Mi hijo quiere casarse con la vecina y yo no puedo aceptarlo: el dilema de una madre española

—Mamá, tengo que decirte algo importante —me dijo Pablo, con esa voz temblorosa que sólo usaba cuando sabía que lo que iba a decirme me dolería.

Era una tarde de domingo en nuestro piso de Salamanca. El sol entraba a raudales por la ventana del salón, pero yo sentía un frío extraño en el pecho. Pablo, mi único hijo, mi milagro tardío, se sentó frente a mí con las manos entrelazadas. Tenía 24 años, pero en ese momento parecía un niño asustado.

—¿Qué pasa, hijo? —pregunté, intentando sonar tranquila.

—He pedido a Lucía que se case conmigo. Y ha dicho que sí.

El mundo se detuvo. Lucía. La vecina del tercero. La hija de Carmen, la mujer con la que apenas cruzaba un saludo en el portal. Lucía, con su risa escandalosa y su aire despreocupado. Lucía, que nunca me había parecido suficiente para mi Pablo.

—¿Estás seguro? —logré decir, aunque sentía que me faltaba el aire.

—Sí, mamá. La quiero. Y quiero que seas feliz por mí.

No supe qué contestar. Me encerré en el baño y lloré en silencio, como cuando era niña y mi madre me regañaba por cualquier tontería. ¿Por qué no podía alegrarme? ¿Por qué sentía que me estaban arrancando algo?

Ser madre fue mi mayor sueño, pero llegó tarde. Después de años de tratamientos y lágrimas, Pablo llegó como un regalo inesperado cuando ya había perdido la esperanza. Lo crié sola, tras separarme de Antonio, su padre, que nunca supo estar a la altura. Pablo era mi vida entera. Mi razón para levantarme cada mañana.

Durante días fingí normalidad. Pero cada vez que veía a Lucía en el portal, con sus vaqueros rotos y su coleta despeinada, sentía una punzada de rabia. «No es para él», pensaba. «No sabe lo que es sacrificarse por alguien».

Una tarde, Carmen me paró en el supermercado.

—He oído la noticia —dijo, sonriendo—. ¡Nuestros hijos van a casarse! ¿No es maravilloso?

Asentí con una mueca. Carmen siempre me pareció demasiado confiada, demasiado ligera para mi gusto. ¿Cómo podía estar tan tranquila? ¿No veía que nuestros hijos apenas se conocían realmente?

Esa noche discutí con Pablo por primera vez en años.

—No lo entiendes, mamá —me gritó—. Lucía me hace feliz. ¿Por qué no puedes alegrarte por mí?

—Porque no es suficiente —le respondí, sin poder evitar el temblor en mi voz—. Porque tienes toda la vida por delante y te estás precipitando.

—¿O es porque tienes miedo de quedarte sola? —me lanzó como un dardo.

Me quedé muda. Tal vez tenía razón. Tal vez mi miedo no era por él, sino por mí misma.

Los días pasaron entre silencios y miradas esquivas. Pablo empezó a pasar más tiempo en casa de Lucía. Yo me refugiaba en mis rutinas: el café con las vecinas, las clases de pilates, las novelas que ya no lograban distraerme.

Una tarde de lluvia, Carmen vino a buscarme.

—¿Podemos hablar? —preguntó desde el umbral.

Nos sentamos en la cocina, entre tazas de café y galletas blandas.

—Sé que esto es difícil para ti —dijo—. Pero nuestros hijos se quieren. Y nosotros sólo podemos acompañarlos.

—¿Y si se equivocan? —pregunté—. ¿Y si sufren?

—Entonces aprenderán —respondió Carmen con una serenidad que me desarmó—. Como aprendimos nosotras.

Esa noche no dormí. Recordé mis propios errores, mis decisiones precipitadas, el miedo a decepcionar a mis padres. ¿Quién era yo para negarles a Pablo y Lucía la oportunidad de equivocarse?

Al día siguiente, Pablo vino a verme.

—Mamá —dijo suavemente—. No quiero perderte. Pero tampoco quiero renunciar a Lucía.

Lo abracé fuerte, como cuando era pequeño y tenía miedo a la oscuridad.

—No te voy a perder —susurré—. Sólo necesito tiempo para acostumbrarme.

La boda fue sencilla, en el ayuntamiento del barrio. Lloré mucho ese día: de tristeza y de alegría, todo mezclado. Vi a Pablo sonreír como nunca antes y entendí que su felicidad no dependía de mis miedos.

Ahora los domingos son distintos: la mesa más grande, las risas de Lucía llenando la casa, los planes de futuro flotando en el aire. A veces todavía me duele el pecho al pensar que ya no soy el centro del mundo de mi hijo. Pero también siento orgullo al verlo construir su propia vida.

¿Es posible querer tanto a alguien que te duela dejarlo volar? ¿Cuántas veces debemos aprender a soltar para poder amar de verdad?