Entre Sueños y Expectativas: La Historia de Elena y la Tecnología
—¿De verdad te has gastado todo ese dinero en un móvil? —La voz de mi madre retumbó en el salón, rebotando entre las paredes como un eco de decepción.
Me quedé quieta, con el teléfono nuevo aún en la mano, temblando. Mi padre, sentado en su sillón de siempre, ni siquiera levantó la vista del periódico. Mi hermano, Sergio, soltó una risa sarcástica desde la cocina.
—Lo próximo será que pida comida a domicilio porque le da pereza cocinar —dijo él, sin mirarme.
Sentí cómo se me encogía el pecho. Había trabajado durante años en una tienda de ropa del centro de Madrid, ahorrando cada céntimo, privándome de cenas con amigas y escapadas de fin de semana. Todo para poder comprarme un portátil decente y un móvil que no se apagara a los diez minutos de uso. Era mi pequeño sueño: poder estudiar diseño gráfico online, avanzar, salir del bucle de trabajos precarios.
Pero ahora, en vez de alegría, sentía una vergüenza punzante. ¿Por qué tenía que justificarme? ¿Por qué mis padres no podían alegrarse por mí?
—No es solo un móvil —intenté explicar—. Es para el curso que quiero hacer. Ya os lo dije…
Mi madre me interrumpió con un suspiro largo.
—Elena, hija, en mis tiempos nos conformábamos con mucho menos. No sé qué os pasa a los jóvenes de ahora, siempre queriendo lo último. ¿No ves cómo está la vida? ¿No ves lo que cuesta llegar a fin de mes?
Me mordí el labio. Claro que lo veía. Por eso había ahorrado tanto tiempo. Por eso cada vez que veía una oferta en internet, me pasaba horas comparando precios y leyendo reseñas. Porque no quería tirar el dinero, porque quería invertir en mi futuro.
Pero nada de eso importaba. Para ellos, yo era la hija que no sabía valorar el esfuerzo, la que se gastaba el sueldo en tonterías.
Esa noche apenas cené. Me encerré en mi cuarto y encendí el portátil nuevo. La pantalla brillaba como una promesa. Abrí el programa del curso online y repasé las lecciones que me esperaban. Pero no podía concentrarme; las palabras de mi familia seguían resonando en mi cabeza.
Al día siguiente, en el trabajo, mi compañera Lucía me preguntó por qué tenía esa cara.
—Nada —mentí—. Cosas de casa.
Ella insistió y al final le conté todo. Lucía me miró con comprensión.
—A mí me pasó igual cuando me compré la tablet para estudiar oposiciones —me confesó—. Mi padre casi me echa de casa. Pero luego vio que aprobé y se le pasó.
Me aferré a esa esperanza durante días. Quizá cuando viesen mis progresos cambiarían de opinión. Quizá dejarían de verme como una niña caprichosa.
Pero las semanas pasaron y el ambiente en casa se volvió más frío. Mi madre apenas me hablaba y mi padre sólo preguntaba si había pagado ya la factura del móvil nuevo. Sergio aprovechaba cualquier ocasión para lanzarme indirectas.
Una tarde, mientras cenábamos tortilla de patatas viendo el telediario, saltó la noticia sobre el paro juvenil en España.
—Mira, Elena —dijo mi padre—, ahí tienes tu futuro si sigues gastando así.
No aguanté más. Dejé el tenedor sobre la mesa y me levanté.
—¿Por qué no podéis confiar en mí? ¿Por qué todo lo que hago está mal? —mi voz temblaba, pero no bajé la mirada.
Mi madre se quedó callada unos segundos antes de responder:
—No es eso, hija… Es que nos da miedo que te equivoques. Que te des un golpe contra la realidad.
—Pero es mi vida —contesté—. Si me equivoco, aprenderé yo. No quiero vivir siempre con miedo a decepcionaros.
Salí al balcón y respiré hondo. Madrid brillaba bajo las luces naranjas de la calle. Pensé en todas las veces que había soñado con escapar, con empezar de cero lejos del juicio constante.
Esa noche lloré en silencio. No por el móvil ni por el portátil, sino por sentirme tan sola entre los míos.
Los días siguientes intenté hablar menos en casa y centrarme más en mis estudios online. Poco a poco fui avanzando en el curso; incluso gané un concurso de diseño digital y recibí una pequeña beca para seguir formándome.
Cuando recibí el correo con la noticia, quise compartirlo con mi familia. Pero dudé. ¿Y si sólo veían otra excusa para decirme que pierdo el tiempo?
Al final, una tarde mientras ayudaba a mi madre a pelar patatas, se lo solté casi sin querer:
—He ganado una beca por un diseño que hice con el portátil nuevo…
Ella se quedó quieta unos segundos y luego sonrió levemente.
—Eso está bien, hija…
No dijo más, pero sentí un pequeño alivio. Tal vez nunca entenderían del todo mis sueños ni mis decisiones. Pero yo sí podía aprender a vivir con sus dudas sin dejar que me paralizasen.
Ahora miro atrás y pienso en todas las veces que he tenido miedo a decepcionarles. Y me pregunto: ¿cuántas veces dejamos de perseguir nuestros sueños por miedo al qué dirán? ¿Cuántas oportunidades perdemos por no atrevernos a ser nosotros mismos?