¿Fui una mala madre al pedirles que se marcharan?
—Mamá, ¿de verdad quieres que nos vayamos? —La voz de Luis temblaba, mezclando incredulidad y rabia, mientras la lluvia golpeaba los cristales con furia.
No podía mirarle a los ojos. Sentía el corazón apretado, como si una mano invisible me estrangulara desde dentro. Marta, sentada en el sofá con los brazos cruzados, no decía nada. Solo me miraba con esa mezcla de reproche y cansancio que había aprendido a reconocer en los últimos meses.
No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera vez que sentía que algo se rompía de verdad. Desde que Luis y Marta llegaron a casa tras perder su piso en Vallecas, la convivencia había sido una batalla diaria: horarios, comidas, el baño siempre ocupado, el televisor a todo volumen, las discusiones por cualquier nimiedad. Yo intentaba mantener la paz, pero mi paciencia se fue desgastando como una cuerda vieja.
Esa noche, la tormenta parecía reflejar el caos de mi interior. Había preparado una tortilla de patatas —la favorita de Luis desde niño— intentando suavizar el ambiente. Pero bastó un comentario de Marta sobre el desorden en la cocina para que todo estallara.
—No puedo más —dije al fin, con la voz rota—. Necesito mi espacio. Necesito respirar.
Luis se levantó de golpe, tirando la silla. —¿Nos estás echando?
No respondí. Solo asentí, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en los ojos. Mi hijo, mi niño, al que había criado sola desde que su padre nos dejó por otra familia en Salamanca. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí?
Marta recogió sus cosas en silencio. Luis no paraba de murmurar: «No puede ser… no puede ser…». Cuando salieron por la puerta, sentí un alivio inmediato y una punzada de culpa tan profunda que casi me dobló el cuerpo.
Esa noche no dormí. El eco de sus pasos bajando las escaleras seguía retumbando en mi cabeza. Me preguntaba si había sido una mala madre, si había fallado en lo esencial: proteger y cuidar a mi hijo incluso cuando ya era adulto.
Los días siguientes fueron un infierno de soledad y remordimiento. El silencio en casa era ensordecedor. Me sorprendía hablando sola mientras preparaba café o doblaba la ropa. Llamé a mi hermana Carmen en Sevilla:
—¿He hecho mal? —le pregunté entre sollozos.
—No eres una mala madre, Lucía —me dijo—. Pero tampoco eres una santa. Tienes derecho a vivir en paz.
Pero las palabras de Carmen no lograban calmarme. En el supermercado, evitaba a las vecinas por miedo a sus preguntas. En el portal, la portera me miraba con lástima.
Una tarde, recibí un mensaje de Luis: «Estamos bien. No te preocupes». No pude evitar llorar al leerlo. Quise llamarle, pedirle perdón, decirle que podía volver cuando quisiera. Pero algo dentro de mí me detuvo.
Recordé todas las veces que había dejado mis necesidades para después: cuando Luis era pequeño y yo trabajaba doble turno limpiando casas para pagarle los libros; cuando renuncié a salir con amigas porque él tenía fiebre; cuando acepté que su novia se quedara a vivir con nosotros porque no tenían a dónde ir.
Pero ahora era diferente. Mi cuerpo me lo gritaba: dolores de cabeza constantes, insomnio, ansiedad. El médico me había advertido: «Lucía, si no te cuidas tú, nadie lo hará».
Una mañana, mientras regaba las plantas del balcón y veía cómo el sol iluminaba los tejados de Madrid, sentí una paz extraña. Por primera vez en meses respiré hondo sin sentirme culpable.
Sin embargo, la culpa nunca desaparece del todo. En Navidad, Luis y Marta vinieron a visitarme. El ambiente era tenso pero cordial. Marta trajo un roscón y Luis me abrazó con torpeza.
—Mamá —me dijo al despedirse—, entiendo por qué lo hiciste. Pero me dolió mucho.
Le miré a los ojos y sentí que volvía a ser aquel niño asustado que buscaba refugio en mis brazos tras una pesadilla.
—A mí también me dolió —le respondí—. Pero necesitaba salvarme.
Ahora, meses después, sigo preguntándome si hice lo correcto. ¿Fui egoísta? ¿O simplemente humana? ¿Cuántas madres han sentido este mismo desgarro entre el deber y el derecho a vivir su propia vida?
A veces me despierto en mitad de la noche y escucho el eco de aquella tormenta. Me pregunto si algún día podré perdonarme del todo.
¿De verdad es egoísmo elegirnos a nosotras mismas después de toda una vida dando? ¿O es simplemente supervivencia? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?