La mentira de papá: entre el orgullo y la necesidad
—¿Qué has cenado hoy, papá? —La voz de Pablo sonaba animada al otro lado del teléfono, como si la distancia entre Madrid y mi pequeño piso en Valladolid no existiera.
Mentí. No sé por qué lo hice, pero mentí. —Solomillo con patatas y un poco de fruta. Ya sabes, intento cuidarme.
En realidad, llevaba tres semanas cenando gachas de avena baratas, las que venden en el supermercado de la esquina por menos de un euro el paquete. Mi pensión, tras pagar el alquiler y los medicamentos, apenas me dejaba para algo más. Pero ¿cómo iba a decirle a mi hijo que su padre, el que siempre le enseñó a ser fuerte y a no quejarse, ahora apenas podía permitirse un trozo de carne?
Colgué el teléfono y me quedé mirando la taza vacía. El silencio del piso era tan denso que casi podía cortarlo con un cuchillo. Recordé cuando la casa estaba llena de voces: la de Carmen, mi mujer, riendo mientras preparaba la cena; la de mis hijos corriendo por el pasillo. Ahora solo quedaba el eco de esos días.
A la mañana siguiente, bajé al banco a sacar los últimos veinte euros que me quedaban. La cajera, una chica joven llamada Lucía, me sonrió con lástima. —¿Todo bien, don Manuel?
Asentí, forzando una sonrisa. —Sí, hija, todo bien. Ya sabes, la vida del jubilado.
Pero no estaba bien. Cada vez que abría la nevera y veía solo un cartón de leche y un paquete de avena, sentía una punzada de vergüenza. No quería ser una carga para mis hijos. Pablo tenía su trabajo en Madrid y una hipoteca que apenas podía pagar; Laura, mi hija menor, vivía en Valencia con sus dos niños pequeños y apenas llegaba a fin de mes.
Una tarde, mientras esperaba en la cola del supermercado con mi paquete de avena y una manzana en la mano, escuché a dos mujeres hablar sobre sus vacaciones en la Costa Brava. Sentí una mezcla de envidia y rabia. Yo también trabajé toda mi vida, ¿por qué ahora tenía que elegir entre comer bien o pagar la luz?
Esa noche, mientras removía las gachas en el cazo, recordé una conversación con Carmen poco antes de que muriera:
—Manuel, prométeme que nunca dejarás que el orgullo te impida pedir ayuda si la necesitas.
—No digas tonterías, mujer. Siempre salimos adelante.
Pero ahora no estaba tan seguro.
Unos días después, Pablo me llamó otra vez.
—Papá, ¿te apetece que vayamos a comer fuera este domingo? Te llevo al asador ese que te gusta.
Mi primer impulso fue decir que sí, pero luego pensé en el dinero del autobús para ir al centro y en lo poco que me quedaba hasta final de mes.
—Mejor otro día, hijo. Estoy un poco cansado —mentí de nuevo.
Colgué y sentí cómo se me encogía el corazón. ¿Hasta cuándo iba a seguir fingiendo? ¿Cuánto tiempo más podría mantener esta fachada?
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces y acabé sentado en la cocina, mirando las sombras moverse por las paredes. Pensé en llamar a Pablo y contarle la verdad, pero las palabras se me atragantaban en la garganta.
Al día siguiente recibí una carta del banco: habían subido el alquiler del piso. Me quedé mirando el papel largo rato, incapaz de reaccionar. Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿Qué clase de país es este donde los viejos tenemos que elegir entre comer o tener un techo?
Decidí ir al centro de mayores del barrio. Allí encontré a Antonio, un viejo amigo de la fábrica.
—¿Tú también andas justo? —me preguntó mientras jugábamos una partida de dominó.
—Más que justo —admití por primera vez en voz alta.
Antonio suspiró. —No eres el único. Aquí casi todos estamos igual. Pero hay ayudas, Manuel. No tienes por qué pasar hambre.
Me habló de los servicios sociales y de cómo él había conseguido una pequeña ayuda para pagar la luz. Me dio vergüenza admitir que no sabía ni por dónde empezar.
Esa tarde volví a casa con un folleto arrugado en el bolsillo y una sensación extraña: alivio mezclado con miedo. ¿Sería capaz de pedir ayuda? ¿O seguiría mintiendo a mis hijos para no preocuparles?
Esa noche llamé a Laura.
—¿Papá? ¿Va todo bien?
Me tembló la voz al responder:
—No del todo, hija. Quería hablar contigo…
Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar. Laura lloró al otro lado del teléfono y me prometió que buscaríamos una solución juntos.
Ahora sé que no soy el único viejo orgulloso en España que finge estar bien para no preocupar a los suyos. Pero también sé que el silencio solo agranda los problemas.
A veces me pregunto: ¿Cuántos padres como yo siguen mintiendo cada noche para proteger a sus hijos? ¿Cuándo aprenderemos a pedir ayuda sin sentirnos menos dignos por ello?