Sé que no soy perfecta, pero tú tampoco eres lo que soñé: Historia de un matrimonio roto
—¿De verdad crees que esto es vida? —le grité a Sergio mientras la cafetera chisporroteaba en la encimera, llenando la cocina de ese aroma amargo que tanto detestaba últimamente. Él ni siquiera levantó la vista del móvil. Era martes, pero podría haber sido cualquier día de los últimos años: la misma rutina, las mismas palabras vacías, el mismo silencio que nos ahogaba.
No siempre fue así. Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca, en una fiesta de San Juan. Sergio era el alma de la fiesta, con su risa contagiosa y sus historias exageradas. Yo, Lucía, era más reservada, pero él supo hacerme sentir especial. Nos prometimos una vida juntos llena de aventuras, viajes y complicidad. Pero la realidad, esa vieja traicionera, tenía otros planes.
El primer golpe llegó con la hipoteca del piso en Vallecas. «Es solo una etapa», decíamos, mientras veíamos cómo los sueños de viajar a Argentina o recorrer Europa en coche se desvanecían entre facturas y discusiones por el dinero. Sergio empezó a trabajar más horas en el despacho de abogados de su tío, y yo me refugié en mi trabajo como profesora de instituto. Las cenas juntos se volvieron excepciones; las conversaciones, meros informes del día a día.
—¿Has visto a Marta? —le pregunté una noche, intentando romper el hielo—. Dice que su marido le ha regalado un viaje a Granada.
—Qué suerte —respondió sin emoción—. Yo no tengo tiempo ni para ir al cine.
La distancia crecía como una grieta en la pared del salón, esa que nunca arreglábamos porque «no era tan grave». Pero lo era. Era el reflejo de todo lo que no decíamos.
Las discusiones se volvieron más frecuentes. Por tonterías: la compra sin hacer, la ropa tirada, las visitas a su madre los domingos. Pero debajo de todo eso estaba el dolor de sentirnos incompletos, de no ser lo que el otro esperaba. Yo quería un compañero, alguien con quien compartir mis miedos y alegrías; él buscaba paz y silencio tras días agotadores.
Una noche, después de una pelea especialmente dura, me encerré en el baño y me miré al espejo. «¿En qué momento dejamos de querernos?», pensé mientras las lágrimas caían sin control. Recordé a mi madre diciéndome: «El amor no es suficiente si no hay respeto». Y yo ya no me sentía respetada; ni siquiera vista.
Intentamos terapia de pareja. La psicóloga, Carmen, nos preguntó qué esperábamos el uno del otro. Sergio respondió primero:
—Solo quiero que deje de reprocharme todo.
Yo no pude evitar reír con amargura:
—Y yo solo quiero sentirme escuchada alguna vez.
Salimos de allí más distantes que nunca. Las sesiones se convirtieron en otro trámite más, como pagar el IBI o hacer la declaración de la renta.
El detonante fue una llamada inesperada. Mi padre enfermó gravemente en León y tuve que pasar semanas allí cuidándole. Sergio apenas llamaba; cuando lo hacía, era para preguntarme cuándo volvería o si había pagado la luz. Me sentí sola como nunca antes.
Al regresar a Madrid, encontré el piso más frío que nunca. Sergio dormía en el sofá y evitaba mirarme a los ojos. Una noche, mientras cenábamos en silencio, solté lo inevitable:
—Esto no funciona, Sergio. No somos felices.
Él dejó los cubiertos y me miró por fin:
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que finjamos toda la vida?
No supe qué responderle. Tal vez ya llevábamos años fingiendo.
La separación fue menos dramática de lo que imaginaba. Repartimos los muebles, discutimos por el coche y lloramos cada uno por su lado. Mis amigas me decían que era valiente por dar el paso; yo solo sentía miedo y vacío.
Ahora vivo sola en un piso pequeño en Lavapiés. A veces echo de menos las pequeñas rutinas: ver juntos el telediario, discutir sobre política o reírnos de los vecinos cotillas. Pero sé que no podía seguir viviendo una mentira.
Me pregunto si alguna vez podré volver a confiar en alguien, si podré dejar atrás el miedo a decepcionar o ser decepcionada. ¿Cuántos matrimonios viven atrapados en expectativas imposibles? ¿Cuándo dejamos de luchar por nosotros mismos?
Quizá nunca fui perfecta, pero tampoco él era el hombre de mis sueños. Y ahora solo me queda reconstruirme desde los pedazos que quedaron tras la tormenta.
¿De verdad es tan difícil ser feliz juntos? ¿O simplemente nos enseñan a soñar demasiado alto?