Entre las paredes del silencio: la casa de mi hermano y la sombra de una extraña
—No necesito tu opinión. Esta es la casa de mi hermano, y para mí eres una extraña.
Las palabras de Lucía retumbaron en el pasillo como un portazo invisible. Me quedé quieta, con las llaves aún en la mano, el abrigo a medio quitar, sintiendo cómo el frío de la calle se mezclaba con el que ella acababa de dejarme clavado en el pecho. Era la tercera noche que discutíamos desde que se mudó aquí, y cada vez las palabras eran más afiladas.
Todo empezó hace dos semanas, cuando Lucía apareció en la puerta con dos maletas y los ojos hinchados de llorar. Mi hermano, Sergio, no dudó ni un segundo en abrirle la puerta. «Es mi hermana, Marta. No tiene a dónde ir», me dijo en voz baja, como si necesitara justificar lo que para él era obvio. Yo asentí, porque ¿qué iba a decir? En España, la familia es sagrada, y aunque nunca tuve una relación cercana con Lucía, sabía que su divorcio había sido un escándalo en el pueblo. Su exmarido, Javier, era conocido por todos y la noticia corrió como la pólvora por las calles estrechas de nuestro barrio en Salamanca.
Al principio intenté ser amable. Le preparé una habitación, le ofrecí café por las mañanas y hasta le pregunté si necesitaba ayuda para buscar trabajo. Pero Lucía no quería hablar. Se encerraba en su cuarto durante horas y solo salía para comer o fumar en el balcón. Sergio llegaba tarde del trabajo y apenas notaba la tensión. Yo me sentía invisible en mi propia casa.
Una noche, mientras cenábamos los tres en silencio, Lucía dejó caer el tenedor y me miró fijamente.
—¿Vas a estar mucho tiempo aquí? —preguntó de repente.
Me atraganté con el vino. Sergio la miró sorprendido.
—¿Cómo que si voy a estar mucho tiempo? Esta es mi casa también —respondí, intentando mantener la calma.
Lucía sonrió de lado, esa sonrisa que siempre me pareció arrogante.
—Solo pregunto. No quiero molestar —dijo, pero su tono era todo menos conciliador.
Esa noche no pude dormir. Me preguntaba si era yo la que sobraba en mi propio hogar. Recordé cuando Sergio y yo heredamos este piso tras la muerte de nuestros padres. Lo reformamos juntos, pintamos las paredes de azul claro y colgamos fotos antiguas en el pasillo. Era nuestro refugio contra el mundo. Ahora sentía que cada rincón se llenaba de sombras ajenas.
Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños roces: Lucía criticando cómo cocinaba el arroz, Lucía dejando sus cosas por todas partes, Lucía hablando por teléfono a gritos con su madre mientras yo intentaba trabajar desde casa. Una tarde, al volver del supermercado, encontré a Lucía sentada en el sofá con Sergio.
—Marta, tenemos que hablar —dijo él con voz seria.
Me senté frente a ellos, sintiendo un nudo en el estómago.
—Lucía necesita estabilidad —empezó Sergio—. Ha pasado por mucho y creo que deberíamos hacerle sentir que esta es su casa también.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿No merezco sentirme en casa?
Lucía me miró con frialdad.
—Tú siempre has tenido todo fácil. No sabes lo que es perderlo todo de golpe.
Me mordí los labios para no gritarle que yo también había perdido a mis padres, que yo también tenía derecho a sentirme segura bajo este techo. Pero Sergio me miraba suplicante y me limité a asentir.
Esa noche lloré en silencio. Me sentí sola como nunca antes. Empecé a evitar a Lucía; salía temprano y volvía tarde para no coincidir con ella. Pero la tensión era insoportable. Un sábado por la mañana, mientras fregaba los platos, Lucía entró en la cocina y cerró la puerta tras de sí.
—No sé qué te he hecho —dijo sin mirarme—. Pero no pienso irme. No tengo otro sitio donde estar.
La miré a los ojos y vi algo que no había visto antes: miedo. Miedo a quedarse sola, miedo al rechazo. Por un momento quise abrazarla, decirle que todo iría bien. Pero las palabras no salieron.
—Solo quiero paz —susurré—. Solo quiero sentirme en casa otra vez.
Lucía asintió y salió sin decir nada más.
Desde entonces vivimos en una tregua silenciosa. Compartimos espacios pero no palabras; compartimos techo pero no confianza. Sergio intenta mediar pero está agotado. A veces lo escucho llorar en su habitación y me siento culpable por no poder arreglarlo todo.
Hoy he llegado antes de lo habitual y he encontrado a Lucía sentada en el balcón, mirando las luces de la ciudad. Me he sentado a su lado en silencio. Después de unos minutos, ha hablado:
—¿Crees que algún día podré dejar de ser una extraña aquí?
No he sabido qué responderle.
Ahora escribo estas líneas preguntándome: ¿cuántas familias viven atrapadas entre paredes llenas de silencios? ¿Cuánto tiempo puede resistir un hogar cuando sus habitantes se sienten extranjeros unos para otros?