Abuela, perdóname por haberte olvidado
—Lucía, ¿tienes un minuto? —La voz de Carmen me detuvo justo cuando iba a entrar al supermercado. Llevaba prisa, como siempre, con la cabeza llena de listas y el móvil vibrando en el bolso. Pero algo en su tono me hizo mirarla a los ojos.
—¿Qué pasa, Carmen?
—Tu abuela… Hace tres días que no la veo comer. He intentado llamarte, pero…
No escuché el resto. Sentí un nudo en el estómago y una punzada de vergüenza. ¿Cómo era posible que no supiera algo tan básico sobre mi propia abuela? Vivía a solo dos calles de mi casa, pero entre el trabajo en la gestoría, los deberes de los niños y las discusiones constantes con mi hermano Sergio, la había dejado de lado. Me prometí que iría a verla esa misma tarde.
Al abrir la puerta de su piso, el olor a sopa fría y a soledad me golpeó en la cara. Mi abuela Rosario estaba sentada en la mesa de la cocina, mirando por la ventana como si esperara a alguien que nunca llegaría.
—Abuela…
No respondió. Solo giró la cabeza lentamente y me miró con esos ojos grises que siempre habían sido mi refugio. Me senté a su lado, le cogí la mano y sentí su piel fina y fría.
—¿Por qué no has comido?
—No tenía hambre —susurró—. Y tampoco quería molestar.
Me mordí el labio para no llorar. Recordé los veranos en su pueblo de Castilla-La Mancha, cuando ella me preparaba natillas y me contaba historias de la guerra. Ahora era yo quien debía cuidarla, pero no sabía ni por dónde empezar.
Esa noche llamé a Sergio. Discutimos, como siempre. Él decía que yo exageraba, que Rosario estaba bien, que solo era mayor y un poco despistada. Pero yo sabía que no era así. Había algo roto en nuestra familia desde que papá murió y mamá se fue a vivir a Valencia con su nueva pareja. Nos habíamos quedado solos, cada uno encerrado en su propio dolor.
Los días siguientes fueron un torbellino de intentos fallidos: médicos, papeles para la ayuda a domicilio, peleas con Sergio por WhatsApp. Mi marido, Andrés, me decía que estaba obsesionada, que los niños también me necesitaban. Pero yo sentía que si perdía a mi abuela, perdería el último hilo que me unía a mi infancia.
Una tarde, mientras le daba de cenar a Rosario, ella me miró fijamente y dijo:
—No quiero ser una carga para ti.
Me quedé helada. ¿Cómo explicarle que ella era lo único que me quedaba de verdad? Que su presencia era mi ancla en medio del caos.
Empecé a pasar más tiempo con ella: le leía el periódico, le pintaba las uñas como cuando era niña, le ponía música de Nino Bravo y bailábamos despacio por el pasillo. Pero cada vez que sonaba el teléfono o llegaba un correo del trabajo, sentía cómo la culpa me mordía por dentro. No podía estar en todas partes.
Un domingo por la tarde, Sergio apareció sin avisar. Traía una bolsa con croquetas congeladas y una expresión cansada.
—Tenemos que hablar —dijo.
Nos sentamos los tres en la cocina. Sergio empezó a hablar de residencias, de lo difícil que era todo, de cómo mamá nos había dejado tirados y ahora teníamos que apañarnos como pudiéramos.
—No quiero irme de mi casa —interrumpió Rosario con voz firme.
La discusión subió de tono. Sergio gritaba que no podíamos seguir así; yo lloraba y le reprochaba su ausencia; Rosario nos miraba como si fuéramos dos desconocidos peleando por algo que ya no importaba.
Esa noche no dormí. Pensé en todas las veces que había dejado pasar una llamada suya porque estaba ocupada. En los cumpleaños olvidados, en las visitas rápidas con prisas por irme. Me sentí pequeña y egoísta.
Al día siguiente pedí reducción de jornada en el trabajo. Andrés no lo entendió; discutimos durante horas. Pero yo ya había tomado una decisión: iba a cuidar de mi abuela hasta el final, aunque eso significara perder otras cosas por el camino.
Los meses siguientes fueron duros. Hubo días buenos y otros en los que Rosario apenas hablaba o se perdía en recuerdos confusos. Aprendí a tener paciencia, a escuchar sus silencios y a valorar los pequeños momentos: una sonrisa suya al ver fotos antiguas, una tarde de sol en el parque.
Sergio seguía distante, pero poco a poco empezó a venir más seguido. Traía pan del horno del barrio o se sentaba a ver el fútbol con Rosario. No hablábamos mucho, pero al menos estábamos juntos.
El día que mi abuela murió fue uno de esos días grises de Madrid en noviembre. Llovía despacio y todo parecía irreal. Me senté junto a su cama y le di las gracias por todo lo que me había dado: su amor incondicional, sus historias, su fuerza para seguir adelante incluso cuando todo parecía perdido.
Ahora la casa está vacía y el silencio pesa más que nunca. A veces me pregunto si hice lo suficiente, si podría haberle dado más alegría o menos preocupaciones. Pero también sé que al final estuvimos juntas y eso es lo único que importa.
¿De verdad sabemos cuidar a quienes nos cuidaron? ¿Cuántas veces dejamos pasar lo importante por culpa del ruido del día a día? Ojalá alguien lea esto y se atreva a mirar a sus mayores con otros ojos antes de que sea demasiado tarde.