Escondiéndome en el trabajo para huir del hastío de mi marido

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi marido, Antonio, me recibe como una bofetada nada más abrir la puerta. Son las nueve y media de la noche y, aunque la excusa del tráfico en la M-30 es creíble, la verdad es que he estado sentada en mi coche, en el aparcamiento de la oficina, escuchando la radio y mirando la ciudad desde la ventanilla. No quería volver a casa. No quería volver a él.

—He tenido mucho trabajo, Antonio, lo sabes —respondo, dejando las llaves en el cuenco de cerámica que pintó mi hija en el colegio. Él ni siquiera me mira. Está sentado en el sofá, con el televisor encendido, viendo un partido del Atlético de Madrid. Ni siquiera le gusta el fútbol, pero últimamente parece que cualquier cosa es mejor que hablar conmigo.

Me quito los zapatos y me encierro en el baño. Me miro en el espejo y apenas me reconozco. ¿Dónde está la Lucía que reía con ganas, la que soñaba con viajar a Granada en primavera, la que se emocionaba con los pequeños detalles? Ahora solo veo ojeras y una tristeza que se me ha pegado a la piel como una segunda capa.

No siempre fue así. Cuando conocí a Antonio, en la universidad, era divertido, atento, hasta un poco torpe, pero eso me hacía gracia. Nos casamos jóvenes, convencidos de que el amor era suficiente. Tuvimos a nuestra hija, Marta, y durante un tiempo fuimos felices. Pero la rutina, los problemas económicos, la presión de los padres, los horarios imposibles… todo fue desgastando lo que teníamos. Y ahora, cada conversación es una batalla, cada silencio, un abismo.

—¿Vas a cenar? —pregunta Antonio desde el salón, sin apartar la vista de la pantalla.

—No tengo hambre —miento. En realidad, el nudo en el estómago no me deja tragar nada.

Me encierro en la habitación de Marta. Ella está en casa de mi madre esta semana, porque los exámenes la tienen estresada y dice que en casa no puede concentrarse. No la culpo. Aquí el ambiente se corta con cuchillo. Me tumbo en su cama, abrazo su peluche de unicornio y dejo que las lágrimas caigan en silencio. ¿Cómo hemos llegado a esto?

Al día siguiente, en la oficina, me siento extrañamente aliviada. El murmullo de los ordenadores, el olor a café recalentado, las bromas de mis compañeros… todo me resulta acogedor. Mi jefa, Carmen, me mira con preocupación.

—Lucía, ¿estás bien? Últimamente te veo muy apagada.

—Es solo cansancio, Carmen. Ya sabes, la niña, la casa, el trabajo…

Ella asiente, pero no parece convencida. Me ofrece un café y me invita a hablar, pero no puedo. No quiero que nadie sepa lo que pasa en mi casa. En España, aún pesa mucho la idea de que la familia es sagrada, de que los problemas de pareja se resuelven en privado. Pero yo ya no sé cómo resolver nada.

Empiezo a quedarme más horas en la oficina. Me ofrezco voluntaria para cualquier proyecto, cualquier reunión. Mis compañeros bromean con que soy una adicta al trabajo, pero nadie sospecha la verdad: aquí, al menos, me siento útil. Aquí nadie me mira con reproche, nadie me ignora. Aquí puedo respirar.

Una tarde, mientras reviso unos informes, recibo un mensaje de mi madre: «¿Vas a venir a buscar a Marta o la llevo yo a casa?». Me doy cuenta de que he perdido la noción del tiempo. Son las ocho y media. Siento una punzada de culpa, pero no por Antonio, sino por mi hija. ¿Qué ejemplo le estoy dando?

Esa noche, cuando llego a casa, Marta está en su habitación. Me acerco y la encuentro leyendo, con los auriculares puestos. Me siento a su lado y le acaricio el pelo.

—¿Estás bien, cariño?

Ella me mira, seria.

—¿Tú lo estás, mamá?

No sé qué responder. Me gustaría decirle que sí, que todo va a ir bien, pero no quiero mentirle. Solo la abrazo y le susurro que la quiero.

Antonio entra en la habitación sin llamar.

—¿Podemos hablar? —dice, con voz tensa.

Asiento y salimos al pasillo. Él se apoya en la pared, con los brazos cruzados.

—No sé qué nos pasa, Lucía. Ya no hablamos, ya no hacemos nada juntos. ¿Es por mí? ¿He hecho algo mal?

Quiero gritarle que sí, que me siento sola, que me siento invisible. Pero también sé que yo he dejado de intentarlo, que me he refugiado en el trabajo para no enfrentar lo que nos pasa.

—No lo sé, Antonio. Solo sé que estoy cansada. Cansada de discutir, de fingir que todo va bien, de sentirme sola incluso cuando estás al lado.

Él baja la mirada. Por un momento, parece tan perdido como yo.

—¿Y qué hacemos? —pregunta, casi en un susurro.

No tengo respuesta. Solo sé que no quiero seguir así, pero tampoco sé cómo cambiarlo. ¿Terapia de pareja? ¿Separarnos? ¿Intentar empezar de cero?

Esa noche duermo mal. Doy vueltas en la cama, pensando en todo lo que hemos perdido, en todo lo que podríamos perder. Pienso en Marta, en lo que significaría para ella que sus padres se separaran. Pienso en mi madre, que siempre me dice que el matrimonio es cuestión de paciencia y sacrificio. Pero, ¿y si ya no me queda paciencia? ¿Y si el sacrificio es demasiado grande?

Al día siguiente, en la oficina, Carmen me llama a su despacho.

—Lucía, tienes que cuidarte. El trabajo no puede ser tu refugio. Si necesitas ayuda, pídela. No estás sola.

Sus palabras me hacen llorar. Por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me ve, que alguien entiende mi dolor. Salgo del despacho y me siento en mi mesa, temblando. ¿Y si pido ayuda? ¿Y si dejo de fingir?

Esa tarde, cuando recojo a Marta del colegio, le sonrío de verdad. Decido que esta noche hablaré con Antonio, que le diré todo lo que siento, aunque duela. No sé qué pasará después, pero ya no quiero seguir escondiéndome.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en España estarán viviendo lo mismo que yo, refugiándose en el trabajo para no enfrentar la soledad de su propio hogar? ¿Cuándo dejamos de ser pareja para convertirnos en simples compañeros de piso? ¿Y cómo se vuelve a empezar cuando el amor se ha perdido entre la rutina y el silencio?