Sueños Rotos: El Precio de Olvidarme de Mí Misma
—¿Por qué siempre tienes que ser tan egoísta, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, mezclándose con el estruendo de la tormenta que azotaba Madrid aquella noche de noviembre. Me quedé petrificada, con las llaves aún en la mano y la mochila colgando del hombro. Había vuelto tarde del trabajo, otra vez, y el cansancio me pesaba en los huesos. Pero lo que más dolía era esa palabra: egoísta. Yo, que había renunciado a tantas cosas por ellas.
Mi hermana Carmen apareció en la puerta del salón, cruzada de brazos, con esa mirada suya que siempre me hacía sentir pequeña. —Mamá tiene razón. Nunca estás cuando te necesitamos —añadió, como si no supiera que llevaba semanas cubriendo turnos dobles en el hospital para pagar la hipoteca que compartíamos desde que papá nos dejó.
Me tragué las lágrimas y caminé hacia mi cuarto. Cerré la puerta despacio, apoyé la frente contra la madera y me pregunté, por enésima vez, cuándo había dejado de ser Lucía para convertirme en la sombra de sus expectativas.
No siempre fue así. De pequeña soñaba con ser escritora. Pasaba las tardes inventando historias en el parque del Retiro, mientras Carmen jugaba al fútbol y mamá le aplaudía desde el banco. Yo buscaba su mirada, ansiando un gesto de orgullo, pero ella siempre estaba pendiente de mi hermana. «Carmen es fuerte, Carmen es valiente», repetía. Yo era la responsable, la que no daba problemas.
Cuando papá murió en aquel accidente absurdo en la M-30, todo cambió. Mamá se hundió y Carmen se volvió más rebelde. Yo me convertí en el pegamento invisible que mantenía la casa unida: hacía la compra, ayudaba a Carmen con los deberes, consolaba a mamá cuando lloraba por las noches. Mis relatos quedaron olvidados en una caja bajo la cama.
Años después, cuando terminé el instituto con matrícula de honor, mamá ni siquiera fue a la entrega de diplomas. «No tengo cabeza para celebraciones», dijo. Carmen tampoco apareció; estaba castigada por llegar tarde otra vez. Aquella noche escribí una carta a mí misma: «Algún día vivirás tu propia vida». La guardé junto a mis cuentos infantiles.
Pero ese día nunca llegó. Empecé Enfermería porque mamá decía que era una carrera «de futuro» y porque Carmen necesitaba un ejemplo a seguir. Trabajé los veranos en una cafetería para ayudar con los gastos y renuncié a irme de Erasmus porque mamá temía quedarse sola.
A veces, cuando veía a mis compañeras hacer planes para viajar o salir de fiesta, sentía una punzada de envidia. Pero enseguida me recordaba lo afortunada que era por tener una familia que me necesitaba. O eso creía.
La noche de la tormenta fue el punto de inflexión. Después de la discusión, me senté en la cama y abrí la caja de mis recuerdos. Saqué la carta y los cuentos polvorientos. Empecé a leerlos y sentí una mezcla de nostalgia y rabia. ¿En qué momento había dejado de luchar por mis sueños?
Al día siguiente, intenté hablar con mamá durante el desayuno.
—Mamá, he estado pensando… Quizá debería buscar un piso para mí sola.
Ella dejó caer la cuchara y me miró como si le hubiera anunciado una tragedia.
—¿Y qué va a ser de nosotras? ¿Vas a abandonarnos ahora?
Carmen ni siquiera levantó la vista del móvil.
—Haz lo que quieras —murmuró—. Siempre haces lo que te da la gana.
Sentí un nudo en el estómago. ¿De verdad pensaban eso de mí?
En el hospital, mi compañera Pilar me encontró llorando en el vestuario.
—Tienes que pensar en ti alguna vez —me dijo—. No puedes vivir siempre para los demás.
Pero yo no sabía cómo hacerlo sin sentirme culpable.
Las semanas siguientes fueron un tira y afloja constante. Cada vez que mencionaba la posibilidad de independizarme, mamá enfermaba misteriosamente o Carmen tenía una crisis existencial. Me sentía atrapada en una telaraña tejida por el miedo y la culpa.
Una tarde, después de un turno agotador, recibí una llamada del colegio donde trabajaba mi amiga Teresa: buscaban voluntarios para un taller de escritura creativa con niños inmigrantes. Algo dentro de mí se encendió. Acepté sin pensarlo demasiado y empecé a ir dos tardes por semana.
Por primera vez en años, sentí que hacía algo solo para mí. Los niños escuchaban mis historias con los ojos muy abiertos y me pedían más cuentos cada día. Empecé a escribir otra vez por las noches, aunque fuera solo para mí.
Mamá protestó al principio:
—¿Y quién va a hacer la cena esos días?
Pero esta vez no cedí:
—Podéis apañaros sin mí un par de horas.
Carmen se burló:
—Mira qué moderna nos ha salido ahora.
Pero no me importó.
Poco a poco, fui recuperando mi voz. Un día llevé uno de mis relatos al taller y una niña marroquí me abrazó al terminar:
—Ojalá mi madre pudiera escuchar tus historias —me dijo—. Seguro que sonreiría más.
Aquellas palabras me hicieron llorar como hacía años que no lloraba: de alivio, de gratitud, de esperanza.
No fue fácil romper el círculo. Mamá tardó meses en aceptar que ya no podía controlarme como antes. Carmen se distanció durante un tiempo, pero luego empezó a preguntarme por mis talleres y hasta vino a verme una tarde.
Hoy vivo sola en un pequeño piso cerca del hospital y sigo ayudando a mi familia cuando puedo, pero ya no soy su salvavidas permanente. He publicado algunos relatos en revistas locales y sueño con escribir una novela algún día.
A veces me pregunto si he sido egoísta o simplemente valiente. ¿Cuántas mujeres en España han renunciado a sus sueños por miedo a decepcionar a los suyos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir sacrificándonos sin pedir nada a cambio?
Quizá no haya respuestas fáciles, pero hoy sé que merezco ser protagonista de mi propia historia.