Amor bajo el peso de los comentarios: La historia de Lucía y Sergio
—¿Has visto lo que han puesto sobre vosotros en Twitter? —La voz de mi hermana Carmen temblaba al otro lado del teléfono, como si temiera que las palabras pudieran romperme.
No respondí. Miraba la pantalla del móvil, donde la foto de Lucía y yo, recién casados frente a la iglesia de San Isidro, se había convertido en un meme viral. Los comentarios eran crueles: se reían de la diferencia de edad entre Lucía y yo, de su vestido sencillo, de mi calvicie incipiente. Algunos incluso dudaban de que nuestro matrimonio fuera real, insinuando que Lucía solo estaba conmigo por interés.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Cómo podía la gente ser tan despiadada? ¿Por qué les importaba tanto nuestra felicidad?
Lucía entró en el salón, con los ojos rojos pero la cabeza alta. —No les hagas caso, Sergio. No saben nada de nosotros.
—Pero… ¿y si tienen razón? —me atreví a decir, odiándome por mi debilidad.
Ella me miró con una mezcla de tristeza y rabia. —¿Tú también lo piensas? ¿Después de todo lo que hemos pasado?
Recordé el día que la conocí, en la biblioteca municipal de Salamanca. Ella buscaba un libro de poesía y yo, torpemente, le recomendé a Machado. Nos reímos, hablamos durante horas. Nadie apostaba por nosotros: ella, diez años menor; yo, funcionario gris y divorciado. Pero nos enamoramos sin remedio.
Ahora, nuestra historia era pasto de desconocidos aburridos detrás de una pantalla.
Esa noche, la tensión se coló en casa como una sombra. Mi madre llamó para decirme que mejor borráramos las fotos. —La gente es muy mala, hijo. No deis motivos para que hablen más.
Mi padre fue más duro: —Te lo dije, Sergio. Esa chica no es para ti. Mira lo que has conseguido.
Me sentí solo, atrapado entre el amor por Lucía y el peso del qué dirán. En el trabajo, mis compañeros cuchicheaban a mi paso. En el supermercado, notaba miradas furtivas y algún comentario ahogado.
Una tarde, al volver a casa, encontré a Lucía llorando en la cocina. —Me han escrito mensajes horribles —sollozó—. Dicen que soy una aprovechada… que no te quiero…
La abracé con fuerza. —No les creas. Yo sé quién eres.
Pero las dudas me carcomían por dentro. ¿Y si todo esto era demasiado para nosotros?
Pasaron los días y la presión aumentó. Carmen insistía en que denunciáramos los comentarios más graves. Mi madre dejó de llamarme. Lucía apenas salía de casa.
Una noche, discutimos como nunca antes:
—¡No puedo más! —gritó ella—. ¿Por qué tenemos que escondernos? ¿Por qué tengo que sentirme culpable por amarte?
—¡Porque nadie lo entiende! —respondí, golpeando la mesa—. Ni siquiera yo sé si puedo soportarlo…
El silencio cayó entre nosotros como una losa.
Al día siguiente, decidí hablar con mi padre. Fui a su casa en el barrio del Carmen, donde el olor a cocido siempre me recordaba mi infancia.
—Papá —dije al entrar—, necesito que me escuches.
Él me miró con severidad, pero no dijo nada.
—Lucía me quiere. Yo la quiero. No sé si esto va a funcionar con tanta presión, pero no puedo dejarla sola ahora.
Mi padre suspiró y bajó la mirada. —No quiero verte sufrir, hijo. Pero si estás seguro… lucha por ella.
Salí de allí con una determinación nueva. Esa noche, le propuse a Lucía salir juntos al parque donde nos dimos nuestro primer beso.
—¿Y si nos ven? —preguntó ella, temerosa.
—Que nos vean —respondí—. No pienso esconderme más.
Paseamos cogidos de la mano bajo los castaños en flor. Algunas personas nos miraron; otras sonrieron; alguna murmuró algo al pasar. Pero por primera vez en semanas sentí orgullo de nosotros.
Esa misma noche subí una foto nuestra a Instagram con un mensaje: “El amor no necesita aprobación ajena”.
Los comentarios volvieron a llegar: algunos hirientes, otros solidarios. Pero algo había cambiado en mí: ya no me importaban tanto.
Con el tiempo, la tormenta mediática fue amainando. Aprendimos a vivir con las miradas y los susurros, a apoyarnos cuando flaqueábamos.
Hoy escribo esto desde nuestro pequeño piso en Salamanca, mientras Lucía lee en el sofá y el sol entra por la ventana. A veces aún me asaltan las dudas: ¿mereció la pena tanta lucha? ¿Cuántas parejas se rompen por culpa del juicio ajeno?
Pero cuando veo a Lucía sonreírme desde el otro lado del salón, sé que volvería a elegirla una y mil veces.
¿Hasta qué punto dejamos que los demás decidan sobre nuestra felicidad? ¿Vosotros habríais tenido el valor de enfrentaros al mundo por amor?