Bajo el limonero: una familia inesperada en Andalucía
—¡Lola, ven ya! —La voz de Paco sonó urgente desde el patio trasero, tan fuerte que el bol de masa para las tortas se me resbaló de las manos y cayó sobre la encimera, salpicando harina por todas partes. Salí corriendo, con el delantal aún puesto y las manos blancas, y lo vi junto al limonero viejo. Allí, sentados en la hierba, estaban dos niños: un niño y una niña, sucios, con la ropa rota y los ojos grandes como platos.
—¿Pero qué…? —balbuceé, acercándome despacio. Paco se encogió de hombros, tan desconcertado como yo.
—No dicen nada, Lola. Solo se miran entre ellos y tiemblan —susurró él, como si temiera asustarlos aún más.
Me agaché a su altura. —Hola, pequeños. ¿Tenéis hambre? —La niña asintió apenas, mientras el niño se aferraba a su mano. Les tendí la mía y, tras un momento de duda, la aceptaron. Los llevamos dentro y les preparamos un vaso de leche con galletas María. No dijeron ni una palabra esa noche.
Los días siguientes fueron un torbellino. Nadie en el pueblo de Carmona parecía conocerlos. La Guardia Civil vino, tomó nota y prometió investigar. Pero las semanas pasaron y nadie reclamó a los niños. Paco y yo, que nunca pudimos tener hijos propios, empezamos a quererlos como si fueran nuestros.
Les pusimos nombres: Lucía y Mateo. Pronto llenaron la casa de risas y carreras. Aprendieron a ayudarme en la cocina, a regar los geranios del patio, a bailar sevillanas en la feria del pueblo. Los vecinos cuchicheaban al principio —ya sabes cómo es la gente aquí— pero con el tiempo todos los aceptaron como parte de nuestra familia.
Quince años pasaron volando. Lucía se convirtió en una joven fuerte y valiente; Mateo, en un chico noble y cariñoso. Nuestra vida era sencilla pero feliz: cenas largas los domingos con gazpacho y tortilla de patatas, paseos por los olivares al atardecer, verbenas en verano bajo las luces de colores.
Pero la felicidad nunca es eterna. Una mañana de otoño, mientras recogía membrillos en el patio, llamaron a la puerta. Dos mujeres bien vestidas y un hombre con traje oscuro se presentaron como trabajadores sociales de Sevilla.
—Señora Lola, tenemos información sobre los orígenes de Lucía y Mateo —dijo una de ellas con voz grave—. Sus padres biológicos han aparecido y quieren recuperarlos.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Paco apretó mi mano con fuerza. Lucía y Mateo escuchaban desde la escalera, pálidos como la cal de las paredes.
—¿Cómo pueden venir ahora? ¡Después de tantos años! —grité, incapaz de contenerme—. ¿No ven que son mis hijos? ¡Que aquí han crecido felices!
Las visitas se repitieron durante semanas. Los chicos estaban destrozados; no querían irse. Yo luché con uñas y dientes: abogados, cartas al ayuntamiento, súplicas a los vecinos para que firmaran una petición. El pueblo entero se puso de nuestra parte; hasta el cura habló en misa sobre el verdadero significado de la familia.
Pero las leyes son frías y no entienden de sentimientos. El día que vinieron a llevárselos fue el más triste de mi vida. Lucía me abrazó tan fuerte que pensé que me rompería los huesos; Mateo lloraba sin consuelo.
—Mamá, ¿y si nunca volvemos? —me susurró Lucía entre sollozos.
—Siempre seréis mis hijos —les dije—. Pase lo que pase, este será vuestro hogar.
Ahora la casa está demasiado silenciosa. A veces me sorprendo poniendo dos platos más en la mesa o esperando oír sus risas desde el patio. Me pregunto si algún día entenderán los que hacen las leyes que hay familias que nacen del corazón y no de la sangre.
¿Y vosotros? ¿Qué haríais si os arrebataran lo que más queréis? ¿Dónde empieza y termina realmente una familia?