Un Cumpleaños para No Olvidar: El Precio de Mi Sueño

—¿De verdad, mamá? ¿Te has gastado todo en una fiesta? —La voz de mi hijo Luis retumbó en el salón, más fuerte que la música que aún sonaba de fondo. Las luces de colores seguían bailando en las paredes, pero el ambiente se había congelado. Mi nuera, Carmen, evitaba mirarme, apretando los labios mientras recogía los platos de la mesa.

Aún tenía el sabor del cava en la boca y el eco de las risas de mis amigas en los oídos. Pero ahora, sentada frente a mi familia, sentía que el suelo se abría bajo mis pies. Había soñado con este día durante años: cumplir setenta rodeada de todos, celebrando la vida después de tantas pérdidas y sacrificios. Pero no imaginé que mi sueño sería el detonante de una tormenta.

—Luis, hijo, era mi cumpleaños… —intenté explicar, pero él me interrumpió.

—¡Claro! Tu cumpleaños. Pero ¿y nosotros? ¿No pensaste en lo que necesitábamos? —Su mirada era dura, desconocida para mí.

Carmen dejó los platos en la cocina y volvió con los ojos rojos. —Habíamos contado con ese dinero para el coche, Rosario. Lo sabes. El viejo ya no aguanta más y con la niña pequeña…

Miré a mi nieta Lucía, dormida en el sofá con un globo atado a la muñeca. Sentí una punzada de culpa tan aguda como el dolor de espalda que me acompaña cada mañana.

Recordé cuando Luis era pequeño y yo hacía malabares para llegar a fin de mes. Su padre, Antonio, siempre decía: “Rosario, algún día podremos darle todo lo que merece”. Pero Antonio se fue demasiado pronto, y yo aprendí a ahorrar cada céntimo. Por eso tenía ese dinero guardado: para emergencias, para ayudar a la familia… o eso creía.

Pero este año sentí que necesitaba algo para mí. Después de dos años de pandemia, de encierros y soledad, deseaba ver a mis amigos juntos otra vez, bailar pasodobles y reír como antes. ¿Era egoísta querer celebrar la vida?

—No sabía que lo necesitabais tan urgente —susurré, aunque sí lo sabía. Habían hablado del coche muchas veces, pero nunca me pidieron el dinero directamente. Pensé que podrían esperar un poco más.

Luis se levantó bruscamente. —No sé qué decirte, mamá. Me voy.

Carmen recogió a Lucía sin decir palabra. El portazo resonó como un disparo en mi pecho.

Me quedé sola en el salón, rodeada de serpentinas y copas vacías. Mis amigas ya se habían ido; solo quedaba el eco de sus felicitaciones y el vacío que dejaron mis hijos al marcharse.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama repasando cada decisión, cada palabra dicha y no dicha. ¿Había sido tan mala madre por pensar en mí por una vez? ¿O era simplemente humana?

Al día siguiente llamé a mi hermana Pilar.

—Rosario, hiciste bien en celebrarlo —me dijo—. Siempre has dado todo por ellos. ¿Cuándo te has permitido algo para ti?

Pero su apoyo no calmó mi inquietud. En el supermercado, las vecinas comentaban lo bien que lo pasaron en la fiesta. Yo sonreía por fuera mientras por dentro me sentía culpable.

Pasaron los días y Luis no llamó. Carmen tampoco respondía a mis mensajes. Solo veía fotos de Lucía en el grupo familiar de WhatsApp: su primer día en el cole, su disfraz de princesa… Yo le daba al corazón en cada foto, esperando una señal.

Una tarde lluviosa me armé de valor y fui a su casa. Llamé al timbre con las manos temblorosas.

Abrió Carmen. Su cara era una mezcla de cansancio y resignación.

—¿Puedo pasar?

Me dejó entrar sin decir nada. Luis estaba en el sofá mirando la tele con Lucía en brazos.

—Vengo a pediros perdón —dije—. No quería haceros daño. Solo… necesitaba sentirme viva otra vez.

Luis suspiró. —No es solo por el dinero, mamá. Es que a veces siento que no nos escuchas.

Eso me dolió más que cualquier reproche sobre los ahorros.

—Quizá tienes razón —admití—. Siempre he querido ayudaros, pero también necesito sentir que mi vida sigue teniendo sentido…

Carmen se sentó a mi lado. —Lo entendemos, Rosario. Pero nos habría gustado estar incluidos en tu decisión.

Miré a Lucía, que me sonreía desde el regazo de su padre. Me di cuenta de que la familia es como ese globo atado a su muñeca: si tiras demasiado fuerte, se escapa; si lo sujetas con cariño, te acompaña donde vayas.

Nos abrazamos los tres, llorando un poco pero sintiéndonos más cerca que antes.

Ahora sigo preguntándome: ¿Dónde está el equilibrio entre cuidar de los tuyos y cuidar de ti misma? ¿Cuántas veces nos olvidamos de nuestras propias necesidades por miedo a decepcionar a quienes amamos?

Quizá no hay respuestas fáciles… Pero hoy sé que la felicidad compartida pesa más que cualquier reproche o cuenta bancaria.