Años de sacrificio en el extranjero: ¿Para qué sirve el amor de una madre si sus hijos le dan la espalda?
—No puedes quedarte aquí, mamá. Lo siento, pero no es buen momento —me dijo Lucía, mi hija mayor, sin mirarme a los ojos. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Había llamado a su puerta con la maleta aún oliendo a tren y nostalgia, esperando un abrazo, un café caliente, una cama donde descansar los huesos cansados de tantos años en Alemania. Pero solo encontré distancia y frialdad.
Me llamo Carmen Jiménez y tengo sesenta y cuatro años. Hace treinta y dos crucé la frontera con una maleta prestada y un contrato de limpieza en Múnich. Mi marido, Antonio, había muerto joven, y yo me quedé sola con dos hijos pequeños en Vallecas. No había trabajo, ni futuro. Así que me fui, dejando a Lucía y a Sergio al cuidado de mi hermana Pilar. Cada euro que ganaba limpiando casas ajenas lo enviaba a España: para pagar el colegio, la comida, y, sobre todo, para comprarles un piso a cada uno. «Que nunca les falte un techo», me repetía cada noche mientras fregaba suelos ajenos.
Los años pasaron entre cartas que olían a colonia barata y llamadas de domingo por la tarde. Me perdí cumpleaños, comuniones, graduaciones. Pero cuando volví, hace dos meses, esperaba encontrar una familia. En cambio, encontré puertas cerradas.
—Mamá, entiéndelo —insistió Lucía—. Los niños tienen sus rutinas, Javier llega tarde del trabajo… No tenemos espacio para otra persona.
—Pero este piso lo compré yo —le recordé, con la voz temblorosa—. Lo pagué limpiando baños en Alemania.
Lucía bajó la mirada. —Eso fue hace mucho tiempo. Ahora es nuestra casa.
Salí de allí sintiéndome una extraña en mi propia familia. Fui a casa de Sergio, mi hijo menor. Su piso en Carabanchel era más pequeño, pero pensé que al menos él me recibiría con los brazos abiertos.
—Mamá, no puedes venirte así sin avisar —me dijo Sergio desde el umbral—. Marta está embarazada y ya sabes cómo se pone con los nervios… Además, apenas cabemos nosotros.
—Solo necesito un sofá —suplicaba yo—. Unos días hasta que encuentre algo.
Sergio suspiró y cerró la puerta suavemente. Me quedé en el rellano escuchando las voces apagadas tras la madera.
Esa noche dormí en casa de mi hermana Pilar. Ella siempre fue mi refugio, pero ahora está enferma y apenas puede cuidarse a sí misma. Me miró con tristeza mientras me preparaba una tila.
—Carmen, tus hijos han crecido sin ti. No puedes esperar que ahora te devuelvan todo lo que diste —me dijo con dulzura.
—¿Y para qué sirvió entonces todo este sacrificio? —le pregunté entre lágrimas—. ¿Para qué sirve el amor de una madre si sus hijos le dan la espalda?
Los días siguientes los pasé recorriendo Madrid con mi currículum arrugado bajo el brazo. Nadie quiere contratar a una mujer de mi edad para limpiar casas; ahora buscan chicas jóvenes de Europa del Este o Latinoamérica. Dormía en una pensión barata cerca de Atocha y comía bocadillos de tortilla en el bar de la esquina.
Una tarde me crucé con Lucía en el supermercado. Iba con sus hijos, mis nietos, que apenas me reconocieron.
—Abuela —dijo la pequeña Paula con timidez.
Lucía me miró incómoda.—Mamá, no hagas una escena aquí, por favor.
Me mordí los labios para no llorar delante de todos. Solo quería abrazar a mis nietos, contarles historias de cuando su madre era niña y yo le hacía trenzas antes de ir al colegio.
Esa noche llamé a Sergio por teléfono.
—Hijo, ¿puedo veros este fin de semana? Solo quiero estar un rato con vosotros.
—Mamá, Marta está muy cansada… Quizá otro día —me respondió con voz distante.
Colgué y me quedé mirando el techo desconchado de la pensión. Recordé las noches en Alemania cuando soñaba con volver a casa y ser recibida como una heroína. Pero la realidad era otra: era una extraña en mi propia ciudad, una sombra que nadie quería ver.
Un día recibí una carta del banco: tenía que abandonar la pensión porque no podía pagar más noches. Fui al centro de servicios sociales del barrio. La trabajadora social me miró con compasión.
—¿No tiene familia que pueda ayudarla? —me preguntó.
—Tengo dos hijos —respondí—. Pero no quieren saber nada de mí.
Me ofrecieron una plaza temporal en un albergue municipal para mujeres mayores. Allí comparto habitación con otras mujeres que también dieron todo por sus familias y ahora están solas: Rosario, que cuidó a sus padres hasta el final; Mercedes, que crió a cuatro hijos y ahora ninguno la llama; Teresa, que fue modista toda su vida y ahora cose recuerdos rotos.
Por las noches hablamos bajito para no despertar a las demás. Compartimos historias de sacrificios invisibles y amores no correspondidos. A veces reímos; otras veces lloramos juntas.
Un domingo decidí ir a misa a la iglesia del barrio donde bauticé a mis hijos. Al salir vi a Lucía esperándome en la puerta.
—Mamá —me dijo—, he estado pensando… Quizá podrías venir algunos días a casa para ver a los niños.
La miré con esperanza.—¿De verdad?
—Sí… Pero solo unas horas. No quiero problemas con Javier —añadió rápidamente.
Acepté sin dudarlo. Aunque fuera poco, era mejor que nada. Pasé la tarde jugando con Paula y Diego, contándoles historias de Alemania y enseñándoles palabras en alemán. Cuando Lucía vino a buscarme para despedirme, vi en sus ojos algo parecido al remordimiento.
Esa noche volví al albergue sintiéndome un poco menos sola. Pero también más consciente de que mi lugar en esta familia ya no existe como antes.
Ahora paso los días esperando una llamada o un mensaje que rara vez llega. A veces me pregunto si hice bien sacrificándolo todo por mis hijos o si debí pensar más en mí misma. ¿De qué sirve darlo todo si al final te quedas sin nada? ¿Hay algo más triste que ser invisible para aquellos por quienes diste tu vida?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Es justo que los hijos olviden así a sus madres? ¿O quizá fui yo quien se equivocó al esperar demasiado?