Un día, una llamada: el eco de los silencios

—¿Por qué llamas ahora, Miguel? —mi voz tembló, rota por el sueño y la sorpresa. Eran las 3:17 de la madrugada. El móvil vibraba aún en mi mano, como si quisiera recordarme que la vida no da tregua ni siquiera en las horas más oscuras.

—Perdona, Carmen. No sabía a quién más llamar… —su voz sonaba lejana, como si hablara desde otro tiempo, desde aquel piso de Lavapiés donde fuimos jóvenes y creímos que el amor era suficiente.

Me senté en la cama, abrazando las rodillas. El frío de la noche madrileña se colaba por la ventana entreabierta. Miguel nunca llamaba sin motivo. Desde el divorcio, nuestras conversaciones se reducían a mensajes secos sobre Lucía, nuestra hija. ¿Qué podía haber pasado?

—¿Ha pasado algo con Lucía? —pregunté, el corazón encogido.

—No… Bueno, sí. Ha discutido conmigo. Dice que no quiere verme más. Que le he fallado. —Escuché un sollozo ahogado al otro lado.

Sentí una punzada de rabia y compasión. Lucía tenía 23 años y una rabia antigua en el pecho, una herida abierta desde que su padre se fue con otra mujer. Yo intenté ser fuerte, pero la soledad me devoraba en silencio. Las noches eran largas y los días, una sucesión de rutinas vacías: el trabajo en la biblioteca del barrio, las compras en el mercado de Maravillas, las cenas solitarias frente a la televisión.

—Miguel, no puedo arreglar lo que tú has roto —dije al fin, con voz cansada—. Pero tampoco puedo seguir siendo el saco de boxeo de vuestra culpa.

Colgué antes de que pudiera responder. Me tumbé boca arriba y miré el techo, buscando respuestas entre las grietas de la pintura. ¿En qué momento mi vida se había reducido a esto? ¿A llamadas nocturnas y reproches sin fin?

A las siete sonó el despertador. Me levanté como un autómata y preparé café. El aroma me recordó a las mañanas en que Lucía era pequeña y venía corriendo a abrazarme antes de ir al colegio. Ahora apenas me hablaba; vivía en un piso compartido en Malasaña y sólo venía a casa para lavar ropa o pedir dinero.

A media mañana recibí un mensaje suyo:

«Mamá, ¿puedo pasar esta tarde? Necesito hablar.»

Sentí una mezcla de alivio y temor. ¿Sería otra discusión? ¿Otra lista de reproches?

El día pasó lento. En la biblioteca apenas pude concentrarme. Los libros me miraban desde las estanterías como testigos mudos de mi fracaso. Recordé cuando Lucía era niña y venía a leer cuentos conmigo entre los pasillos polvorientos. Ahora sólo quedaba el silencio.

A las seis en punto sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba ella: alta, delgada, con el pelo recogido en un moño desordenado y los ojos rojos de tanto llorar.

—Hola, mamá —susurró.

La invité a pasar. Se sentó en el sofá y jugueteó nerviosa con las llaves.

—He discutido con papá —dijo al fin—. Le he dicho cosas horribles… Pero es que no puedo más. Siento que ninguno de los dos me entiende.

Me senté a su lado, sin saber si debía abrazarla o dejar espacio.

—Lucía, sé que te hemos fallado —dije—. Pero yo también estoy cansada de pelearme contigo y con tu padre. No sé cómo ayudarte si tú no me dejas.

Ella me miró con una mezcla de rabia y tristeza.

—Siempre dices lo mismo… Pero nunca hablas de lo tuyo. ¿Por qué nunca cuentas cómo te sientes? ¿Por qué siempre tienes que ser tan fuerte?

Me quedé callada. Nadie me había preguntado eso nunca. Ni siquiera yo misma me lo había permitido.

—Porque si me derrumbo… ¿quién os recoge a vosotros? —susurré.

Lucía rompió a llorar. La abracé por primera vez en meses. Sentí su cuerpo temblar contra el mío y comprendí que ambas estábamos rotas, cada una a su manera.

Pasamos horas hablando: del pasado, del dolor, de los celos que sentí cuando Miguel rehizo su vida tan rápido mientras yo me quedaba sola; del miedo a no ser suficiente como madre ni como mujer; de las veces que quise rendirme pero seguí adelante por ella.

Cuando se fue, la casa quedó en silencio, pero era un silencio distinto: menos pesado, menos hostil.

Esa noche salí al balcón y miré las luces de Madrid extendiéndose hasta el horizonte. Pensé en todas las mujeres como yo: invisibles, solas, sosteniendo familias rotas con manos temblorosas pero firmes.

¿Es posible volver a empezar después de tantos fracasos? ¿O la felicidad es sólo para quienes nunca han conocido el verdadero dolor?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede reconstruir una vida cuando todo parece perdido?