Me dejó sola cuando más lo necesitaba: la historia de una traición silenciosa
—¿Por qué no está aquí? —me pregunté en voz baja, mientras la llave giraba con una suavidad extraña en la cerradura. El eco del hospital todavía retumbaba en mi cabeza: el pitido de las máquinas, el olor a desinfectante, las miradas cansadas de las enfermeras. Había pasado tres días ingresada tras el accidente, y lo único que deseaba era volver a casa, a mi refugio, a los brazos de Daniel. Pero al abrir la puerta, el aire era distinto. Ligero. Vacío.
No había zapatos junto a la entrada. Ni su chaqueta colgada en el perchero. Ni el aroma de su colonia flotando en el pasillo. El salón estaba impoluto, demasiado ordenado, como si nadie hubiera vivido allí en semanas. Sobre la mesa, una nota doblada con prisa. Temblando, la abrí:
«Lo siento, Lucía. No podía más. Necesito tiempo para pensar. Cuídate.»
Las palabras se deshicieron entre mis dedos como ceniza. Me senté en el sofá, incapaz de llorar siquiera. ¿Cómo podía haberme dejado sola justo ahora? ¿Después de todo lo que habíamos pasado juntos? Recordé la última vez que hablamos antes del accidente:
—Daniel, ¿puedes venir a recogerme al trabajo? Estoy agotada.
—Siempre estás cansada, Lucía —respondió él, sin mirarme—. No sé si esto tiene sentido ya.
Pensé que era una discusión más, una de tantas desde que perdí el empleo en la editorial y empecé a trabajar de cajera en el supermercado del barrio. Él también estaba irritable: su empresa había hecho un ERE y temía por su puesto. Pero nunca imaginé que se iría así, sin despedirse, sin una explicación.
Me levanté y recorrí la casa como una autómata. En el dormitorio faltaba su maleta grande y parte de su ropa. En el baño, ni rastro de su cepillo de dientes ni su espuma de afeitar. El silencio era tan denso que dolía. Saqué el móvil y llamé a mi madre.
—¿Lucía? ¿Ya has salido del hospital? —su voz sonaba preocupada.
—Sí… Mamá, Daniel se ha ido. No está aquí.
—¿Cómo que se ha ido? ¿Te ha dejado sola después de lo del accidente?
No pude responderle. Las lágrimas por fin brotaron y me ahogaron la voz. Mi madre llegó una hora después con una bolsa de comida y un abrazo apretado.
—No te mereces esto, hija —susurró—. Pero tienes que ser fuerte.
Esa noche no dormí. Repasé cada momento de los últimos meses: las discusiones por dinero, su mirada ausente durante la cena, las veces que le pillé escribiendo mensajes a alguien y decía que era “del trabajo”. ¿Había otra mujer? ¿O simplemente se cansó de mí?
Al día siguiente fui al centro de salud para curarme los puntos del brazo. La enfermera me miró con compasión.
—¿No tienes a nadie que te acompañe?
—No —respondí, bajando la mirada—. Estoy sola.
Volví a casa y encontré un mensaje de mi hermana Marta:
«He hablado con Daniel. Dice que necesita espacio. Que no sabe si quiere volver.»
Sentí rabia. ¿Por qué todos hablaban con él menos yo? ¿Por qué nadie me preguntaba cómo me sentía yo? Llamé a Marta entre sollozos.
—¿Tú sabías algo?
—No, te lo juro… Pero últimamente estaba raro contigo. Decía que no soportaba verte tan triste.
—¿Y crees que esto ayuda? —grité—. ¡Me ha dejado sola después de un accidente!
Colgué y lancé el móvil contra la cama. Me sentía invisible, como si mi dolor no importara a nadie.
Pasaron los días y la soledad se hizo costumbre. Iba al supermercado con la cabeza gacha para evitar las miradas curiosas de los vecinos. En el portal, doña Carmen me paró:
—¿Qué tal estás, Lucía? Hace días que no veo a Daniel…
—Se ha ido —dije sin más.
Ella suspiró y me acarició el brazo.
—Los hombres a veces no saben estar a la altura cuando más los necesitamos.
En casa, todo me recordaba a él: la taza rota que nunca quiso tirar, la bufanda olvidada en el cajón, las fotos de nuestras vacaciones en Cádiz pegadas en la nevera. Una noche, incapaz de soportar más recuerdos, metí todo lo suyo en una caja y la guardé en el trastero.
Mi madre insistía en que fuera a terapia.
—No puedes cargar con esto sola, Lucía.
Pero yo solo quería entender: ¿en qué momento se rompió todo? ¿Fue culpa mía por estar triste? ¿Por no ser la mujer alegre y fuerte que él conoció?
Un domingo por la tarde sonó el timbre. Era Daniel. Tenía ojeras profundas y la barba descuidada.
—¿Puedo pasar?
Le dejé entrar en silencio. Se sentó en el sofá y bajó la cabeza.
—Lo siento mucho… No supe cómo afrontarlo todo: tu accidente, mi trabajo… Me sentí ahogado.
—¿Y creíste que dejarme sola era la solución?
—No… Pero necesitaba huir. No podía con tu tristeza ni con la mía.
Le miré largo rato. Ya no sentía rabia, solo un cansancio inmenso.
—¿Vas a volver?
—No lo sé —susurró—. Creo que necesitamos tiempo los dos.
Se marchó igual que vino: sin promesas ni certezas. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, sintiendo por primera vez un atisbo de alivio entre tanto dolor.
Hoy han pasado dos meses desde aquel día. Sigo sola, pero ya no tengo miedo al silencio. He vuelto a escribir en mi diario y he retomado contacto con viejas amigas. A veces pienso en Daniel y me pregunto si algún día entenderá lo que hizo.
¿De verdad es tan fácil marcharse cuando alguien te necesita? ¿O simplemente es más fácil mirar hacia otro lado cuando el dolor pesa demasiado?