Maletas en la puerta: El precio de mi libertad

—¿De verdad vas a hacerlo, Carmen? —me pregunté en voz baja, mientras doblaba la última camisa de Tomás y la metía en la maleta azul que compramos en El Corte Inglés hace más de veinte años.

El reloj marcaba las dos de la madrugada y el silencio en casa era tan denso que podía escuchar el latido de mi propio corazón. Tomás dormía en el sofá, como cada noche desde hacía meses. Yo, de pie en el pasillo, sentía cómo el sudor frío me recorría la espalda. No era miedo, era vértigo. Vértigo ante la decisión que estaba a punto de tomar después de cuarenta años de matrimonio, tres hijos y una vida entera dedicada a los demás.

—¿Qué haces, mamá? —La voz de Lucía, mi hija menor, me sobresaltó. Apareció en el umbral con los ojos hinchados de sueño y el pelo revuelto.

—Nada, cariño. Vuelve a la cama —le susurré, intentando que no viera las lágrimas que ya me resbalaban por las mejillas.

Pero Lucía no se movió. Miró las maletas y luego a mí, y supe que lo había entendido todo. Me abrazó fuerte, sin decir nada más. Sentí su temblor y su miedo, pero también una chispa de comprensión. Quizá ella era la única que podía entenderme.

A las siete de la mañana, cuando Tomás se despertó y vio las maletas junto a la puerta, supe que ya no había vuelta atrás. Se quedó quieto, mirándome con una mezcla de incredulidad y rabia.

—¿Qué es esto? —preguntó con voz ronca.

—Te vas —le respondí con un hilo de voz. Me sorprendió lo firme que soné.

—¿Estás loca? ¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? —gritó, golpeando la mesa del recibidor.

No contesté. No podía. Llevaba años callando, tragando palabras y sueños rotos. Años soportando sus desplantes, su indiferencia, sus silencios eternos. Años siendo invisible en mi propia casa.

Tomás recogió sus cosas entre insultos y reproches. Los vecinos miraban desde las ventanas mientras él bajaba las escaleras arrastrando las maletas. Sentí una punzada de vergüenza, pero también una extraña sensación de alivio.

La noticia corrió como la pólvora por el barrio. Mi hermana Pilar fue la primera en llamarme:

—¿Pero qué has hecho, Carmen? ¡Vas a destrozar a la familia! ¿No podías aguantar un poco más? —me recriminó.

—No podía más, Pilar. No soy feliz —le respondí, pero ella ya no escuchaba.

Mis hijos mayores, Javier y Marta, vinieron esa misma tarde. Javier entró furioso:

—¿Cómo puedes hacerle esto a papá? ¿Y a nosotros? ¿No piensas en nadie más que en ti?

Marta no dijo nada. Se sentó a mi lado y me cogió la mano. Sus ojos estaban llenos de preguntas sin respuesta.

Durante semanas fui el tema de conversación en todas las comidas familiares. Mi madre me llamó egoísta y desagradecida. Mis amigas del club de lectura dejaron de invitarme a las reuniones. En el supermercado sentía las miradas clavadas en la espalda y los susurros a mi paso: «Ahí va Carmen, la que echó a su marido».

Me convertí en la villana de mi propia historia. La mala madre, la esposa ingrata, la mujer que rompió una familia ejemplar. Nadie preguntó por qué lo hice. Nadie quiso saber cuántas noches lloré en silencio o cuántas veces soñé con escapar.

Recuerdo una tarde especialmente dura. Llovía a cántaros y yo estaba sola en casa. Me senté frente al ventanal del salón y miré cómo el agua golpeaba los cristales. Pensé en todas las veces que había renunciado a mis sueños por los demás: cuando dejé la universidad para casarme con Tomás; cuando rechacé aquel trabajo porque él no quería mudarse; cuando soporté sus gritos para que los niños no se asustaran.

Esa tarde entendí que nadie iba a venir a salvarme. Que si quería ser libre tenía que pagar el precio: la soledad, el rechazo, la incomprensión.

Poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Empecé a ir al cine sola, a pasear por el Retiro los domingos por la mañana, a leer novelas enteras sin sentirme culpable. Lucía venía a verme cada semana y juntas cocinábamos tortilla de patatas y reíamos como antes.

Pero el dolor seguía ahí. Cada vez que veía una foto familiar o escuchaba la voz de Javier al otro lado del teléfono, sentía una punzada en el pecho. ¿Había hecho lo correcto? ¿Merecía yo ser feliz aunque eso significara romper con todo?

Un día recibí una carta de Tomás. No era una carta de amor ni de odio; era una carta llena de reproches y preguntas sin respuesta:

«Nunca entenderé por qué me hiciste esto. Dices que no eras feliz, pero ¿acaso alguien lo es? La vida es sacrificio, Carmen. Ahora todos te miran como si fueras una extraña. Espero que valga la pena».

Leí esas palabras una y otra vez hasta que las lágrimas borraron la tinta. Quizá tenía razón: ahora era una extraña para todos, incluso para mí misma.

Hoy han pasado dos años desde aquella noche en que hice las maletas. Sigo siendo el tema favorito de las malas lenguas del barrio, pero ya no me importa tanto. He aprendido a vivir con mi decisión y con sus consecuencias.

A veces me pregunto si algún día mis hijos entenderán por qué lo hice. Si alguna vez dejarán de juzgarme y podrán ver a la mujer detrás de la madre y la esposa.

Y ahora os pregunto: ¿cuántas veces habéis callado vuestros sueños por miedo al qué dirán? ¿Merece una mujer ser libre aunque eso signifique convertirse en el villano de su propia familia?