Maletas en la puerta: El precio de elegir mi libertad
—¿De verdad vas a hacer esto, Milagros? —la voz de mi hija Lucía retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada.
Me quedé quieta, con las manos temblorosas sobre la maleta azul que había comprado para las vacaciones en Benidorm, esa que nunca usamos porque a Julián siempre le daba pereza salir del pueblo. La llené con sus camisas, sus libros de caza, hasta el cenicero de cristal que le regaló su hermano. Todo lo que era suyo, fuera de mi vida. No era rabia lo que sentía, sino una mezcla extraña de alivio y miedo.
—No puedo más, Lucía. No quiero seguir siendo invisible en mi propia casa —le respondí, intentando que no se me quebrara la voz.
Mi hijo menor, Sergio, apareció detrás de su hermana. Tenía esa expresión de niño perdido que no le veía desde que suspendió matemáticas en el instituto.
—Mamá, ¿y si te arrepientes? Papá no es tan malo…
Me dolió escucharlo. ¿No es tan malo? ¿Acaso alguien se da cuenta de lo que significa vivir treinta y siete años con un hombre que nunca pregunta cómo estás? Que decide por ti hasta el color de las cortinas, que se burla de tus amigas y te llama «histérica» cuando lloras por las noches.
Pero en nuestro pueblo nadie habla de esas cosas. Aquí los matrimonios duran «para toda la vida», aunque esa vida te pese como una losa. Yo fui la primera en romper el silencio.
Esa noche, Julián llegó oliendo a vino y a campo. Cuando vio la maleta junto a la puerta, se quedó parado, como si no entendiera lo que veía.
—¿Qué broma es esta?
—No es ninguna broma. Quiero que te vayas —le dije, mirándole a los ojos por primera vez en años sin bajar la cabeza.
Se rió. Un sonido hueco, sin alegría.
—¿Y a dónde quieres que vaya? Esta es mi casa tanto como la tuya.
—No. Esta casa es mía. La heredé de mis padres. Tú solo has vivido aquí porque yo lo permití.
No recuerdo cómo terminó esa conversación. Solo sé que al día siguiente ya no estaba. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Pensé que sentiría paz. Pero lo que vino fue otra cosa: llamadas de mi hermana Carmen desde Toledo, reproches de mi cuñada Rosa en la panadería, miradas torcidas en la plaza del pueblo. Hasta el cura me dedicó una homilía sobre «el valor del perdón y la familia».
Mis hijos dejaron de venir a comer los domingos. Lucía me mandaba mensajes secos: «¿Necesitas algo?» Sergio ni eso. Mi nieta Paula me preguntó por qué el abuelo ya no estaba y si yo era mala por echarlo.
Me convertí en la mala de la película. La loca, la egoísta, la ingrata. Nadie preguntó cómo me sentía yo.
Las noches eran lo peor. Me sentaba en la cocina con una taza de tila y repasaba cada momento: las discusiones por tonterías, las veces que Julián me gritó delante de los niños, los cumpleaños olvidados… ¿Había sido tan terrible querer algo diferente? ¿Tener un poco de paz?
Un día fui al supermercado y escuché a dos vecinas cuchicheando:
—Dicen que Milagros ha perdido la cabeza…
—Ya ves, a su edad y haciendo esas cosas…
Me ardieron las mejillas. Salí sin comprar nada.
Pero también hubo pequeños gestos inesperados. La señora Pilar, viuda desde hace años, me dejó una nota en el buzón: «Te entiendo más de lo que imaginas». Y don Antonio, el farmacéutico, me saludó con una sonrisa cómplice: «A veces hay que ser valiente para empezar de nuevo».
Empecé a caminar por las tardes por los caminos del campo. Respiraba hondo y sentía cómo el aire fresco me limpiaba por dentro. Poco a poco fui recuperando cosas olvidadas: leer novelas en voz alta, pintar acuarelas en el patio, escuchar música sin miedo a molestar a nadie.
Pero el vacío seguía ahí. Mis hijos seguían distantes. Una tarde llamé a Lucía:
—Hija, ¿puedes venir a verme?
Tardó en contestar.
—Estoy ocupada… Quizá el fin de semana.
Colgué y lloré como una niña pequeña.
Pasaron meses así. Un día Sergio apareció sin avisar. Se sentó frente a mí en la cocina y me miró largo rato.
—Mamá… ¿De verdad eras tan infeliz?
No supe qué decirle. Solo le cogí la mano y lloramos juntos.
Ahora han pasado dos años desde aquella noche. Julián vive con su hermano en Ciudad Real. Mis hijos han vuelto poco a poco; ya no hay reproches abiertos, pero tampoco hay abrazos cálidos como antes. Sigo siendo un tema incómodo en las comidas familiares.
A veces me pregunto si valió la pena todo esto. Si tenía derecho a romper el guion que otros habían escrito para mí.
¿De verdad es tan grave elegir ser feliz? ¿Cuántas mujeres más callan sus sueños por miedo al qué dirán?