Ocho meses bajo presión: ¿Soy solo el monedero de mis padres?

—¿Otra vez vas a llegar tarde, Daniel? —la voz de mi madre retumba desde el salón, atravesando las paredes recién pintadas, aún con olor a yeso húmedo.

Cierro la puerta del baño y me miro en el espejo. Ocho meses. Ocho meses entregando la mitad de mi sueldo a mis padres para un piso que nunca parece terminarse. Ocho meses sintiéndome menos hijo y más cajero automático. Me froto la cara, intentando borrar el cansancio, pero lo que veo es otra cosa: resignación.

—Mamá, tengo que trabajar. No puedo quedarme a ayudar con los muebles hoy —respondo, sabiendo que no servirá de nada.

Ella aparece en el marco de la puerta, con las manos en la cintura y esa mirada que siempre me hace sentir como un niño pequeño.

—¿Y quién va a ayudar a tu padre con la estantería? ¿El vecino? Bastante hace tu padre trabajando hasta tarde para que tú tengas un techo digno.

Mi padre, desde la cocina, ni siquiera levanta la vista del periódico. —Déjale, Carmen. Si no quiere ayudar, que no ayude. Pero luego que no venga pidiendo nada.

La frase me atraviesa como un cuchillo. No pido nada. Solo quiero vivir. Salgo del baño y recojo mi mochila. El móvil vibra: es un mensaje de Lucía, mi novia. «¿Hoy puedes quedar? Necesito verte». Siento una punzada de culpa. Hace semanas que apenas tengo tiempo para ella.

Bajo las escaleras del portal, esquivando los sacos de escombros y los botes de pintura que llevan ahí desde que empezó la reforma. El barrio está cambiando, igual que yo. Pero en casa todo sigue igual: mis padres decidiendo por mí, como si tuviera quince años y no treinta y uno.

En el metro hacia Sol, repaso mentalmente mis gastos: alquiler de la habitación (porque ni siquiera puedo permitirme independizarme), abono transporte, comida… y ese sobre con billetes que cada mes dejo encima de la mesa del salón, sin falta. «Para el futuro de la familia», dice mi madre. ¿Y mi futuro?

En la oficina, mientras reviso informes, no puedo evitar escuchar a mis compañeros hablar de sus planes: viajes, másteres, mudanzas. Yo solo pienso en cómo llegar a fin de mes sin decepcionar a nadie. Cuando Lucía me llama al mediodía, su voz suena cansada.

—Dani, ¿vas a poder venir este finde al cumpleaños de mi hermana? —pregunta con un hilo de esperanza.

—No lo sé… Mis padres quieren que pinte el pasillo —respondo, odiando cómo suena mi voz: sumisa, pequeña.

—¿Y tú qué quieres? —me pregunta ella.

No sé qué contestar. Cuelgo y me quedo mirando la pantalla del ordenador como si pudiera encontrar ahí una respuesta.

Esa noche, en casa, la tensión se corta con cuchillo. Mi madre se queja del polvo, mi padre del dinero que falta para terminar el baño. Yo solo quiero silencio. En la cena, dejo caer:

—He pensado en buscarme un piso compartido más cerca del trabajo.

Mi madre deja caer el tenedor con estrépito.

—¿Y quién va a ayudarnos aquí? ¿Ahora que más te necesitamos te vas a largar?

Mi padre me mira por encima de las gafas.

—Eso es lo que hacen los hijos ahora: abandonar a los padres cuando ya no les conviene.

Siento una mezcla de rabia y culpa. ¿Por qué siempre tengo que elegir entre ellos y yo? ¿Por qué ser buen hijo significa olvidarme de mí mismo?

Esa noche apenas duermo. Doy vueltas en la cama pensando en todo lo que he sacrificado: oportunidades laborales, tiempo con Lucía, incluso amistades. Todo por una reforma interminable y unas expectativas imposibles.

Al día siguiente, en el trabajo, mi jefe me llama a su despacho.

—Daniel, hemos pensado en ti para liderar un proyecto en Barcelona. Es una gran oportunidad… pero tendrías que mudarte en dos meses.

Siento vértigo y esperanza al mismo tiempo. ¿Cómo les digo a mis padres que me voy? ¿Cómo les explico que necesito vivir mi vida?

Esa tarde, al llegar a casa, encuentro a mi madre llorando en la cocina. Mi padre grita por teléfono al fontanero porque ha subido el presupuesto otra vez.

Me siento en silencio frente a ellos y lo suelto:

—Me han ofrecido un trabajo en Barcelona. Me voy en dos meses.

El silencio es absoluto. Mi madre se tapa la cara con las manos; mi padre se levanta bruscamente y sale al balcón.

—¿Y nosotros qué? —susurra ella entre sollozos—. ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti?

Me duele verla así, pero también me duele seguir aquí sin ser yo mismo.

—Mamá… os quiero. Pero también tengo derecho a vivir mi vida.

Esa noche duermo por primera vez sin remordimientos. Sé que vendrán reproches, silencios largos y miradas tristes. Pero también sé que si no doy este paso ahora, nunca lo haré.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde llega el deber hacia la familia? ¿Cuándo empieza el deber hacia uno mismo? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?