He Invitado a la Exmujer de Mi Hijo a Vivir Conmigo: ¿He Perdido a Mi Propio Hijo?

—¿Por qué lo has hecho, mamá? —La voz de Luis retumbó en el pasillo, tan fría y distante que sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Me quedé quieta, con las manos húmedas sobre el mantel de cuadros, mientras Lucía y los niños jugaban en el salón. No supe qué responder. ¿Cómo explicarle a mi hijo que, después de todo lo que habíamos pasado juntos, sentía que no podía dejar sola a Lucía? ¿Que ver a mis nietos cada día era la única alegría que me quedaba?

Luis y yo siempre fuimos un equipo. Cuando su padre nos dejó —una mañana de enero, sin una nota, sin mirar atrás—, yo juré que nunca le faltaría nada. Trabajé de cajera en el supermercado del barrio, cosí ropa para las vecinas por las noches y aprendí a reparar enchufes y grifos. Luis era mi razón de ser. Lo veía crecer y me sentía orgullosa de cada paso que daba, aunque a veces la soledad me pesara como una losa.

Cuando conoció a Lucía, pensé que por fin tendría una familia completa. Ella era dulce, educada, y los niños llegaron pronto: primero Claudia, luego Mateo. Pero la vida no es como en las películas. Las discusiones empezaron, los silencios se hicieron largos y, al final, el divorcio fue inevitable. Yo vi cómo Luis se apagaba poco a poco, cómo Lucía lloraba en silencio en el coche cuando venía a dejar a los niños.

Una tarde, Lucía llegó con los ojos hinchados y una maleta rota. «Me han subido el alquiler. No sé dónde ir», susurró. Sin pensarlo, le ofrecí mi casa. «Aquí siempre tendrás un sitio», le dije. Pensé en mis nietos, en lo duro que sería para ellos cambiar de colegio, perder amigos. Pensé en mí misma, en el vacío de la casa cuando se iban.

Al principio todo fue bien. Los niños llenaban la casa de risas y Lucía me ayudaba con las tareas. Pero pronto llegaron los comentarios en el barrio: «¿No es raro que vivan juntas?», «¿Y tu hijo qué opina?». Yo fingía no escuchar, pero cada palabra era una piedra más en mi pecho.

Luis empezó a venir menos. Al principio ponía excusas: el trabajo, el tráfico, un resfriado. Luego dejó de llamar. Cuando por fin apareció aquella tarde, fue solo para decirme que no entendía nada.

—¿Por qué eliges a Lucía antes que a mí? —me preguntó con los ojos llenos de reproche.

—No es eso, hijo. Solo quiero ayudarla… y estar cerca de los niños.

—Pero yo soy tu hijo —replicó—. Siento que ya no tengo sitio aquí.

Me quedé muda. ¿Cómo explicarle que mi amor por él era tan grande que se extendía también a quienes él había amado? ¿Que ayudar a Lucía era mi forma de proteger lo poco que quedaba de nuestra familia?

Las semanas pasaron y Luis se volvió un extraño. Venía a recoger a los niños sin subir del coche. A veces ni siquiera saludaba. Yo le escribía mensajes: «¿Quieres venir a cenar?», «He hecho tu plato favorito». Nunca respondía.

Una noche, mientras preparaba la cena con Lucía, ella me miró con tristeza.

—Carmen, quizás debería irme. No quiero ser la causa de esto.

—No eres tú —le aseguré—. Es la vida, que nos pone pruebas imposibles.

Pero en el fondo dudaba. ¿Había cruzado una línea? ¿Había perdido a mi hijo por intentar hacer lo correcto?

Un domingo cualquiera, mientras los niños jugaban en el parque, vi a Luis desde lejos. Estaba solo, sentado en un banco, mirando al suelo. Me acerqué despacio y me senté a su lado.

—¿Te acuerdas cuando veníamos aquí los dos? —le dije—. Jugabas hasta que se hacía de noche y yo te llevaba en brazos porque te quedabas dormido.

Luis no respondió al principio. Luego suspiró.

—Siento que ya no te importo —dijo—. Que has elegido otra familia.

Me temblaron las manos. Le cogí el brazo.

—Tú eres mi hijo. Siempre lo serás. Pero también soy abuela… y Lucía está sola como lo estuve yo. No podía dejarla tirada.

Luis me miró por fin, con lágrimas contenidas.

—¿Y yo? ¿Quién me cuida a mí?

No supe qué decirle. Solo pude abrazarle fuerte, como cuando era pequeño y tenía miedo de las tormentas.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que había hecho mal y en todo lo que había intentado hacer bien. ¿Se puede querer demasiado? ¿Se puede perder a un hijo por intentar salvar lo poco que queda de una familia rota?

Hoy la casa sigue llena de risas infantiles y silencios incómodos. Luis viene de vez en cuando, pero ya no es lo mismo. A veces me pregunto si algún día me perdonará o si he perdido para siempre al niño al que crié sola contra el mundo.

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais por proteger a vuestra familia? ¿He sido egoísta… o simplemente madre?