Fui acusada injustamente: el día que mi hija me rompió el corazón

—¡No me mires así, mamá! ¡Sé lo que hiciste!—. El grito de Lucía retumbó en el pasillo, tan frío como el mármol bajo mis pies. Mi hija, mi niña, la que acuné entre mis brazos cuando tenía fiebre, ahora me miraba como si fuera una extraña. Mi marido, Antonio, se quedó petrificado en el umbral de la cocina, con la bolsa del pan aún en la mano. Nadie se atrevió a romper el silencio que siguió a esa acusación.

No recuerdo haber sentido nunca tanto miedo. Ni siquiera cuando me operaron de urgencia hace años, ni cuando perdí a mi madre. El miedo de perder a mi familia era mucho más grande. —Lucía, por favor, dime qué crees que he hecho—. Mi voz temblaba, pero intenté mantenerme firme. Ella apretó los labios y bajó la mirada, pero no respondió.

Todo empezó unas semanas antes, cuando desapareció el dinero que habíamos ahorrado para las vacaciones en la playa. No era mucho, pero para nosotros significaba meses de esfuerzo y privaciones. Antonio revisó toda la casa, incluso debajo del colchón y dentro de las cajas de zapatos viejas. Nadie lo encontraba. Yo sugerí que quizá lo habíamos guardado en otro sitio, pero Lucía me miró con desconfianza desde el primer momento.

—¿Por qué no lo encontramos?— preguntó Antonio una noche, mientras cenábamos en silencio.
—No lo sé, cariño. Quizá deberíamos preguntar a Pablo— respondí refiriéndome a nuestro hijo menor.
—¿A Pablo?— saltó Lucía—. ¡Él no haría algo así!—

Me dolió su tono. ¿Por qué esa reacción? ¿Por qué esa rabia dirigida solo hacia mí? No entendía nada. Hasta que una tarde, al volver del trabajo, encontré a Lucía llorando en su habitación. Me acerqué para consolarla, pero ella se apartó bruscamente.

—No te acerques. Sé que fuiste tú quien cogió el dinero— susurró entre sollozos.

Sentí un puñal atravesándome el pecho. —¿Cómo puedes pensar eso de mí? Soy tu madre—.

—¡Siempre te quejas de que no llegamos a fin de mes! ¡Siempre dices que necesitas más para la casa!— gritó ella.

Intenté abrazarla, pero se apartó como si le diera asco mi contacto. Salí de la habitación y me encerré en el baño a llorar en silencio. Antonio no dijo nada esa noche. Solo me miró de reojo mientras fregaba los platos.

Los días siguientes fueron un infierno. Pablo apenas hablaba y Lucía evitaba cruzarse conmigo. Antonio dormía en el sofá y yo sentía cómo mi hogar se desmoronaba poco a poco. Mis compañeras del supermercado notaron mi tristeza, pero no quise contarles nada. ¿Cómo explicarles que tu propia hija te acusa de ladrona?

Una tarde, mientras doblaba ropa en el salón, escuché a Lucía hablando por teléfono con su amiga Marta:

—No puedo perdonarla… No sé cómo ha podido hacernos esto…

Me sentí invisible en mi propia casa. Nadie me defendía. Nadie preguntaba cómo me sentía yo. Solo era la sospechosa principal de un crimen absurdo.

Pasaron semanas así. Un día, al volver del trabajo, encontré la casa vacía y una nota sobre la mesa: “Hemos ido a casa de los abuelos unos días”. Ni una palabra para mí. Ni una explicación.

Lloré hasta quedarme dormida en el sofá. Soñé con mi madre, con su voz dulce diciéndome: “Aguanta, hija mía”. Pero al despertar solo había silencio y platos sucios.

Intenté hablar con Antonio por teléfono:

—Antonio, por favor… No he hecho nada…—

—No sé qué pensar, Carmen. Lucía está destrozada y Pablo no quiere hablar del tema. Mejor dejamos pasar unos días— respondió él antes de colgar.

Me sentí morir un poco más cada día. En el trabajo fingía sonrisas y escuchaba las historias de otras madres sobre sus hijos: “Mi niña ha sacado un 10 en mates”, “Mi hijo ha ganado un torneo”. Yo solo asentía y tragaba lágrimas.

Un sábado por la mañana, llamaron al timbre. Era Pablo, con los ojos rojos y una mochila al hombro.

—Mamá… tengo que decirte algo— murmuró sin mirarme a los ojos.

Le preparé un vaso de leche caliente y nos sentamos en la mesa de la cocina.

—Fui yo quien cogió el dinero… Quería comprarle un móvil nuevo a Lucía porque todos se reían de ella en clase… No quería que nadie sufriera por mi culpa… Pero cuando vi cómo se puso todo… tuve miedo…

Sentí alivio y rabia al mismo tiempo. Abracé a Pablo con fuerza mientras él lloraba desconsolado.

—¿Por qué no lo dijiste antes?— pregunté entre lágrimas.

—Tenía miedo de que papá me echara de casa… Y cuando vi que todos te culpaban a ti… no supe qué hacer…

Llamé a Antonio y le conté todo. Volvieron esa misma tarde. Lucía entró sin mirarme y se encerró en su cuarto. Antonio intentó disculparse:

—Carmen… lo siento… No debimos dudar de ti…

Pero algo dentro de mí se había roto para siempre.

Pasaron los meses y las cosas nunca volvieron a ser iguales. Lucía apenas me hablaba y yo sentía una distancia insalvable entre nosotras. Pablo intentó acercarnos, pero cada vez que intentaba hablar con Lucía sobre lo ocurrido ella cambiaba de tema o salía corriendo de casa.

En Navidad cenamos juntos por primera vez desde entonces. Nadie mencionó el tema del dinero ni las acusaciones. Todo era forzado, como si fuéramos actores representando una familia feliz para una cámara invisible.

Hoy escribo esto desde el pequeño piso donde vivo sola desde hace seis meses. Antonio y yo nos separamos poco después; él nunca supo cómo reparar el daño ni cómo mirar a los ojos a la mujer a la que traicionó con su silencio.

Lucía sigue sin hablarme. A veces veo sus fotos en redes sociales: sonríe junto a sus amigas o posa con su nuevo novio en la playa donde nunca fuimos juntos.

Me pregunto cada noche si algún día podré perdonarles del todo o si podré volver a confiar en alguien como antes. ¿Puede una mentira destruir para siempre el amor de una madre? ¿O es posible reconstruir lo que se rompió aunque queden cicatrices?

Quizá algún día Lucía lea estas palabras y entienda cuánto dolió su desconfianza. Hasta entonces solo puedo preguntarme: ¿qué haríais vosotros si vuestra propia hija os acusara injustamente? ¿Se puede volver a empezar después de perderlo todo?