Mi marido dijo que estaba de viaje, pero el GPS lo delató: lo que hice después cambió mi vida para siempre
—¿Por qué el GPS marca el hospital Gregorio Marañón si Rubén dijo que iba a Toledo? —me pregunté, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía escuchar el tráfico de la Castellana. Era jueves por la tarde y acababa de salir de la oficina, agotada tras cerrar el trimestre. Mi móvil vibró: un mensaje de Rubén. “Todo bien, cariño. La reunión se alarga, te llamo luego.”
Pero yo ya sabía que mentía. No era la primera vez que notaba algo raro: llamadas a deshoras, sonrisas forzadas, ese olor a colonia que no era el suyo. Pero ahora tenía una prueba. El localizador que instalé en su móvil —sí, lo sé, no está bien, pero la desconfianza me había comido viva— mostraba un punto azul fijo en la puerta del hospital materno-infantil.
Me quedé sentada en el coche, mirando la pantalla. ¿Qué hacía allí? ¿Quién le esperaba? ¿Por qué ese hospital? Me temblaban las manos. Pensé en llamarle y gritarle, pero algo dentro de mí se rompió. No quería ser esa mujer histérica que pierde el control. Así que respiré hondo y decidí hacer tres cosas.
La primera: no llamarle. No le daría el poder de inventar otra mentira. La segunda: ir yo misma al hospital. Y la tercera: hablar con mi madre antes de tomar cualquier decisión drástica.
Aparqué cerca del hospital y me mezclé entre las familias y las embarazadas que entraban y salían. Sentí una punzada de celos y rabia al ver a una pareja joven abrazada, riendo nerviosos con una ecografía en la mano. Subí al primer piso y recorrí los pasillos blancos, buscando a Rubén. No sabía qué esperaba encontrar.
De repente, lo vi. Estaba sentado en una sala de espera, solo, mirando el móvil. Parecía nervioso. Me escondí tras una columna y observé cómo se levantaba cuando una mujer morena salió de una consulta. Ella llevaba una carpeta azul y una barriga de al menos seis meses. Rubén se acercó y le puso la mano en la espalda con una ternura que hacía años no me dedicaba a mí.
No podía respirar. Sentí que me ahogaba. Me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Todo encajaba: las ausencias, las excusas, los silencios incómodos en casa. Rubén tenía otra vida. Otra familia en camino.
No sé cuánto tiempo estuve allí, paralizada por el dolor y la rabia. Cuando abrí los ojos, ellos ya no estaban. Salí corriendo del hospital y conduje sin rumbo hasta llegar al piso de mi madre en Chamberí.
—¿Qué te pasa, hija? —preguntó ella al verme llegar con los ojos hinchados.
Me derrumbé en sus brazos y le conté todo entre sollozos. Mi madre me escuchó en silencio, acariciándome el pelo como cuando era niña.
—Marta, tienes que pensar en ti —me dijo—. No puedes vivir con alguien que te miente así. Pero tampoco tomes decisiones en caliente.
Esa noche no dormí. Repasé cada momento de los últimos años: las cenas silenciosas, las vacaciones forzadas, las miradas esquivas de Rubén cuando le preguntaba por su trabajo. ¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento dejé de ser suficiente?
Al día siguiente fui a trabajar como si nada. Nadie sospechó nada; los números son fríos y no preguntan por tus penas. Pero yo sentía un vacío enorme dentro de mí.
Esa tarde esperé a Rubén en casa. Cuando entró, le miré a los ojos y le dije:
—Sé dónde estabas ayer.
Él palideció.
—Marta… déjame explicarte…
—No hace falta —le interrumpí—. Solo quiero saber por qué.
Rubén se sentó en el sofá y empezó a llorar. Nunca le había visto así.
—No quería hacerte daño… Fue un error… No sé cómo pasó… Ella está embarazada y no puedo dejarla sola ahora…
Sentí lástima por él, pero sobre todo por mí misma. Por haber confiado tanto tiempo en alguien que ya no era mi compañero.
Le pedí que se fuera esa noche. Llamé a una abogada amiga mía y empecé los trámites de separación.
Las semanas siguientes fueron un infierno: llamadas de familiares sorprendidos, amigos tomando partido, mi suegra llorando al teléfono pidiéndome que lo perdonara «por el bien de todos». Pero yo ya había tomado mi decisión.
Empecé terapia y poco a poco fui reconstruyendo mi vida: retomé clases de yoga, salí con amigas que hacía años no veía, redescubrí Madrid paseando sola por El Retiro los domingos por la mañana.
A veces me pregunto si podría haber hecho algo diferente para salvar mi matrimonio. Pero sé que no fui yo quien rompió nada; fue él quien eligió mentir.
Hoy miro atrás y me siento más fuerte. Sé que merezco algo mejor que vivir con miedo o sospechas.
¿Vosotros habríais hecho lo mismo? ¿Perdonaríais una traición así o seguiríais adelante solos? A veces pienso: ¿cuántas Martas hay ahora mismo dudando si mirar el GPS o mirar hacia otro lado?