Noches en vela y olor a cocido: Confesiones de una madre española

—¿Por qué no puedes dormir, mamá? —La voz de Lucía, mi hija pequeña, resuena en el pasillo mientras yo revuelvo el cocido en la vieja olla heredada de mi abuela. Son las tres de la mañana y la casa huele a garbanzos, chorizo y recuerdos que no me dejan en paz.

—Vuelve a la cama, cariño. Mañana tienes colegio —le respondo en voz baja, intentando que no note el temblor en mis palabras. Pero Lucía se queda en el umbral, observando cómo las lágrimas se mezclan con el vapor.

No puedo dormir. No desde hace meses. Desde que Pedro, mi exmarido, se marchó con otra mujer y dejó tras de sí un silencio ensordecedor y una montaña de facturas sin pagar. Desde entonces, las noches son largas y los días aún más duros. Cocino porque es lo único que me calma, lo único que me conecta con la vida que tenía antes de que todo se rompiera.

Recuerdo la última discusión con Pedro como si fuera ayer. El grito ahogado, los platos estrellados contra el suelo, su mirada fría:

—No eres suficiente, Carmen. Nunca lo has sido.

Aquellas palabras me atraviesan cada vez que cierro los ojos. ¿No fui suficiente? ¿No luché lo bastante por nuestra familia? Me repito esas preguntas mientras remuevo el cocido, como si pudiera encontrar respuestas entre las patatas y el pimentón.

Mi hijo mayor, Álvaro, apenas me habla desde que su padre se fue. Se encierra en su habitación con los cascos puestos y sólo sale para comer. A veces le oigo llorar por las noches, pero cuando intento consolarle, me aparta con rabia:

—Déjame en paz, mamá. No entiendes nada.

Y quizá tenga razón. Quizá no entiendo nada. Ni por qué Pedro cambió de repente, ni por qué yo no supe verlo venir. En el pueblo todos cuchichean cuando paso por la plaza. «Pobre Carmen», dicen algunas vecinas. «Algo habrá hecho», susurran otras. En España, aunque digan que hemos avanzado, todavía pesa mucho la culpa sobre los hombros de las mujeres que se quedan solas.

Mi madre me llama cada noche desde Salamanca:

—Hija, tienes que ser fuerte por los niños. No te derrumbes ahora.

Pero yo ya estoy rota por dentro. Me esfuerzo por mantener la casa limpia, por que no falte comida en la mesa, por sonreír cuando Lucía me pide que le lea un cuento antes de dormir. Pero cuando apago la luz y me quedo sola en la cocina, el miedo me devora.

Esta noche he decidido preparar cocido porque era el plato favorito de Pedro. Quizá es una forma absurda de aferrarme a lo poco bueno que tuvimos juntos. O quizá es mi manera de pedir perdón a mis hijos por no haber sabido protegerles del dolor.

Mientras las horas pasan y el reloj marca las cuatro, pienso en todas las veces que perdoné a Pedro sus mentiras: las noches que llegaba tarde oliendo a perfume ajeno, las facturas misteriosas en la cuenta del banco, los mensajes borrados en su móvil. Siempre encontraba una excusa para justificarle:

—Está estresado por el trabajo —me decía a mí misma.
—Me quiere, sólo está pasando una mala racha.

Pero la verdad era otra. La verdad era que yo tenía miedo a estar sola. Miedo al qué dirán. Miedo a enfrentarme a una vida sin él.

Lucía vuelve a aparecer en la cocina y se sienta a mi lado en silencio. Me mira con esos ojos grandes y sinceros que sólo tienen los niños pequeños.

—¿Vas a llorar otra vez?

—No, cielo. Sólo estoy cansada.

Ella apoya su cabeza en mi hombro y juntas escuchamos el burbujeo del cocido. Por un momento siento paz. Pero sé que mañana volverán los problemas: la carta del banco avisando del embargo, la cita con la orientadora del colegio para hablar del comportamiento de Álvaro, la llamada de Pedro pidiendo ver a los niños el fin de semana como si nada hubiera pasado.

A veces pienso en marcharme lejos, empezar de cero en otra ciudad donde nadie conozca mi historia. Pero luego miro a mis hijos y sé que no puedo huir. Ellos me necesitan aquí, aunque yo ya no sepa quién soy.

El amanecer asoma por la ventana y el aroma del cocido llena toda la casa. Lucía se ha quedado dormida sobre mi regazo y yo acaricio su pelo con ternura. Me prometo a mí misma que hoy intentaré ser fuerte, aunque sólo sea un poco más que ayer.

¿De verdad podría haber hecho algo diferente? ¿O estamos todos condenados a repetir los errores de nuestros padres? Si alguna vez habéis sentido este vacío o esta culpa… ¿cómo habéis conseguido seguir adelante?