El pan de Lucía: Cuando el corazón pesa más que el oro

—¿Por qué llora usted, señor? —La voz era tan fina que apenas se oía entre el bullicio de la Gran Vía, pero me atravesó como un cuchillo.

No levanté la cabeza. Sentía las lágrimas correrme por las mejillas, calientes y vergonzosas. Yo, Valentín, el de los edificios con mi nombre en letras de acero, el que salía en las revistas de negocios, llorando como un niño perdido en medio de la ciudad.

—¿Le duele algo? —insistió la niña. Tenía el pelo revuelto y la ropa demasiado grande para su cuerpo menudo. En sus manos sujetaba un trozo de pan envuelto en papel de periódico.

—No, pequeña… Bueno, sí —balbuceé, sin saber cómo explicar el vacío que sentía. ¿Cómo decirle que no era dolor físico, sino un hueco enorme en el pecho? ¿Cómo contarle que, rodeado de lujo, me sentía más solo que nunca?

Ella se sentó a mi lado sin pedir permiso. Me miró con esos ojos oscuros y sinceros que no entienden de apariencias ni de títulos.

—Usted también llora de hambre —afirmó, como si fuera lo más lógico del mundo. Y antes de que pudiera negarlo, partió su pan por la mitad y me lo ofreció.

—No puedo aceptarlo —dije, horrorizado. ¿Cómo iba a quitarle el único alimento a una niña que claramente lo necesitaba más que yo?

—Mi abuela dice que el pan compartido sabe mejor —insistió ella, empujando el trozo hacia mí. Su acento era del sur, quizás andaluz. Me recordó a mi infancia en Córdoba, cuando mi madre me daba bocadillos de chorizo y me decía que la vida era dura pero bonita si uno sabía mirar.

Cogí el pan temblando. La corteza crujía bajo mis dedos. Sentí una punzada de vergüenza: yo, que podía comprar cualquier cosa, aceptando la limosna de una niña.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Lucía. ¿Y usted?

—Valentín.

—Bonito nombre. Como el santo del amor —sonrió ella, enseñando un diente roto.

Me reí por primera vez en semanas. El pan sabía a gloria, mezclado con lágrimas y recuerdos.

—¿Dónde está tu familia, Lucía?

—Mi madre limpia casas y mi abuela vende flores en la plaza. Yo ayudo cuando puedo. A veces no hay mucho para cenar, pero siempre compartimos lo que tenemos —dijo encogiéndose de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

Sentí una punzada en el pecho. Pensé en mis hijos, a los que apenas veía porque siempre estaba ocupado con reuniones y viajes. Pensé en mi exmujer, cansada de mi ausencia y mi obsesión por el dinero.

—¿Y tú? ¿Por qué llorabas?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que uno puede tenerlo todo y sentirse vacío? Que a veces el éxito pesa más que la pobreza.

—A veces uno se siente solo aunque esté rodeado de gente —dije al fin.

Lucía asintió con una madurez impropia para su edad.

—Mi abuela dice que la soledad es peor que el hambre. Pero si compartes un poco, duele menos.

Nos quedamos callados viendo cómo el sol se escondía tras los tejados rojizos de Madrid. La ciudad seguía su ritmo frenético, pero para mí todo se había detenido en ese instante.

Saqué mi cartera casi por inercia y le ofrecí un billete. Ella negó con la cabeza.

—No quiero dinero. Solo quería que no estuviera triste.

Me quedé sin palabras. Guardé el billete y le di las gracias con un nudo en la garganta.

Cuando Lucía se marchó corriendo hacia la plaza, sentí que algo dentro de mí cambiaba. Quizás era hora de volver a casa antes de que mis hijos se durmieran. Quizás era hora de dejar de buscar fuera lo que siempre había tenido cerca.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces pasamos junto a alguien sin mirar, sin darnos cuenta de que una simple sonrisa o un trozo de pan pueden salvarnos el día? ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que compartiste algo sin esperar nada a cambio?