La niña de los girasoles: Un verano que cambió mi vida
—¡Detente! —grité, con la voz rota, mientras el sudor me resbalaba por la frente y el cubo de ropa limpia me golpeaba la pierna. La niña seguía andando, como si no me oyera, entre las altas espigas doradas del campo manchego. El sol de agosto caía a plomo, y el aire olía a tierra seca y a promesas incumplidas.
No sé qué me empujó a dejarlo todo y correr tras ella. Quizá fue ese instinto que tenemos las mujeres de pueblo, ese que nos dice cuándo algo no encaja. O tal vez fue la forma en que sus pies descalzos apenas rozaban la tierra, como si flotara entre los girasoles. Cuando por fin la alcancé, jadeando, vi sus ojos grandes y asustados, llenos de un silencio que dolía más que cualquier grito.
—¿Dónde está tu madre? —le pregunté, agachándome para mirarla de frente. Ella solo apretó los labios y bajó la mirada. Tenía el vestido hecho trizas y el pelo lleno de polvo. Me tembló el corazón.
En el pueblo, ya se sabe, las noticias vuelan más rápido que el viento. Cuando llegué a casa con la niña, mi madre soltó el cucharón y se persignó. —¡Ay, Lucía! ¿Qué has hecho ahora? —me reprochó, pero en sus ojos vi la misma preocupación que sentía yo.
Durante días nadie vino a buscarla. Nadie preguntó por una niña perdida. Le pusimos el nombre de Alba, porque apareció al amanecer de mi nueva vida. Al principio, Alba apenas hablaba. Se asustaba con los truenos y se escondía debajo de la mesa cuando alguien llamaba a la puerta. Pero poco a poco fue confiando en mí. Aprendió a decir «mamá» con ese acento dulce que tienen los niños cuando aún no saben bien cómo suena el mundo.
Los vecinos murmuraban en la plaza. —Esa niña no es de aquí —decían las viejas sentadas al sol—. Vete tú a saber de dónde ha salido. Pero yo no les hacía caso. En mi casa nunca faltó un plato de lentejas ni una caricia para quien la necesitara.
Pasaron los años y Alba creció fuerte y lista. Le encantaba correr entre los olivos y ayudarme a hacer pan los domingos. A veces, cuando creía que no la veía, se quedaba mirando el horizonte, como si esperara que alguien viniera a buscarla. Yo le acariciaba el pelo y le decía: —Aquí estás segura, hija mía.
Pero el pasado siempre vuelve, aunque una lo entierre bajo capas de rutina y amor. Una tarde de tormenta, llamaron a la puerta. Era una mujer joven, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Traía consigo una carta arrugada y una foto antigua: Alba, con un año menos y la misma mirada triste.
La verdad cayó sobre mí como un jarro de agua fría: Alba tenía una familia que la buscaba desde hacía años. La mujer era su hermana mayor, venida desde Valencia tras seguir una pista hasta nuestro pueblo perdido en La Mancha.
Esa noche no pude dormir. Me debatía entre el egoísmo de querer retenerla y el deber de dejarla marchar con su sangre. Alba lloró en mis brazos y me suplicó que no la dejara ir. —Tú eres mi mamá —me decía—. Aquí está mi casa.
Al final, fue ella quien decidió quedarse conmigo. Su hermana entendió que Alba había encontrado su hogar entre nuestros muros encalados y nuestros silencios compartidos. El pueblo, poco a poco, dejó de murmurar y empezó a saludarla con cariño.
Ahora, cuando paseo con Alba por los campos de girasoles, me pregunto si hice bien en acogerla aquel día o si le robé algo que nunca podré devolverle: su pasado. Pero luego veo su sonrisa y pienso: ¿No es acaso el amor lo único que nos hace verdaderamente familia? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?