Reencuentro en la Pastelería: Tartas, Recuerdos y Segundas Oportunidades

—¿De verdad vas a seguir con esa manía de las tartas de mango? —me pregunté en silencio mientras la dependienta envolvía con esmero los dos pasteles que había pedido para la merienda del domingo. El bullicio de la pastelería, el aroma a café recién hecho y el tintineo de las cucharillas me envolvían en una burbuja familiar, casi reconfortante. Hasta que escuché su voz.

—Buenos días, Lucía —dijo Javier, tan seguro de sí mismo como siempre, con esa sonrisa que aún me removía por dentro. La dependienta, una chica joven con acento andaluz, le devolvió el saludo con entusiasmo.

—¡Hombre, profesor! ¿La tarta de fresa para su esposa otra vez? —preguntó guiñándole un ojo.

Sentí un nudo en el estómago. No sabía si era por la mención de su nueva esposa o por el hecho de que Javier seguía viniendo a la misma pastelería donde solíamos comprar juntos los domingos por la mañana, cuando aún éramos una familia.

Javier asintió y, al girarse para pagar, se fijó en las tartas de mango que yo sostenía. Sus ojos se encontraron con los míos. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Vi en su mirada un destello de sorpresa, quizá nostalgia. O tal vez solo era mi imaginación.

—Pon las tartas de la señora en mi cuenta, por favor —dijo Javier a la dependienta.

Sentí cómo me ardían las mejillas. —No hace falta, Javier. Puedo pagarlas yo —respondí, intentando mantener la compostura.

—Lucía, por favor… —insistió él, bajando la voz—. Es solo una tarta. No pasa nada.

—No quiero deberte nada —le corté, más brusca de lo que pretendía. La dependienta nos miraba con curiosidad, como si estuviera presenciando una escena de película.

Javier suspiró y apartó la mirada. —Como quieras…

El silencio entre nosotros era espeso, incómodo. Recordé tantas cosas: las discusiones por tonterías, los domingos de paseo por el Retiro, las noches en vela cuando nació nuestra hija Paula… Todo parecía tan lejano y tan presente a la vez.

—¿Cómo está Paula? —preguntó Javier finalmente, rompiendo el hielo.

—Bien. Está terminando segundo de bachillerato. Dice que quiere estudiar medicina —respondí, intentando sonar natural.

Sus ojos se iluminaron un instante. —Siempre fue muy lista…

Asentí, sin saber qué más decir. Había tanto que no nos habíamos dicho en estos seis años… Tantas palabras guardadas bajo llave.

—¿Y tú? ¿Cómo estás? —preguntó él, casi en un susurro.

Me encogí de hombros. —Tirando. Ya sabes… El trabajo, la casa… Lo de siempre.

Javier asintió y miró hacia la calle, donde la lluvia empezaba a golpear los cristales. Por un momento, pensé en todo lo que habíamos perdido por orgullo, por no saber escucharnos. En España decimos que “más vale una vez colorado que ciento amarillo”, pero nosotros preferimos callar hasta que fue demasiado tarde.

—A veces pienso que podríamos haberlo hecho mejor —dijo Javier de repente, sin mirarme.

Sentí un pinchazo en el pecho. —Yo también lo pienso a veces… Pero ya está hecho.

La dependienta nos entregó las cajas con las tartas y nos deseó buen día. Salimos juntos a la calle, bajo la lluvia fina de Madrid. Caminamos unos metros en silencio hasta llegar a la esquina donde nuestros caminos debían separarse.

—Bueno… Cuídate, Lucía —dijo Javier, metiendo las manos en los bolsillos.

—Tú también… Y dale recuerdos a tu esposa —respondí, aunque me costó pronunciar esas palabras.

Javier sonrió tristemente y se alejó bajo su paraguas azul. Me quedé allí unos segundos, viendo cómo se perdía entre la gente. Sentí ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. La vida sigue, sí… pero hay heridas que nunca terminan de cerrar del todo.

Mientras caminaba hacia casa con las tartas de mango en la mano, me pregunté si algún día podré dejar atrás el pasado sin sentir este nudo en el estómago cada vez que le veo. ¿Será verdad eso de que el tiempo lo cura todo? ¿O hay recuerdos que se quedan pegados al alma para siempre?