La casa prometida: secretos y traiciones en la familia García

—¿Por qué no me lo dijiste antes, mamá? —mi voz temblaba, y sentía cómo el vestido blanco me apretaba el pecho, como si quisiera asfixiarme.

Mi madre, Carmen, no levantó la vista. Seguía sentada en la mesa del salón, con las manos entrelazadas y los ojos fijos en el mantel de cuadros azules. Afuera, la luz de la tarde se colaba por las persianas, iluminando los restos de la fiesta: copas vacías, pétalos marchitos, risas que ya no estaban.

—No quería arruinarte el día, Lucía —susurró—. Ya bastante tenías con los nervios de la boda.

Me reí, pero fue una risa amarga. ¿Arruinarme el día? ¿Y qué era esto entonces? ¿Un regalo envenenado? Habíamos pasado meses hablando de la casa. Mi madre insistía: «Cuando te cases con Álvaro, la casa será vuestra. Es lo justo. Tu hermano ya tiene su piso en Madrid». Yo me lo creí. Álvaro y yo hicimos planes: pintaríamos las paredes del salón, pondríamos una cuna en mi antiguo cuarto, invitaríamos a sus padres de León a pasar los veranos.

Pero ahora, después del arroz y las fotos, después de los abrazos y los brindis, mi madre soltaba la bomba: se iba a divorciar de mi padre. Y la casa… bueno, la casa ya no era tan nuestra.

—¿Y papá? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

—No lo sabe aún —admitió ella—. Pero lo haré esta noche. No puedo seguir viviendo así.

Me senté frente a ella. El silencio era tan denso que podía oír el tic-tac del reloj de pared. Recordé todas las veces que mi madre me había dicho que el matrimonio era cuestión de paciencia y sacrificio. ¿Y ahora esto?

—¿Y la casa? —insistí—. Mamá, nos prometiste…

Ella levantó la cabeza y por fin me miró a los ojos. Tenía lágrimas contenidas y una determinación que nunca le había visto.

—La casa está a nombre de los dos —dijo—. Si nos divorciamos, habrá que venderla o repartirla. No puedo prometerte nada ahora.

Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. Todo lo que había dado por hecho se desmoronaba. Pensé en Álvaro, en cómo le contaría esto. Pensé en mi hermano Marcos, que seguro diría que siempre fui la consentida y que ya era hora de que aprendiera a luchar por lo mío.

Esa noche dormí mal. Álvaro intentó tranquilizarme:

—No pasa nada, Lucía. Ya buscaremos otra solución. Lo importante es que estamos juntos.

Pero yo no podía dejar de pensar en la traición. No solo por la casa, sino por todos los secretos guardados durante años. ¿Cuánto tiempo llevaba mi madre planeando esto? ¿Había esperado a que yo me casara para no «arruinarme» la boda? ¿O simplemente no tuvo valor antes?

Los días siguientes fueron un torbellino. Mi padre, Antonio, se enteró del divorcio y reaccionó como un toro herido:

—¡Después de treinta años juntos! ¿Y ahora me dices que te vas? ¿Y qué pasa con la casa? ¡Esa casa es mía tanto como tuya!

Las discusiones llenaron el piso de gritos y portazos. Mi hermano vino desde Madrid para «poner orden», pero solo consiguió empeorar las cosas:

—Mamá siempre te ha protegido, Lucía —me espetó una tarde—. Ahora te toca madurar y dejar de esperar regalos caídos del cielo.

Me dolió más de lo que quise admitir. Empecé a preguntarme si realmente había sido una hija consentida, si había vivido en una burbuja mientras mis padres se distanciaban poco a poco sin que yo lo viera.

Mientras tanto, Álvaro y yo buscábamos pisos de alquiler por el barrio. Todo era más caro de lo que podíamos permitirnos con nuestros sueldos de profesores interinos. Cada vez que veía una casa con jardín o una terraza soleada pensaba en lo que habíamos perdido.

Una tarde, mientras recogía mis cosas del cuarto de infancia —ese cuarto donde tantas veces soñé con formar mi propia familia— encontré una caja llena de cartas antiguas entre mis padres. Cartas de amor al principio; luego cartas llenas de reproches y silencios. Comprendí entonces que su matrimonio llevaba roto mucho antes de mi boda.

Me senté en el suelo y lloré como no lloraba desde niña. No solo por la casa perdida, sino por la familia que creía tener y que nunca existió realmente.

Unos meses después, mis padres firmaron el divorcio y pusieron la casa en venta. Mi hermano volvió a Madrid sin mirar atrás; mi madre se mudó a un piso pequeño cerca del mar; mi padre se refugió en el bar del barrio y en sus partidas de dominó.

Álvaro y yo encontramos un piso modesto pero luminoso en las afueras. No era lo que soñamos, pero era nuestro comienzo.

A veces paso por delante de la vieja casa García y me pregunto si alguna vez fue realmente un hogar o solo un escenario donde fingimos ser una familia feliz.

¿De verdad es posible empezar de cero cuando todo lo que creías seguro se desmorona? ¿O solo aprendemos a vivir entre las ruinas de nuestras propias ilusiones?