La foto en la pared: secretos bajo la lluvia de Madrid
—¿De verdad eres tú, Javier? —La voz de Lucía temblaba tanto como sus manos, empapadas por la tormenta que azotaba Madrid aquella tarde de junio.
No supe qué decir. Cinco años sin vernos y, de repente, el destino nos cruzaba en la parada del 27, justo frente al Retiro. La lluvia caía a cántaros, y ella, con su abrigo viejo y el pelo pegado a la cara, parecía más frágil que nunca. Me acerqué sin pensarlo dos veces.
—Venga, sube al coche. No vas a quedarte aquí calada hasta los huesos —le dije, intentando sonar natural, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago.
Lucía dudó un segundo, pero finalmente aceptó. El silencio entre nosotros era tan denso como las nubes sobre la Castellana. Solo se oía el golpeteo de las gotas contra el parabrisas y el leve crujir de sus dientes.
—¿Cómo has estado? —pregunté al fin, rompiendo el hielo.
—Tirando. Ya sabes… la vida —respondió, mirando por la ventana.
No quise insistir. Aparqué cerca de su portal, en Lavapiés. Dudé si despedirme ahí mismo o acompañarla hasta casa. Pero algo en su mirada me pidió que subiera. Quizá era nostalgia, quizá soledad. O tal vez solo quería sentirme útil por una vez.
Al entrar en su piso, me golpeó el olor a café recalentado y a libros viejos. Todo seguía igual: las plantas medio muertas en el alféizar, los cojines desparejados, la lámpara torcida. Pero había algo nuevo: una foto enmarcada sobre el sofá. Me acerqué, curioso.
Era una imagen nuestra, de aquel verano en Cádiz antes de que todo se fuera al garete. Sonreíamos como si nada pudiera rompernos. Sentí una punzada en el pecho.
—¿Por qué tienes esto aquí? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa.
Lucía se encogió de hombros.
—A veces me gusta recordar que fuimos felices… aunque solo fuera un rato.
Me quedé mirándola. Había tanto dolor en sus ojos que me dieron ganas de abrazarla. Pero no lo hice. En vez de eso, me acerqué a la foto y, sin pensarlo demasiado, la descolgué de la pared.
—¿Qué haces? —exclamó Lucía, alarmada.
—No sé… No puedo verte así. No puedo verme así tampoco. Es como si esa foto nos atara al pasado y no nos dejara avanzar —dije, con la voz quebrada.
Ella se quedó callada un momento. Luego se acercó y me quitó la foto de las manos.
—¿Y si no quiero avanzar? ¿Y si lo único que me queda es ese recuerdo? —susurró.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. Había sido yo quien pidió el divorcio, quien se marchó sin mirar atrás. Ahora veía las cicatrices que había dejado y no sabía cómo repararlas.
—Lo siento, Lucía… De verdad que lo siento —musité.
Ella negó con la cabeza y se sentó en el sofá, abrazando la foto contra el pecho como si fuera un salvavidas.
—No hace falta que te disculpes. Cada uno sigue como puede —dijo con amargura.
El reloj del salón marcaba las siete y media. Afuera seguía lloviendo a mares. Me senté a su lado sin decir nada más. El silencio era incómodo pero necesario. Por primera vez entendí que hay heridas que nunca cierran del todo.
Antes de irme, dejé la foto sobre la mesa y le di un beso en la frente. Al cerrar la puerta tras de mí, sentí que algo se había roto para siempre… o quizá acababa de empezar a sanar.
Ahora me pregunto: ¿De verdad podemos dejar atrás el pasado o siempre llevamos una parte colgada en la pared del alma? ¿Vosotros qué haríais?