Todo recayó sobre mí: Confesiones de una hija española sobre el peso familiar

—¿Por qué siempre tengo que ser yo? —susurré, apretando el móvil con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mi madre, desde el sofá, tosía débilmente. El reloj de la pared marcaba las tres de la madrugada y yo llevaba horas sin dormir, esperando una respuesta que no llegaría.

Mi hermano Sergio no contestaba a mis mensajes. Otra vez. «Lo siento, Lucía, tengo mucho trabajo en Madrid. Ya sabes cómo es esto», me había escrito la semana pasada. Pero yo también tenía trabajo, una vida, amigos que poco a poco se alejaban porque nunca podía quedar. Todo giraba en torno a mamá desde que le diagnosticaron el Alzheimer hace dos años.

Recuerdo perfectamente el día en que el médico nos lo dijo. Sergio se quedó callado, mirando al suelo, y yo fui la que preguntó todo: qué necesitaba mamá, qué podíamos esperar, cómo organizar los cuidados. Desde entonces, él se convirtió en una sombra en nuestra vida; venía a las comidas familiares, sonreía para las fotos y luego desaparecía.

—Lucía, ¿me traes agua? —la voz de mi madre me sacó de mis pensamientos.

—Claro, mamá —respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz.

Mientras llenaba el vaso en la cocina, pensé en cómo había cambiado todo. Antes, cuando papá aún vivía, la casa estaba llena de risas y discusiones por tonterías. Ahora solo quedaba el eco de los recuerdos y el peso de las responsabilidades. Sergio siempre fue el preferido; papá le llevaba al fútbol, mamá le preparaba su plato favorito cada domingo. Yo era la hija tranquila, la que sacaba buenas notas y no daba problemas. Nadie esperaba nada de mí… hasta ahora.

Una tarde de otoño, después de una discusión especialmente dura con Sergio por teléfono, exploté:

—¡No puedes seguir escapando! ¡Es nuestra madre! —le grité.

—No me hables así, Lucía. Ya hago lo que puedo —respondió él, con esa voz cansada y distante.

—¿De verdad? Porque aquí solo estoy yo cambiando pañales y calmando sus miedos cuando no recuerda ni mi nombre.

Colgó sin decir adiós. Me quedé mirando el móvil, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza. ¿Por qué tenía que ser yo la fuerte? ¿Por qué él podía permitirse ser egoísta?

Las vecinas empezaron a murmurar. «Pobre Lucía, siempre tan sola con su madre», decían en el portal. A veces me ofrecían ayuda, pero era solo para limpiar su conciencia. Nadie quería quedarse una tarde entera con una anciana que confundía los nombres y lloraba por un marido muerto hace años.

Una noche, mientras preparaba la cena, mamá me miró fijamente:

—¿Dónde está Sergio? Hace mucho que no viene.

Sentí un nudo en la garganta.

—Está trabajando, mamá. Pero te manda recuerdos —mentí.

Ella asintió y volvió a mirar por la ventana. Me pregunté si alguna vez se daría cuenta del sacrificio que estaba haciendo por ella. Si alguna vez me querría tanto como a Sergio.

Un día decidí buscar ayuda profesional. Fui al centro de salud mental del barrio y hablé con Carmen, la psicóloga.

—Lucía, ¿por qué crees que todo recae sobre ti? —me preguntó.

—Porque nadie más lo va a hacer —respondí sin pensarlo.

—¿Y si dejaras de hacerlo tú?

Me quedé callada. No podía imaginarlo. ¿Quién cuidaría de mamá? ¿Quién le recordaría tomar las pastillas o le leería sus poemas favoritos?

Las semanas pasaron y el cansancio se convirtió en mi única compañía fiel. Empecé a perder peso y a olvidarme de mí misma. Un día, mientras bañaba a mamá, ella me miró con una ternura que hacía años no veía:

—Eres buena hija, Lucía. Perdona si a veces no lo demuestro.

Lloré en silencio esa noche. No por tristeza, sino por alivio. Por primera vez sentí que mi esfuerzo valía algo.

Pero Sergio seguía ausente. Un domingo apareció sin avisar, con una bolsa de pasteles y su sonrisa fácil.

—¿Qué tal todo? —preguntó como si nada.

Le miré fijamente:

—¿Sabes lo difícil que es esto? ¿Alguna vez has pensado en lo que significa estar aquí cada día?

Sergio bajó la mirada.

—No sé hacerlo como tú —admitió en voz baja—. Siempre fuiste tú la fuerte.

Por primera vez vi miedo en sus ojos. Miedo a fallar, miedo a enfrentarse a la realidad. Quizás por eso siempre fue el favorito: porque nunca le exigieron ser responsable.

Ahora mamá está peor. Apenas habla y pasa los días mirando fotos antiguas. Yo sigo aquí, luchando contra el agotamiento y la soledad. A veces pienso en marcharme, dejarlo todo y empezar de cero lejos de este piso pequeño en Salamanca. Pero luego recuerdo las palabras de mamá y sigo adelante.

Me pregunto si algún día podré perdonar a Sergio o si aprenderé a quererme tanto como quise agradar a mis padres toda mi vida.

¿De verdad es justo que el amor y la responsabilidad no se repartan igual en una familia? ¿Cuántos de vosotros habéis sentido este peso invisible sobre los hombros?