Navidades de cristal: El precio de un regalo desigual
—¿Por qué a Diego le has comprado la PlayStation y a Lucía solo una bufanda?—. La voz de mi suegra, Mercedes, resonó en el salón como un trueno, justo cuando todos abrían sus regalos bajo el árbol. Sentí cómo la sangre me subía a la cara y las miradas de toda la familia se clavaban en mí. Mi marido, Álvaro, me miró con esa mezcla de sorpresa y súplica que sólo él sabe poner cuando sabe que algo está a punto de explotar.
No era la primera vez que sentía que caminaba sobre cristales en esta casa. Desde que me casé con Álvaro y pasé a ser la madrastra de Lucía, todo lo que hacía era observado con lupa. Pero aquella Nochebuena, el juicio fue público y despiadado. Lucía, con sus trece años y esa mirada de niña herida, apretaba la bufanda entre las manos sin decir nada. Diego, mi hijo de diez años, ya había encendido la PlayStation y ni se enteraba del drama que se cocía a su alrededor.
—No es justo, mamá—susurró Lucía, apenas audible. Me dolió más que cualquier comentario en voz alta. Quise abrazarla, explicarle que no era una cuestión de amor, sino de circunstancias. Pero ¿cómo explicarle a una adolescente que su padre y yo apenas llegamos a fin de mes, que la PlayStation era un regalo compartido entre varios familiares para Diego porque llevaba meses soñando con ella? ¿Cómo decirle que la bufanda la tejí yo misma pensando en ella, en sus colores favoritos, en su piel delicada?
La noche siguió entre cuchicheos y miradas furtivas. Mi cuñada Carmen subió una foto a Instagram: “Navidad en familia”, escribió, pero en la imagen se veía claramente a Lucía con su bufanda y a Diego con la consola. Los comentarios no tardaron en llegar: “Pobre niña”, “Qué injusticia”, “Así se crean traumas”.
No dormí esa noche. Me levanté varias veces para mirar el móvil; los mensajes privados eran aún peores. Gente que no conocía me llamaba egoísta, mala madre, incluso monstruo. Álvaro intentó tranquilizarme: —No hagas caso, cariño. Nadie sabe lo que pasa aquí dentro—. Pero yo sí lo sabía. Sabía que Lucía se sentía desplazada desde hacía tiempo, que yo no conseguía llegar a ella por más que lo intentara.
Al día siguiente, mientras recogíamos los restos del papel de regalo y los platos sucios, Lucía se acercó a mí en la cocina.
—¿Por qué siempre es diferente conmigo?—me preguntó sin rodeos.
Me quedé helada. No tenía una respuesta sencilla. —Lucía, yo te quiero mucho. La bufanda la hice pensando en ti…
—Pero no es lo mismo—me interrumpió—. Diego siempre tiene lo mejor.
Sentí un nudo en la garganta. Recordé mi propia infancia en Valladolid, cuando mi madre tenía que repartir lo poco que había entre mis hermanos y yo. Siempre pensé que lo importante era el cariño, pero ahora veía que los niños miden el amor en gestos concretos.
Esa tarde decidí escribir un mensaje en Instagram para responder a todos los que me juzgaban sin conocerme:
“Sé que muchos pensáis que he sido injusta con Lucía. Lo entiendo. Pero nadie sabe lo difícil que es intentar ser madre de una niña que no es tuya y querer hacerlo bien sin herir a nadie. La PlayStation fue un regalo conjunto; la bufanda la tejí con mis propias manos para Lucía porque sé lo especial que es para ella. No siempre acertamos como padres o madrastras, pero os aseguro que lo intento cada día.”
El mensaje se hizo viral. Algunos me apoyaron; otros siguieron criticando. Pero lo peor era el silencio de Lucía.
Pasaron los días y el ambiente seguía tenso en casa. Álvaro intentaba mediar: —Habla con ella otra vez, no te rindas—me decía.
Una tarde de enero, encontré a Lucía llorando en su habitación. Me senté a su lado sin decir nada al principio.
—Echo de menos a mi madre—me confesó de repente—. Y tú… tú no eres ella.
Me dolió, pero entendí por fin el fondo del problema. No era la PlayStation ni la bufanda; era el vacío imposible de llenar.
—No quiero ser tu madre, Lucía—le dije suavemente—. Pero sí quiero estar aquí para ti, si me dejas.
Nos quedamos calladas un rato largo. Al final, me abrazó tímidamente.
La relación no se arregló de un día para otro. Siguieron los altibajos, las dudas y los comentarios malintencionados en redes sociales cada vez que compartíamos algo familiar. Pero aprendí a no medir mi valía como madre o madrastra por los regalos ni por los likes o críticas ajenas.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas familias se rompen por malentendidos así? ¿De verdad un regalo puede pesar más que todo el amor y esfuerzo diario? ¿Vosotros qué pensáis?