen esa tarde.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó ella—. Yo no podría dejar mi casa ni aunque me pagaran el doble.

—No lo sé, Carmen… Siento que si vendo esta casa pierdo algo más que ladrillos y muebles.

Esa noche soñé con Antonio. Me miraba desde el umbral del salón y me decía: “No te olvides de quién eres”. Me desperté llorando.

Los días siguientes fueron un desfile de argumentos y silencios incómodos. Lucía venía cada tarde con nuevas razones: “Podrías viajar”, “No tendrías que limpiar tanto”, “Tendrías vecinos con los que hablar”… Pero ninguna razón llenaba el vacío que sentía solo de imaginarme fuera de aquí.

Un domingo vino mi nieto Pablo a visitarme. Se sentó en mis rodillas y me preguntó:

—Abuela, ¿por qué estás triste?

No supe qué decirle. Solo le abracé fuerte y le prometí que siempre tendría un sitio donde jugar.

La tensión creció tanto que empecé a evitar a Lucía. Ella me mandaba mensajes: “Mamá, por favor, piénsalo”, “No quiero discutir contigo”, “Solo quiero lo mejor para todos”. Pero yo no podía responderle sin sentirme traidora a mí misma.

Un día encontré a Lucía llorando en el portal.

—Mamá… —me abrazó— No quiero perderte por esto. Solo tengo miedo de no poder darle a Pablo lo que necesita… Y Sergio está muy agobiado con el dinero…

Por primera vez vi a mi hija como una mujer vulnerable, no solo como la niña caprichosa que recordaba. Me senté con ella en las escaleras y hablamos durante horas: de papá, de los sacrificios, del miedo a quedarse sola…

—¿Y si vendes solo una parte del terreno? —sugirió ella al final— Así podrías quedarte aquí y ayudarnos un poco…

No era perfecto, pero era un comienzo. Acordamos hablar con un abogado y ver opciones antes de tomar ninguna decisión precipitada.

Ahora paso los días mirando mi casa con otros ojos: sé que nada es eterno, pero también sé que hay cosas que no se pueden medir solo en euros o metros cuadrados.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debemos sacrificar nuestro pasado por el futuro de nuestros hijos? ¿Es egoísmo aferrarse a los recuerdos o valentía defenderlos?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar?