Navidades de cristal: el regalo que rompió mi familia
—¿Por qué ella tiene un móvil nuevo y yo solo una bufanda? —La voz de Diego, mi hijo de doce años, retumbó en el salón como un trueno inesperado. Lucía, mi hijastra, bajó la mirada, apretando el teléfono entre sus manos. Mi marido, Sergio, me miró con una mezcla de sorpresa y reproche. Y yo… yo sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.
No era la primera vez que la Navidad traía más tensión que alegría a nuestra casa de Alcalá de Henares, pero este año todo se salió de control. Había pasado semanas pensando en los regalos. Lucía llevaba meses pidiendo un móvil para poder hablar con su madre y sus amigas del instituto. Diego, en cambio, había insistido en que no quería nada caro, solo algo especial de parte mía. Pensé que una bufanda tejida por mí sería ese detalle. Qué ingenua fui.
—No es justo —insistió Diego, con los ojos llenos de lágrimas—. Siempre le das lo mejor a ella porque no es tu hija.
—¡Eso no es verdad! —respondí, sintiendo cómo la rabia y la culpa me quemaban por dentro—. Os quiero a los dos igual.
Sergio intervino, intentando calmar la situación:
—Diego, tu madre ha hecho esto con todo el cariño del mundo. No compares los regalos.
Pero las palabras de Sergio no sirvieron de nada. Diego salió corriendo a su habitación y Lucía se quedó sentada en el sofá, inmóvil, como si quisiera desaparecer. Yo solo podía pensar en lo que había hecho mal.
Las horas siguientes fueron un infierno. Sergio y yo discutimos en la cocina mientras intentábamos no levantar la voz:
—¿No ves que has creado una diferencia enorme entre ellos? —me reprochó él.
—Solo quería que Lucía se sintiera parte de esta familia…
—¿Y a costa de Diego? ¿No ves cómo le ha dolido?
Me sentí sola, incomprendida. Decidí compartir mi frustración en Instagram, buscando apoyo o al menos comprensión. Subí una foto de los regalos y conté la historia, esperando que alguien entendiera mi dilema. Pero lo que recibí fue una avalancha de mensajes crueles:
“Eres una madrastra horrible.”
“Pobrecito Diego, siempre los tuyos primero.”
“¿Cómo puedes ser tan insensible?”
Las palabras me atravesaban como cuchillos. ¿De verdad era tan mala madre? ¿Había fallado tanto?
Esa noche, mientras intentaba dormir, escuché sollozos en la habitación de Diego. Me acerqué y lo encontré abrazado a su peluche de cuando era pequeño.
—Mamá, ¿por qué no me quieres igual que a Lucía? —susurró.
Me senté a su lado y lo abracé fuerte.
—Diego, eres mi vida. No hay nadie a quien quiera más que a ti. Solo intentaba que Lucía se sintiera bienvenida… pero creo que me equivoqué.
Él no respondió. Solo se quedó quieto, con la mirada perdida en la oscuridad.
Al día siguiente, Lucía evitaba cruzarse conmigo. Sergio apenas me dirigía la palabra. El ambiente era irrespirable. Mi madre me llamó desde Valencia:
—Hija, ¿qué ha pasado? He visto lo de Instagram…
Le conté todo entre lágrimas. Ella suspiró al otro lado del teléfono:
—A veces intentamos hacer lo correcto y nos sale mal. Pero tienes que hablar con ellos, no con el mundo.
Tenía razón. Esa tarde reuní a los niños en el salón.
—Sé que he cometido un error —dije, con la voz temblorosa—. Quise haceros felices a los dos y solo conseguí haceros daño. Os pido perdón.
Lucía levantó la vista por primera vez.
—No quería el móvil si eso iba a hacer daño a Diego —dijo en voz baja.
Diego asintió, pero no dijo nada.
Sergio me miró y vi en sus ojos algo de compasión.
Pasaron los días y la tensión fue bajando poco a poco. Pero algo se había roto entre nosotros. La confianza, la alegría compartida… todo parecía más frágil.
En las redes seguían llegando mensajes crueles y algunos de apoyo. Decidí borrar la publicación y centrarme en mi familia. Pero cada vez que veía a Diego mirar a Lucía con resentimiento o a Lucía evitarme la mirada, sentía una punzada en el pecho.
Ahora, semanas después, sigo preguntándome si alguna vez podré reparar el daño que causé con una decisión tan aparentemente sencilla como elegir un regalo de Navidad.
¿De verdad es tan fácil romper una familia? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?