A los setenta, sola en Madrid: el eco de mi propia voz
—¿Mamá, otra vez con lo mismo?— La voz de Lucía, mi hija mayor, retumba en el altavoz del móvil. —No puedes venirte a vivir con nosotros. Los niños no paran y el piso es pequeño. Además, tú sabes que tienes tu espacio…
Cuelgo antes de que la rabia me haga decir algo de lo que me arrepienta. Me quedo mirando el reloj de pared, ese que compramos con Julián cuando nos mudamos aquí, hace ya más de cuarenta años. El tic-tac es ahora mi única compañía. Me siento en la mesa de la cocina, rodeada de fotos: Lucía en su boda, Pablo en su graduación, los nietos en la playa. Todos sonríen. Yo también sonrío en esas fotos, pero ahora no puedo.
La soledad pesa más cuando cae la tarde y la ciudad se llena de luces ajenas. Madrid bulle tras mis ventanas, pero aquí dentro solo resuena el eco de mi propia voz. A veces hablo en alto para no olvidar cómo suena. Me pregunto si esto es lo que me espera: un desfile interminable de días iguales, cafés solitarios y llamadas breves llenas de excusas.
Recuerdo cuando la casa estaba llena de gritos y risas. Cuando Julián vivía, todo era distinto. Él sabía escuchar mis silencios. Ahora, hasta mis hijos parecen extraños. ¿En qué momento nos distanciamos tanto? ¿Fue cuando murieron mis padres y me volví más seria? ¿O cuando Lucía se fue a Barcelona y Pablo a Valencia? Siempre pensé que la familia era un lazo irrompible, pero ahora siento que soy solo un nudo suelto.
El otro día bajé al parque para ver si encontraba a alguien con quien hablar. Me senté en un banco junto a una señora, Carmen, que tejía una bufanda azul.
—¿Viene mucho por aquí?— le pregunté.
—Cada tarde desde que murió mi marido —me respondió sin apartar la vista del hilo—. Si no salgo, me hundo.
Asentí en silencio. Nos quedamos un rato sin hablar, compartiendo una soledad menos pesada por estar juntas. Antes de irme, Carmen me sonrió:
—Si quiere, mañana le enseño a tejer.
Acepté casi sin pensarlo. Al día siguiente volví y, entre agujas y lana, le conté mi historia. Ella también tenía hijos lejos y nietos que apenas veía. Me sentí menos rara, menos culpable por sentirme así.
Las tardes siguientes se llenaron de pequeñas rutinas: tejer con Carmen, pasear por el Retiro, tomar un café en el bar de la esquina donde el camarero, Antonio, siempre tiene una palabra amable.
Un domingo decidí llamar a Pablo. Le propuse vernos para comer.
—Mamá, este mes lo tengo complicado… El trabajo… Ya sabes cómo es —dijo con voz cansada.
Colgué antes de que pudiera oír el temblor en mi voz. Me sentí invisible. ¿En qué momento pasé de ser imprescindible a ser una carga?
Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama recordando cuando Pablo era pequeño y venía corriendo a mi cuarto tras una pesadilla. Ahora soy yo la que tiene miedo y nadie viene a abrazarme.
Al día siguiente Carmen me encontró llorando en el banco del parque.
—No está sola —me dijo—. Nos tenemos las unas a las otras.
Me habló del centro de mayores del barrio. Al principio dudé: ¿qué iba a hacer yo allí? Pero fui. Allí conocí a Rosario, que organiza talleres de pintura; a Manolo, que cuenta chistes malos pero siempre logra hacerme reír; a Teresa, que perdió a su hijo y aún así encuentra motivos para celebrar cada día.
Poco a poco empecé a sentirme parte de algo otra vez. Aprendí a pintar acuarelas y hasta participé en una obra de teatro improvisada. Descubrí que aún podía reírme hasta llorar, que aún podía aprender cosas nuevas.
Un día Lucía me llamó:
—Mamá, ¿estás bien? Hace días que no insistes con lo de venirte a casa…
—Estoy bien —le respondí—. He conocido gente nueva. Hago cosas…
Se quedó callada unos segundos.
—Me alegro mucho —dijo al fin—. Te echo de menos.
No le dije que yo también la echaba de menos cada día, pero sentí que algo se había movido entre nosotras.
Ahora sigo viviendo sola, pero ya no siento ese vacío asfixiante. He aprendido que la familia no siempre es la sangre; a veces son las personas que te tienden una mano cuando más lo necesitas.
A veces me pregunto si mis hijos algún día entenderán cómo duele esta soledad elegida por otros. Pero también me pregunto si yo he sabido ver sus propias luchas y miedos.
¿Es posible volver a encontrar alegría cuando todo parece perdido? ¿Cuántos más como yo están esperando una llamada o una sonrisa para volver a sentirse vivos?