La decisión de Lucía: Entre el amor y la libertad
—¡No quiero casarme, mamá! ¡No quiero ser como tú!—. El grito de Marta retumbó en el pasillo, tan afilado como el portazo que le siguió. Me quedé inmóvil, con las manos temblando sobre la mesa del comedor, rodeada de las tazas de café frío y los papeles del banco que no había terminado de revisar. Mi marido, Antonio, me miró desde el sofá, pero no dijo nada. En casa, los silencios siempre han sido más largos que las palabras.
Marta tiene veintidós años. Es joven, sí, pero en mi pueblo, en la sierra de Madrid, a esa edad ya se espera que una chica tenga claro su futuro: un trabajo estable, un novio formal y, si puede ser, planes de boda. Así fue conmigo. Así fue con mi madre, Carmen, que aún vive dos calles más abajo y no deja pasar una semana sin recordarme lo bien que hice casándome con Antonio y trayendo al mundo a mis dos hijos.
Pero Marta no es como yo. Desde pequeña fue distinta: rebelde, curiosa, llena de preguntas incómodas y sueños imposibles. Cuando tenía diez años me dijo que quería ser fotógrafa y recorrer el mundo. Yo le sonreí entonces, pensando que era una fantasía infantil. Pero los años pasaron y sus sueños no cambiaron. Al contrario: se hicieron más grandes.
La discusión empezó por una tontería. Yo solo le pregunté si había pensado en formalizar su relación con Sergio, su novio desde hace tres años. «No es tan difícil», le dije. «Podríais ahorrar para un piso, buscar algo fijo…». Pero Marta me miró como si le estuviera pidiendo que renunciara a su vida. «¿Por qué tengo que hacer lo mismo que tú? ¿Por qué tengo que correr? ¿Por qué todos piensan que tener hijos es lo único importante?».
Me dolió. No por lo que dijo, sino porque en el fondo sabía que tenía razón. Yo tampoco elegí mi camino; simplemente seguí el que otros habían trazado para mí. Mi madre me empujó a casarme joven porque «así se hace aquí». Cuando quedé embarazada de Marta a los veintitrés, sentí miedo y alegría a partes iguales. Pero nunca me pregunté si era lo que realmente quería.
Esa noche, después de la pelea, salí al balcón y encendí un cigarrillo —aunque prometí dejarlo—. Miré las luces del pueblo y pensé en todas las mujeres que conocía: mis amigas del colegio, mis primas, las vecinas del mercado. Todas habían seguido el mismo guion: boda, hijos, trabajo o casa… Y todas parecían resignadas a una felicidad tranquila y predecible.
Al día siguiente, mi madre vino a casa sin avisar. Se sentó en la cocina y empezó a hablar de la boda de la hija de la vecina: «Con lo bien que lo han hecho, Lucía… Ya podrías convencer a Marta de que siente cabeza». Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. «Mamá, Marta no quiere casarse ahora. Ni tener hijos. Quiere viajar, estudiar…». Mi madre chasqueó la lengua: «Eso son tonterías modernas. Ya se le pasará».
Pero yo sabía que no era así. Esa tarde busqué a Marta en su habitación. Estaba sentada en la cama, mirando fotos en su portátil: paisajes de Marruecos, retratos de mujeres en la India, niños jugando en las calles de Lisboa. Me senté a su lado y le acaricié el pelo como cuando era pequeña.
—¿Tienes miedo de decepcionarme?— le pregunté en voz baja.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Tengo miedo de perderme a mí misma— susurró.
Sentí un nudo en la garganta. Recordé todas las veces que yo misma había callado mis deseos por miedo a decepcionar a los demás. Recordé cómo Antonio y yo apenas hablamos ya de nuestros sueños porque la rutina nos ha devorado poco a poco.
Esa noche no dormí. Escuché a Antonio roncar a mi lado y pensé en todo lo que nunca nos habíamos dicho. ¿Cuántas veces habíamos elegido el silencio por miedo al conflicto? ¿Cuántas veces había dejado pasar los días esperando que todo se arreglara solo?
La semana siguiente fue un torbellino: mi madre insistiendo con sus consejos, Antonio evitando el tema y Marta cada vez más distante. Un día llegó tarde a casa y discutimos otra vez:
—¿Dónde has estado?— pregunté con voz dura.
—En Madrid, haciendo fotos para un concurso— respondió sin mirarme.
—¿Y Sergio? ¿No piensas en él?
—¡Mamá! No todo gira en torno a tener pareja o hijos. ¿Por qué no puedes entenderlo?
Me sentí vieja y cansada. Me di cuenta de que estaba repitiendo exactamente lo mismo que mi madre había hecho conmigo.
Un domingo por la mañana, mientras preparaba la comida familiar, Marta bajó con una maleta pequeña.
—Me voy unos días a Barcelona— anunció.
Antonio dejó caer el cuchillo sobre la tabla de cortar.
—¿Y eso?
—He conseguido una beca para un taller de fotografía. Necesito esto— dijo firme.
Mi madre apareció justo entonces por la puerta y montó un escándalo:
—¡Pero niña! ¿Y tu familia? ¿Y tu futuro?
Marta la miró con ternura y tristeza.
—Mi futuro es mío, abuela.
Vi cómo se marchaba sin mirar atrás y sentí una mezcla de orgullo y miedo. Orgullo porque mi hija tenía el valor de buscar su propio camino; miedo porque sabía lo difícil que sería enfrentarse sola al mundo.
Esa noche cenamos en silencio. Antonio me preguntó si estaba bien.
—No lo sé— respondí sinceramente.— Siento que he perdido algo pero también he ganado otra cosa: la esperanza de que Marta sea feliz a su manera.
Ahora escribo esto sentada junto a la ventana, viendo cómo cae la lluvia sobre el pueblo. Pienso en todas las madres y padres que esperan ver cumplidos sus sueños a través de sus hijos sin escuchar realmente lo que ellos desean.
¿De verdad escuchamos a nuestros hijos o solo proyectamos nuestros miedos? ¿Qué haríais vosotros si vuestra hija os pidiera libertad para equivocarse y ser feliz lejos del camino marcado?