Prometo que todo cambiará. La historia de Marta de Santander
—¿Marta? —escuché mi nombre, casi como un susurro, mientras colocaba las manzanas en la cinta del supermercado. El corazón me dio un vuelco. Reconocí esa voz antes incluso de girarme. Era Lucía, mi hermana, la persona a la que no veía desde hacía siete años, desde aquella noche en la que todo se rompió en casa.
No supe qué decir. Me quedé paralizada, con las manos temblorosas y la garganta seca. Lucía me miraba con esos ojos grandes, llenos de reproche y tristeza. Detrás de ella, una señora mayor murmuraba algo sobre la cola, pero el mundo entero se había reducido a ese instante, a ese reencuentro inesperado.
—¿Podemos hablar? —me preguntó Lucía, bajando la voz.
Sentí cómo el pasado me golpeaba con fuerza. Recordé la discusión con mi madre, los gritos, el portazo. Recordé cómo Lucía había intentado detenerme cuando decidí marcharme de casa, harta de los secretos y las mentiras. Recordé también el silencio que siguió, los mensajes sin respuesta, las Navidades vacías.
—No aquí —susurré, casi sin voz.
Salimos juntas del supermercado, cada una con su bolsa en la mano. Caminamos en silencio por las calles grises de Santander, hasta llegar al parque donde solíamos jugar de niñas. Nos sentamos en un banco, bajo el castaño que aún guardaba las marcas de nuestros nombres tallados años atrás.
—Mamá está enferma —dijo Lucía de repente, rompiendo el silencio.
Sentí un nudo en el estómago. No quería preguntar, pero tampoco podía evitarlo.
—¿Qué le pasa?
—Cáncer. Le quedan unos meses, según los médicos.
Me tapé la boca con la mano. No podía creerlo. Mi madre… La mujer a la que tanto había odiado por sus decisiones, por su frialdad tras la muerte de papá, por su incapacidad para escucharme cuando más lo necesitaba… Ahora estaba muriendo y yo llevaba años sin hablarle.
—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté, con rabia y dolor mezclados.
Lucía bajó la mirada.
—Porque ella te necesita. Y yo también. No podemos seguir así, Marta. No después de todo lo que hemos perdido.
Me levanté del banco y empecé a caminar nerviosa. El viento del Cantábrico me azotaba la cara y sentí ganas de gritar. ¿Por qué tenía que volver ahora? ¿Por qué tenía que enfrentarme a todo lo que había intentado olvidar?
Recordé mi vida en Madrid: el trabajo en la librería, los amigos nuevos, las noches solitarias en mi pequeño piso de alquiler. Había construido una rutina lejos de mi familia, lejos del dolor. Pero ahora todo volvía a desmoronarse.
—No sé si puedo —dije al fin, dándome la vuelta hacia Lucía—. No sé si quiero volver a esa casa.
Ella se acercó y me abrazó. Sentí su calor y su temblor. Lloramos juntas, como cuando éramos niñas y nos escondíamos bajo las sábanas para huir de las discusiones de nuestros padres.
—Mamá no es la misma —susurró Lucía—. Ha cambiado mucho desde que te fuiste. Se arrepiente de tantas cosas…
Me costaba creerlo. Siempre pensé que mi madre era incapaz de pedir perdón, incapaz de mostrar debilidad. Pero algo en la voz de Lucía me hizo dudar.
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que había dejado atrás: los domingos de cocido familiar, las risas con mi padre antes del accidente, los veranos en Laredo… Y también los silencios incómodos tras su muerte, el distanciamiento con mamá, las peleas por dinero y herencias, el día en que descubrí que mi madre tenía otra familia antes de casarse con papá.
Ese secreto fue el detonante de todo. Me sentí traicionada, engañada durante años. Por eso me marché. Por eso corté toda relación con ellas.
Pero ahora… ¿qué sentido tenía seguir huyendo?
Al día siguiente llamé a Lucía.
—Iré a verla —le dije—. Pero no prometo nada.
El reencuentro fue frío al principio. Mi madre estaba más delgada, el pelo canoso recogido en un moño descuidado. Me miró como si no creyera que era yo de verdad.
—Hola, Marta —dijo simplemente.
Nos sentamos en el salón, rodeadas de fotos antiguas y muebles gastados por el tiempo. Nadie sabía qué decir. Hasta que mi madre rompió el silencio:
—Siento mucho todo lo que pasó —susurró—. Siento haberte mentido tantos años… Siento no haber sabido cuidaros después de lo de tu padre…
Las lágrimas me brotaron sin remedio. Durante años había soñado con escuchar esas palabras, pero ahora dolían más que nunca.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunté entre sollozos—. ¿Por qué tuve que enterarme así?
Mi madre bajó la cabeza.
—Tenía miedo de perderos a las dos… Y al final os perdí igual.
Nos abrazamos largo rato. Sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.
Durante las semanas siguientes volví a ser parte de esa familia rota: acompañé a mi madre al hospital, cociné con Lucía como antes, hablamos durante horas sobre todo lo que habíamos callado durante años. No fue fácil perdonar ni olvidar, pero poco a poco aprendí a mirar el pasado con otros ojos.
El día que mi madre murió estábamos las dos a su lado. Me cogió la mano y me susurró:
—Promete que todo cambiará entre vosotras… Que no volveréis a separaros nunca más.
Asentí entre lágrimas. Y por primera vez en mucho tiempo sentí paz.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas familias se rompen por secretos y silencios? ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de perdonar antes de que sea demasiado tarde?